viernes, 3 de abril de 2026

Mis 72 días en la montaña y mi largo a casa.

 

Durante las primeras horas no había nada, ni miedo ni tristeza, ni la sensación de que pasaba el tiempo, ni tampoco pensamientos ni recuerdos, tan sólo un silencio negro y perfecto. Entonces se hizo la luz, un haz fino y gris de luz solar, y salí de las tinieblas como un buceador que nada lentamente hacia la superficie. La consciencia fue fluyendo por mi cerebro como si fuera una lenta hemorragia y me desperté, con gran dificultad, en un mundo sombrío a medio camino entre el ensueño y la realidad. Oí voces y noté movimiento a mi alrededor, pero tenía la mente confusa y la vista borrosa. Mientras miraba fijamente esas vagas formas desdibujadas, vi que algunas de las sombras se movían y finalmente me di cuenta de que una de ellas se inclinaba sobre mí. —Nando, ¿puedes oírme? ¿Me oyes? ¿Estás bien? La sombra se acercó más a mí y, al observarla minuciosamente en silencio, se recompuso una cara humana. Vi un mechón enredado de pelo negro sobre unos ojos marrón oscuro. En esos ojos había amabilidad —esa persona me conocía—, pero detrás de la amabilidad había algo más, atrocidad, dureza, una sensación de desesperación contenida. —Vamos, Nando, ¡despierta! «¿Por qué tengo tanto frío? ¿Por qué me duele tanto la cabeza?». Intenté desesperadamente expresar en voz alta estos pensamientos, pero mis labios no podían articular las palabras y el esfuerzo agotó rápidamente mis energías. Cerré los ojos y me dejé arrastrar de nuevo hacia la oscuridad. Sin embargo, pronto oí más voces y, al abrir los ojos, vi que a mi alrededor flotaban más caras. —¿Está despierto? ¿Puede oírte? —¡Nando, di algo! —No te rindas, Nando, estamos contigo. ¡Despierta! Intenté hablar de nuevo, pero todo lo que me salió fue un ronco susurro. Entonces alguien se inclinó hacia mí y me habló al oído en voz baja. —Nando, ¡el avión se estrelló! ¡Caímos en las montañas! Nos estrellamos. ¿Me entiendes, Nando? No. Entendía que, por la calmada premura con la que pronunciaba esas palabras, ésa era una noticia sumamente importante. Pero no podía desentrañar su significado, ni comprender que tuviera algo que ver conmigo. La realidad parecía distante y confusa, como si estuviera atrapado en un sueño y no pudiera obligar me a despertar.

Vagué en esta confusión durante horas, pero al final mis sentidos empezaron a ver la luz y pude examinar lo que había a mi alrededor. Desde mis primeros y confusos momentos de consciencia me desconcertó ver una hilera de luces circulares que flotaban por encima de mí. Ahora me daba cuenta de que esas luces eran las redondeadas ventanillas de un avión. Entendí que estaba tumbado en el suelo de la cabina de pasajeros de un avión comercial, pero, cuando miré hacia la cabina del piloto, vi que nada en ese avión parecía normal. El fuselaje se había volcado hacia un lado, de forma que mi espalda y mi cabeza reposaban en la parte inferior de la pared del lado derecho del avión, mientras que tenía las piernas estiradas hacia el pasillo, que estaba inclinado hacia arriba. Faltaban la mayoría de los asientos del avión. Del destartalado techo pendían cables y tubos, y las válvulas de aislamiento rotas colgaban como trapos mugrientos de los agujeros que se habían abierto en las paredes destrozadas. A mi alrededor, el suelo estaba salpicado de trozos de plástico desmenuzado, fragmentos retorcidos de metal y otros restos sueltos. Era de día. El aire era gélido e, incluso en mi estado de aturdimiento, la crudeza del frío me sorprendió. Había vivido siempre en Uruguay, un país cálido en el que incluso los inviernos son suaves. La única vez que había conocido realmente el frío fue cuando tenía dieciséis años y me fui a vivir a Saginaw, en Michigan, como estudiante de intercambio. No me había llevado ropa de abrigo y recuerdo la primera vez que experimenté una auténtica ola de frío polar de la zona central de Estados Unidos: el viento me clavaba sus garras a través de la fina chaqueta de verano y los pies se me congelaban en los ligeros mocasines. Pero nunca me había imaginado nada igual a las gélidas ráfagas de viento que soplaban a través del fuselaje. Ese frío brutal que calaba hasta los huesos me escaldaba la piel como si fuera ácido. Sentía el dolor en cada célula del cuerpo y, mientras temblaba espasmódicamente dominado por él, cada momento parecía durar una eternidad. Mientras permaneciera en el suelo del avión, a merced de la corriente de aire, no habría forma de entrar en calor. Pero el frío no era lo único que me preocupaba. También sentía un dolor palpitante en la cabeza, una percusión tan aguda e intensa que parecía que hubiera un animal salvaje atrapado en mi cabeza arañándome desesperadamente para salir. Con cuidado me llevé la mano a la coronilla. Noté coágulos de sangre seca enredados en mi pelo y tres heridas sanguinolentas que formaban un triángulo irregular a unos diez centímetros por encima de la oreja derecha. Sentí que algún hueso roto sobresalía bajo la sangre coagulada y, al apretar ligeramente, noté una esponjosa sensación de elasticidad. Se me revolvió el estómago cuando me di cuenta de lo que eso significaba: estaba presionando partes del cráneo hechas añicos contra la superficie del cerebro. Me dio un vuelco el corazón. Me faltaba el aire. Justo cuando iba a entrarme el pánico, v esos ojos marrones encima de mí, y al fin reconocí la cara de mi amigo Roberto Canessa. Práctica Docente. 2025 Liceo: N° 17 “Fco. Acuña de Figueroa” Montevideo Practicante: Brya Avelino Clase: 23/10/2025 Grupo: 8°1 Prof. adscriptora: Gabriela Pombo —¿Qué ha pasado? —le pregunté—. ¿Dónde estamos? Roberto frunció el ceño mientras se inclinaba para examinarme las heridas de la cabeza. Siempre había sido un tipo serio, de carácter fuerte e intenso y, al mirarle a los ojos, vi toda la fortaleza y seguridad en sí mismo que le caracterizaban. Sin embargo, había algo nuevo en su cara, algo sombrío y preocupante que no había visto antes. Se trataba de la mirada perturbada de un hombre que luchaba por creer en lo imposible, de alguien aturdido por una sorpresa que le costaba asumir. —Llevas tres días inconsciente —dijo, sin sentimiento en su voz—. Te habíamos dado por perdido. Estas palabras no tenían sentido. «¿Qué me ha sucedido? —me pregunté—. ¿Por qué hace tanto frío?». —¿Me entiendes, Nando? —dijo Roberto—. Nos hemos estrellado en las montañas. El avión se ha estrellado. Estamos atrapados aquí. Negué ligeramente con la cabeza, confundido, incrédulo, pero no pude evitar durante mucho tiempo lo que sucedía a mi alrededor. Oí quejidos amortiguados y repentinos gritos de dolor, y entonces empecé a entender que estaba oyendo sufrir a otras personas. Vi a los heridos tendidos en camas y hamacas improvisadas por todo el fuselaje y figuras que se inclinaban hacia ellos para ayudarlos, hablando en voz baja mientras iban y venían con tranquilidad por la cabina. Por primera vez me di cuenta de que la parte frontal de mi camisa estaba cubierta de una húmeda capa marrón. Al tocarla con la punta del dedo noté que era pegajosa y estaba coagulada y me di cuenta de que esa triste mancha era mi propia sangre seca. —¿Entiendes, Nando? —volvió a preguntar Roberto—. ¿Te acuerdas de que estábamos en el avión… rumbo a Chile? Cerré los ojos y asentí. Ahora había salido de las tinieblas; mi confusión ya no podía protegerme de la verdad. Lo entendí. Y mientras Roberto me limpiaba con suavidad las manchas de sangre de la cara empecé a recordar.

Parrado, N. (2006). Milagros en los Andes: Mis 72 días en la montaña y mi largo regreso a casa. Editorial Planeta.




jueves, 2 de abril de 2026

Crimen robado de Héctor Galmés

 Crimen robado Héctor Galmés


 Subió al tranvía sin importarle qué destino llevaba, y se bajó en cualquier parte. Sintió bajo las suelas gastadas las turgencias de los adoquines calientes aún, después de aquel día bochornoso de diciembre. Se sentó en el cordón de la vereda para aflojarse las cintas de los zapatos y se quedó un rato allí, mirando las copas de los plátanos iluminadas por los altos faroles de la avenida. Nadie transitaba por las aceras sombrías. Puertas y ventanas estaban cerradas. Era casi medianoche. Pero esta vez vencería al insomnio; caminaría hasta el agotamiento, y cuando se tirara sobre la cama no lo incomodaría tanto el calor del colchón de lana ni los olores ácidos que subían de la cocina. No pedía más que poder dormir un par de horas de corrido. Nada más que un par de horas, hasta que algún anciano lo llamara para que le alcanzara el orinal, otro, para que le cambiara las sábanas empapadas, aquél, para que le diera la primera toma de su medicina, éste, para que le masajeara la espalda. Le inspiraban aversión y también envidia, porque consideraba que era más llevadera que la suya, la existencia de aquellos desgraciados que no acababan de morirse (y cuando alguno expiraba, venía otro a reemplazarlo de inmediato)./

 Pasó un tranvía sin pasajeros, con el motorman tieso y el guarda adormilado. Tal vez fuera el último. Mejor así. Eso lo obligaba a caminar y a distenderse. Cuando el golpeteo de los hierros aún no se había ahogado en la distancia, oyó voces y risas medio contenidas. No logró averiguar de dónde procedían./ 

 Posiblemente de alguna habitación a oscuras, con las ventanas abiertas de par en par y las celosías cerradas, o acaso de algún balcón donde trasnochaba gente sin sueño y agobiada por el calor. Se reían de él: un hombre sin perro. A esa hora no se podía salir sin perro, sin llamar la atención. Él no tenía. Solo un gato medio ciego que lo esperaba estirado sobre la colcha. Se arrimó a la pared y apuró el paso para escapar a las miradas curiosas.

/ Siguió caminando. Ahora se aproximaba a las luces del Hospital Militar./ 

 Más allá de la avenida Larrañaga, se espesaban las sombras y el silencio parecía definitivo. La mayor parte de los faroles estaban apagados o habían sido destrozados por pedradas certeras. Se le ocurrió que podría ser atacado por patoteros; pero quien podía adivinar que un caminante solitario se desplazaba en la tiniebla. Además no llevaba reloj y tenía poco dinero. Esas carencias lo ayudaban a sentirse seguro (...)/ 

 Tenía la boca reseca. Buscó un caramelo de menta en el bolsillo del pantalón, le quitó la envoltura de celofán, se lo llevó a la boca y lo chupó lentamente. Se sucedían puertas cerradas. No todas. A media cuadra de distancia, la luz de un zaguán proyectaba un rectángulo amarillo sobre la vereda. Quiso mirar, por curiosidad, por tratarse de la única puerta abierta. Un novio se estaría despidiendo, o visitas de última hora; tal vez hubiera enfermos y esperaban al médico... Quedó inmóvil en medio del rectángulo amarillo, fascinado por aquel cuadro. Tuvo intención de llamar a los de adentro. A través de los vidrios de la puerta cancel vio dos mujeres, al final de un largo pasillo. Escuchaban por la radio un vals de Canaro. Una de ellas hacía tejido de ganchillo y la otra, con un codo apoyado en el borde de la mesa leía una revista. No supo qué hacer: si golpear el llamador, o abrir la cancel y gritarles, o huir antes de que alguien lo viera./

 Imposible huir. Lo retenía una atracción irresistible. Se atrevió a trasponer el umbral. No cabía duda de que el hombre estaba muerto. Tenía la serenidad de los mártires de las estampas. No presentaba señales de lucha. El asesino lo había tomado de sorpresa. Conservaba los anteojos en su lugar; bajo los cristales de aumento, montados en armazón de metal plateado, brillaban unos ojos muy claros, como esferas de agua./

 La herida en el costado izquierdo sangraba poco, tal vez la impresión y no la herida había puesto fin a la vida del anciano, sobre cuya calva se posaba una mosca./ 

 El arma homicida, una sevillana de hoja labrada y mango de hueso, había sido abandonada sobre el escalón, junto al marco de la puerta, por el criminal, acaso involuntario; se trataría de un rapiñero inexperto, o simplemente de un loco./

 Se agachó para recoger el arma; sintió deleite al empuñarla, y la acercó al pecho del muerto para probar el filo en uno de los tiradores que levantó hasta que el elástico se cortó y sonó como un latigazo.

/ Cuando alzó la cabeza vio la cara desfigurada por el espanto tras los cristales de la cancel. Mientras la mujer gritaba como loca, él se incorporó pesadamente, cerró la sevillana, la guardó en el bolsillo y se retiró sin prisa. Dobló la primera esquina y anduvo hasta dar con un boliche abierto en el que dos parroquianos comentaban con el dueño la persecución y entrada a puerto del acorazado alemán. Se hizo servir una cerveza y la bebió de a sorbitos. Se sentía reanimado, con el convencimiento de que a él tampoco le hubiera faltado coraje para ultimar al hombre. Y de haberlo hecho, hubiera confesado lisa y llanamente y aun inventado agravantes, aunque más no fuera para mortificar a los ancianos que se horrorizarían de pensar que habían convivido tanto tiempo con un criminal; y ya no podrían dormir, y si lo lograban tendrían pesadillas en las que él los visitaría noche a noche empuñando una gran navaja. Pero, pensándolo bien, en la cárcel la pasaría mejor, mucho mejor. Podría dormir largas siestas, comería siempre a la misma hora, y se haría de amigos, por qué no. Además le darían la oportunidad de aprender un oficio. La cocinera, era seguro, iría a visitarlo los domingos y le llevaría golosinas y cigarrillos./

 Estaba decidido: se haría cargo de esa muerte./ 

 Héctor Galmés El País Cultural Nº 25


Actividades para trabajar en APE 
 Antes de la lectura.
a)  ¿Qué te sugiere el título? b) Lectura, se observará la extensión del cuento comparándolo con los otros cuentos trabajados. 
c) ¿Qué tipo de narrador ubicas? Justifica. 
d) Marco, complicación y resolución. Palabras que actúan como marcas de época: “faroles, acorazado alemán, adoquines”, entre otras. 
e) Etopeya del personaje principal. 
f) ¿Es un típico cuento policial? Justifica. 
g) ¿Cómo te imaginas la vida del protagonista?  
h) Analizamos ejemplos de oraciones simples y subordinadas.

Las langostas, crónicas marcianas, Ray Bradbury.

 Crónicas marcianas 

Las langostas 
Los cohetes incendiaron las rocosas praderas, transformaron la piedra en lava, la pradera en carbón, el agua en vapor, la arena y la sílice en un vidrio verde que reflejaba y multiplicaba la invasión, como espejos hechos trizas. Los cohetes vinieron redoblando como tambores en la noche. Los cohetes vinieron como langostas y se posaron como enjambres envueltos en rosadas flores de humo. Y de los cohetes salieron de prisa los hombres armados de martillos, con las bocas orladas de clavos como animales feroces de dientes de acero, y dispuestos a dar a aquel mundo extraño una forma familiar, dispuestos a derribar todo lo insólito, escupieron los clavos en las manos activas, levantaron a martillazos las casas de madera, clavaron rápidamente los techos que suprimirían el imponente cielo estrellado e instalaron unas persianas verdes que ocultarían la noche.
Y cuando los carpinteros terminaron su trabajo, llegaron las mujeres con tiestos de flores y telas de algodón y cacerolas, y el ruido de las vajillas cubrió el silencio de Marte, que esperaba detrás de puertas y ventanas.
En seis meses surgieron doce pueblos en el planeta desierto, con una luminosa algarabía de tubos de neón y amarillos bulbos eléctricos. En total, unas noventa mil persona llegaron a Marte, y otras más en la Tierra preparaban las maletas.

El misterio de los sobretodos

  De haberse sabido que fue Ernestina la que descubrió al ladrón, probablemente Ernestina hubiera ido a parar al presidio por un largo tiempo de su vida... Nunca pudo ser aclarado el misterio de la oficina.

Ateniéndose a los sucesos tal me fueron narrados, podría afirmar que “el enigma de la oficina” fue uno de los tantos dramas oscuros que se gestan en las entrañas de las grandes ciudades, donde las bagatelas terminan por revestir un contorno de episodio cruento en la conciencia de las personas que a diario se soportan en un ambiente estrecho de trabajo y duro de responsabilidades.

La policía realizó investigaciones superficiales en tomo del grave suceso, pero acabó por abandonar la búsqueda del autor o autora, por creer en cierto modo que el asunto no merecía el tiempo que absorbía a las actividades de los funcionarios, ocupados en novedades de mayor trascendencia.

He aquí cómo se gestó el suceso conocido entre los empleados de la “Casa Xenius, ropería para hombres y mujeres, artículos de confección, etc.”, bajo el nombre de “El misterio de los tres sobretodos”.

En la oficina de Expedición al interior de la casa Xenius comenzaron a desaparecer prendas de vestir.

Un día fue un cinturón, ¡un cinturón sin hebilla!, lo que demuestra que el ladrón echaba mano a lo que podía; otra vez fue un sobre con la suma de doce pesos, olvidado en el cajón de Ernestina; otra vez fue un retazo de seda. Un retazo de un metro, valuado en ocho pesos...

Semejantes robos, mejor dicho, hurtos, traían revuelta a la gente de la oficina. No se trataba de la cantidad en sí, aunque sí se trataba. Los valores que el ladrón substraía, por insignificantes que fueran, estacionaban en la prudencia de los empleados una atmósfera de inquietud. Allí, entre ellos, se encontraba un ladrón o una ladrona. Cada uno era responsable directamente de los artículos recibidos, esto sin dejar de tener en cuenta otro detalle: las víctimas de los robos no eran personas a las que se pudiera afectar impunemente en sus intereses.

Todos ellos vivían sobrellevando estrecheces. Sus reducidos sueldos les alcanzaban apenas para cubrir sus necesidades más inmediatas. La desaparición de un objeto valuado en cinco o en diez pesos no constituía, precisamente, una desgracia, pero sí desequilibraba desagradablemente el presupuesto del damnificado. Además, aquel que había sido robado pensaba que otro día podría volver a ocurrir semejante accidente, y tal posibilidad traía alborotado el magín de los empleados, que hasta en sueños se veían reintegrando indemnizaciones de daños que aún no habían sufrido.

No estaban agotados los comentarios sobre el robo del retazo de un metro de seda, ocurrido en la semana anterior, cuando una noticia nueva estalló como una bomba, entre la consternación de todos: ¡Habían desaparecido tres sobretodos!...

El mismo gerente de la casa Xenius no pudo evitar un escalofrío al enterarse.

El robo de tres sobretodos en una casa organizada es motivo más que suficiente para alarmar a los mismos accionistas. Sin embargo, a pedido de los empleados de la sección Ropería de hombres, el gerente no dio noticias del escándalo a los accionistas. Los siete empleados de la sección Ropería de hombres desembolsaron el importe de los tres sobretodos.

Yo podría escribir un libro con los diálogos, respuestas, preguntas, conjeturas y deducciones que se hicieron sobre aquel suceso, pero tendré que limitarme a escribir tres líneas.

¿Quién se había llevado los tres sobretodos? La argumentación de los damnificados era de este tenor:

—¿Puede un empleado o una empleada o el sereno robarse un corte de seda?

—Sí, puede.

—¿Puede un empleado, una empleada o el sereno robarse un par de medias?

—Sí, puede.

“¿Puede un empleado, una empleada o el sereno robarse tres sobretodos?

—No; no puede. No puede, porque tres sobretodos son inocultables en un bolsillo. Tres sobretodos hacen un bulto fenomenal. De consiguiente, el robo de tres sobretodos es materialmente imposible.

—Pero es que los sobretodos faltan —replicaban los damnificados.

—Se robaron uno a uno —replicaban los más sutiles.

—¿Cómo los sacaron de la sección?

Nadie sabía qué responder. El robo carecía prácticamente de explicación. Carecía de explicación porque la casa permanecía por la noche estrictamente cerrada. En el interior de la tienda, aparte del sereno, trabajaban tres hombres en la limpieza. Se hubiera podido sospechar del sereno, pero el sereno no se movía de la tienda y, al retirarse por la mañana del comercio, lo hacía en presencia del jefe, cuya mirada avizora registraba al cojo de pies a cabeza. El hombre no hubiera podido envolverse un sobretodo en una pierna, porque ello era materialmente imposible. Ni ponerse un sobretodo nuevo debajo del viejo, porque el tamaño saltaría a la vista. Además, hubiera tenido que complicar a la gente de la limpieza en estos robos, y nadie iba a arriesgarse por una bagatela. Y, en última instancia, ¿por qué iba a ser precisamente el sereno el ladrón?

Existía otra posibilidad: que los hombres de la limpieza o el mismo sereno pasaran las prendas robadas por la terraza a una casa vecina. Los empleados preguntaron por la terraza. La casa Xenius no tenía terraza, el piso inmediato superior estaba ocupado por escritorios. Quedaba el recurso de las ventanas que daban a un patio oscuro. Las ventanas estaban enrejadas, además cada piso sobre el patio estaba separado del otro por una malla de alambre, de manera que si alguien que robaba en el cuarto piso quería arrojar el producto de su robo a un cómplice que le esperaba en el patiecillo, las redes de alambre no hubieran permitido pasar los paquetes.

Puntualizo estos detalles porque no trabajaba en la casa Xenius ni un solo empleado que no los conociera ni los comentara.

Evidentemente, el ladrón o la ladrona estaba allí, entre ellos, era un camarada, quizá un empleado inferior o superior, un hombre de la limpieza o un chico de mandados, pero el ladrón o la ladrona estaba allí. Y era de cuidado.

¡Había robado tres sobretodos! ¡Tres sobretodos de sesenta y cinco pesos cada uno! Es decir, ciento noventa y cinco pesos. Los siete empleados que fueron víctimas del robo tuvieron que retirar de sus sueldos la suma aproximada de treinta pesos para indemnizar a la casa, y la noticia del suceso no llegó a los accionistas. El gerente, piadosamente, la calló. Pero desde el gerente, que esa noche comentó el suceso con su señora, hasta el chico del ascensor, todos estaban preocupados.

¿Qué iba a ocurrir allí?

Una de las más interesadas con los robos que se cometieron era Ernestina, empleada de la sección Expedición al interior.

Esta Ernestina es la muchacha de cuyo cajón el misterioso ladrón sustrajo el sobre que contenía doce pesos.

Ernestina creía tener un hilo que podía llevarla a establecer la identidad del ratero. Esta empleada merece una referencia, porque su actuación fue importante y curiosa.

Ernestina, físicamente, era más flaca que un gato famélico. Cuando se sentía contenta trepaba por los árboles, también como un gato. Observando su minúscula figura no se imaginara jamás que fuera tan vigorosa y resistente. Daba puñetazos tremendos.

Ernestina aspiraba a ser. Vaya a saber lo que aspiraba a ser, pero cuando salía de la oficina, un día sí y un día no, se metía en un montón de academias diferentes. Seguía cursos de inglés, de estenografía, de francés. Los que la conocían no sabían qué admirar más si su flacura, su resistencia o su actividad.

Personalmente estaba indignada contra el ladrón.

—Ese hombre es un canalla —decía—. Nos está robando a nosotros, que somos más pobres que las ratas.

Lo que no dijo fue esto:

—Es tan ladrón que hasta se roba las “medialunas” que tomamos con el café con leche.

No lo dijo, pero lo pensó.

Efectivamente, el misterioso ladrón de los tres sobretodos, del cinturón sin hebilla, de las medias de seda, acostumbraba robarse las “medialunas” que las muchachas no terminaban de comer con el café con leche que tomaban por la tarde.

Casi todas las empleadas llevaban a la tienda el café con leche en un termo. Ernestina había observado que cuando no tenía ganas de comerse las “medialunas” y las dejaba en el cajón de su escritorio para comerlas al día siguiente, una mano misteriosa que había revisado el cajón se había llevado las “medialunas”.

Ahora bien, aunque Ernestina no hizo ningún comentario al respecto, dedujo:

1º. El ladrón de la tienda no era empleado ni empleada, porque ningún empleado ni empleada se quedaba después de la hora de salida y, además, ninguno de ellos le hubiera robado a su compañero una o dos “medialunas” para tomar con el café con leche.

2º. Por lo tanto, el ladrón de las “medialunas” era un hombre que merodeaba por las oficinas después que ellos salían.

3º. Un hombre que es capaz de revisar un cajón y robarse una “medialuna” es un ser humano sin sensibilidad, con la justa mentalidad para robarse un cinturón sin hebilla, un metro de seda o los tres sobretodos.

4º. En consecuencia, el ladrón de las “medialunas” era el ladrón de las prendas anteriores, y actuaba en el comercio exclusivamente por la noche.

Sin embargo, Ernestina tuvo un escrúpulo. ¿Y si se equivocaba?

He aquí en qué podía consistir su equivocación:

Pudiera ser que, por la noche, uno de los hombres encargados de la limpieza revisara los cajones, encontrara las “medialunas” abandonadas, y suponiendo que eran desperdicios, las arrojara a la basura. Si así ocurría, su tesis era equivocada.

Resolvió hacer una prueba.

Aquel día, a la hora de tomar café con leche, comió bollitos en vez de “medialunas”, y después de arrancar un pedazo de un mordisco, dejó el bollito mordido en el cajón.

Pasaron tres días. El bollito mordido continuaba en el cajón, en consecuencia el hombre que robaba las “medialunas” no era el hombre de la limpieza, porque sino el bollito hubiera seguido el camino de la otra factura.

Y de pronto estalló otra bomba.

De la sección Sombreros para hombres desaparecieron veinte sombreros. Veinte sombreros no se ocultan entre pecho y espalda, ni tampoco metidos en un bolsillo. El personal de la tienda Xenius estaba atónito. Uno mencionó la película del Hombre invisible, y muchos se sintieron tentados a admitir que el ladrón de la tienda era un ente de condiciones sobrenaturales. Fue interrogado el sereno, los hombres de la limpieza; intervino la policía y no se aclaró nada. La situación de los empleados de la tienda se tornó insoportable. A la salida del empleo tropezaban con vigilantes que les escudriñaban de pies a cabeza. Muchos de ellos, sin que se enteraran los otros, fueron revisados. Por supuesto, inútilmente. Ernestina, una tarde, a la hora de salir, fue llamada a la gerencia. La aguardaba allí una señora que le indicó que debía dejarse registrar. Ernestina llegó a su casa hirviendo de ira. Aquella humillación era insoportable. Pero ella no estaba en condiciones de renunciar al empleo, porque su inglés era deficiente. Meditaba aquel anochecer, apoyada de codos en la mesa, cuando una idea diabólica se detuvo en su cerebro.

¿Si ella atrapara al ladrón? Al ladrón de los sombreros, de los sobretodos. Al ladrón de las “medialunas”.

Tenía un plan.

Sin vacilar, entró en el laboratorio fotográfico de su hermano. En un rincón del estante había un bote con cianuro de potasio. Echó aproximadamente un gramo de veneno en un papel, entró a su cuarto, tomó una “medialuna”, con un cortaplumas separó delicadamente la corteza, abrió en la masa un agujero, y allí vertió el veneno. Con un poco de engrudo obturó el agujero, volvió a cubrirlo con su corteza y metió la “medialuna” en su valijita, junto al termo.

Al día siguiente, por la tarde, antes de salir de la oficina, en un momento que nadie la veía, dejó la “medialuna” abandonada en el interior del cajón.

Regresó a su casa, emocionada por la calidad de la trampa que dejaba preparada. Pero era indispensable que procediera así.

Luego, para olvidarse de la magnitud del acto, fue al cine en compañía de sus hermanas. A pesar de que trataba de separar su pensamiento del drama en preparación, el drama latía con violencia en todas sus venas.

Durmió y no durmió aquella noche. Una mano carnuda y fuerte, de dedos gruesos, pasaba ante sus ojos, le rozaba el brazo y el rostro con su manga tosca, tomaba el cajón de su escritorio por la anilla, lo entreabría, hurgaba en las tinieblas y retiraba la “medialuna”...

El cansancio fue más fuerte que su temor secreto, y al amanecer terminó por dormirse. Tuvieron que despertarla repetidas veces para que se levantara. Se vistió sobresaltada.

Al llegar a la tienda y entrar al ascensor, le dijo el chico:

—Señorita Ernestina, ¿no sabe que encontraron al ladrón?

Ernestina dejó caer su cartera al suelo. Se inclinó a recogerla, pero ya recobrado por completo el dominio de sí misma.

—¿Sí?

—Era el sereno.

—¿El sereno?

—Le encontraron una pierna llena de corbatas. Parece que se suicidó.

Al entrar a la sección Expedición al interior, todos comentaban el suceso.

Resulta que al amanecer, los peones de limpieza encontraron al sereno muerto junto a su taza de café con leche. Al levantarlo, descubrieron que llevaba una pierna postiza. Vino la policía. Al sereno le faltaba una pierna. Usaba una ortopédica; en su interior esa noche había guardado dos docenas de cintas de máquina de escribir y siete corbatas de seda.

La policía allanó la casa donde vivía el sereno. En su habitación encontraron otra pierna. Una pierna de madera maciza. Cuando el sereno no estaba dispuesto a robar, usaba la pierna sin trampa. Se comprobó que en la pierna hueca cabía holgadamente un sobretodo arrollado, siempre que se le descosieran las mangas.

Tal fue la razón por la que la policía no extremó las investigaciones para determinar quién había hecho llegar a las manos del sereno la “medialuna” cargada de veneno.

Y aquel día todos los empleados de la casa Xenius, incluso Ernestina, se sintieron enormemente felices.

  1. ¿Qué papel juega Ernestina en el cuento?
  2. ¿Cuál es el marco, complicación principal y resolución del cuento?
  3. Enumera los objetos que fueron robados.
  4. Grafopeya y etopeya de este personaje.
  5. ¿Qué deducciones realiza la empleada sobre la identidad del ladrón?
  6. Ubica las perífrasis verbales con el verbo poder más infinitivo.
  7. Estudiamos el funcionamiento del complemento atributo, identificamos enunciado, verbos conjugados, oraciones, sujeto expreso o tácito previamente.

  • Aquella humillación era insoportable....todos estaban preocupados.
  • “el enigma de la oficina” fue uno de los tantos dramas oscuros que se gestan en las entrañas de las grandes ciudades,
  • El cansancio fue más fuerte que su temor secreto
  • Encuentra otros dos ejemplos de atributo en en el texto.


Fragmentos de La traducción de Pablo De Santis

  II  

El gerente dudó unos segundos, amagó una negativa, y finalmente tomó un manojo de llaves. Ana y Rauach desaparecieron en el ascensor.

    Subí las escaleras. El primer piso estaba desierto; en el segundo encontré a Ana, que caminaba perdida. Con las dos manos se apretaba la boca del estómago.

    Rauach, el gerente del hotel, cerró la puerta de la habitación. Sacó un pañuelo del bolsillo y limpió los números dorados, tres-uno-seis, hasta hacerlos brillar. Solo reaccionó cuando le toqué el hombro. No dijo nada, pero despertó.

    -Voy a llamar al comisario.

    Khun era un buen anfitrión; esperó que casi todos hubieran terminado de comer para dar la noticia: Rina Agri está muerta. Después de un profundo silencio, todo el mundo empezó a preguntar a la vez. Khun contestó, a medida que respondía, él perdía sus energías y también los demás; cada pregunta agotaba poco a poco el tema, pero también la animación.

    Guimar llegó como un personaje nuevo incluido en una comedia para animar un cuarto acto que agoniza. Dejó su impermeable sobre uno de los sillones. Miró hacia todos lados con reprensión; no hubo nadie que no sintiera algo de culpa por las molestias que causábamos al pacífico pueblo y a su pacífico comisario.

-¿Dónde está?- preguntó.

-En el 316. Lo acompaño- dijo Rauach.

Durante diez minutos, los traductores hablamos de Rina Agri. Hablamos, todavía en presente, como si no se hubiera ido del todo, como si estuviera haciendo las valijas y fuera una falta de tacto condenarla al pasado. Después de todo, había dos platos de más en la mesa, que nadie había tocado...

        

                                                                           IX

    En la planta baja había varias habitaciones destinadas a la numerosa servidumbre que el hotel jamás llegó a albergar. En uno de esos cuartos, el 77, ubicaron el cuerpo de Valner, sobre un colchón sin sábanas, envuelto en nylon. En una mirada fugaz alcancé a ver el cuarto estrecho, apenas iluminado por una lamparita de poco voltaje, las paredes desnudas, el cuerpo demasiado grande para la cama angosta, con un brazo caído y chorreando agua por el piso.

    El gerente del hotel, Rauach,  al que yo no había visto hasta entonces, apareció vestido de saco y corbata y con un ánimo en el que mezclaban la voluntad de poner orden y la desesperación. En medio de la noche recorría el hotel dando órdenes y proclamando su inocencia.

    -El hotel no tiene ninguna responsabilidad. Los pasajeros habían sido advertidos sobre los peligros de pasar al otro lado.

    Dos policías llegaron en un jeep; uno era el comisario de Puerto Esfinge, Guimar, el otro un sargento gordo de movimientos lentos. El sargento tuvo que hacer de fotógrafo antes de que sacaran el cuerpo del agua. Lo miré trabajar; era evidente que no estaba habituado a tratar con muertos. Sacaba las fotos a la mayor distancia posible.

    -Acérquese, hombre -ordenó Guimar en voz baja-. Quiero al muerto, no al paisaje.

    Todos los invitados al congreso estábamos en el bar del hotel, espectadores de un drama del cual los otros -Rauach, el comisario, el médico al que habían despertado en mitad de la noche para firmar el certificado de defunción- eran protagonistas. Conscientes de su rol, hablaban en voz demasiado alta, pero a la vez del modo más confidencial posible, con medias palabras y sobrentendidos.

    -Quiero una lista con los nombres y los domicilios de los pasajeros -ordenó el comisario al conserje-.¿Quién encontró el cuerpo?

                                                         Fragmentos de La traducción de Pablo De Santis

    


ENERO DE 1999: EL VERANO DEL COHETE

 

ENERO DE 1999: EL VERANO DEL COHETE 

      Un minuto antes era invierno en Ohio; las puertas y las ventanas estaban cerradas, la escarcha empañaba los vidrios, los carámbanos bordeaban los techos, los niños esquiaban en las pendientes; las mujeres, envueltas en abrigos de piel, caminaban torpemente por las calles heladas como grandes osos negros. 

   Y de pronto, una larga ola de calor atravesó el pueblo; una marea de aire tórrido, como si alguien hubiera abierto de par en par la puerta de un horno. El calor latió entre las casas, los arbustos, los niños. El hielo se desprendió de los techos, se quebró, y empezó a fundirse. Las puertas se abrieron; las ventanas se levantaron; los niños se quitaron las ropas de lana; las mujeres guardaron en los armarios los disfraces de oso; la nieve se derritió, descubriendo los antiguos y verdes prados del último verano.

    El verano del cohete. Las palabras corrieron de boca en boca por las casas abiertas y ventiladas. El verano del cohete. El caluroso aire desértico alteró los dibujos de la escarcha en los vidrios, borrando la obra de arte. Esquíes y trineos fueron de pronto inútiles. La nieve, que venía de los cielos helados, llegaba al suelo como una lluvia cálida. 

   El verano del cohete. La gente se asomaba a los porches húmedos y observaba el cielo, cada vez más rojo. 

   El cohete, instalado en su plataforma, lanzaba rosadas nubes de fuego y calor de horno. El cohete, de pie en la fría mañana de invierno, engendraba el estío con el aliento de sus poderosos escapes. El cohete transformaba los climas, y durante unos instantes fue verano en la tierra... 

 

Actividades

1.    Eres un habitante de Ohio, envía una carta a un amigo contándole lo que está pasando en tu ciudad. Respeta la estructura de la carta informal.

2.    a) Estudia sintácticamente el siguiente enunciado:

La nieve, que venía de los cielos helados, llegaba al suelo como una lluvia cálida.

             b) Sustituye “que venía de los cielos” por un adjetivo que mantenga el mismo sentido que en el sintagma original.

3.    Pon dos ejemplos de lenguaje figurado, explica qué artilugio lingüístico está presente en cada uno.

4.    Menciona los cambios que viven los pobladores con la caída del cohete.

5.    Estudia sintácticamente los siguientes enunciados:

"Las palabras corrieron de boca en boca por las casas abiertas y ventiladas."

"El cohete, de pie en la fría mañana de invierno, engendraba el estío con el aliento de sus poderosos escapes."

"El cohete transformaba los climas, y durante unos instantes fue verano en la tierra... "


Versos luminosos de Isaac Asimov

 VERSOS LUMINOSOS

   De todas las personas del mundo, la última a quien nadie habría creído capaz de cometer un asesinato era la señora Avis Lardner. Viuda del gran astronauta mártir, era filántropa, coleccionista de arte, anfitriona extraordinaria y, todo el mundo estaba de acuerdo en ello, artista genial. Pero sobre todo era el ser humano más dulce y bondadoso que se pudiera imaginar.
  Como todos recordamos, su marido, William J. Lardner, murió por efecto de la radiación de una erupción solar, después de haberse quedado deliberadamente en el espacio para que una nave de viajeros pudiera llegar sin contratiempo a la Estación Espacial 5.
La hazaña de su difunto esposo le había valido a la señora Lardner una generosa pensión, que ella invirtió con acierto y prudencia. Ya en plena edad madura, era una mujer rica.
  Su casa era una vitrina, un verdadero museo, que sólo contenía colecciones extremadamente selectas de objetos extraordinariamente hermosos, adornados con joyas. Procedentes de una docena de culturas distintas, había conseguido reliquias de casi todos los artefactos imaginables que se pudieran incrustar de joyas y destinar al servicio de la aristocracia de la cultura en cuestión. Poseía uno de los primeros relojes de pulsera recamados de joyas fabricados en América, un puñal enjoyado de Camboya, unas gafas incrustadas de joyas de Italia, y un largo etcétera, casi interminable.
  Todo estaba a la vista para que lo inspeccionara quien quisiese. Los objetos no estaban asegurados, ni había medidas especiales de seguridad. No se precisaba ninguna de las precauciones habituales, porque la señora Lardner tenía un elevado número de robots, y se podía confiar plenamente en que cada uno de ellos guardaría aquellos objetos con imperturbable concentración, honradez irreprochable y eficiencia inquebrantable.
  Todo el mundo conocía la existencia de tales robots, y no se tiene noticia de ningún intento de robo.
  Luego, por supuesto, venían sus «esculturas de luz». Ninguno de los invitados a sus muchas fiestas y recepciones podía imaginar cómo hubiera descubierto la señora Lardner su genio para el arte. En todas las ocasiones, sin embargo, en que su casa abría las puertas de par en par para recibir invitados, brillaba por las habitaciones una nueva sinfonía de luz; curvas tridimensionales y sólidos de colores diluidos, unos puros y otros fundiéndose en pasmosos efectos cristalinos que llenaban de admiración a los invitados y, fuese como fuere, siempre modificándose de forma que el cabello, blanco azulado, de la señora Lardner y su rostro, sin arrugas, adquiriese una dulce belleza.
  Los invitados venían por las «esculturas de luz» más que por ninguna otra cosa. Nunca se vio dos veces la misma, ni apareció nunca ninguna que no explorase nuevos caminos experimentales del arte. Muchas personas podían tener consolas de luz por diversión; pero ninguna podía aproximarse siquiera a la pericia de la señora Lardner. Ni aún aquellos que se consideraban artistas profesionales.
  La misma señora Lardner hacía gala de una deliciosa modestia sobre este asunto.
  — No, no -solía decir cuando alguien se derretía en lirismos-. Yo no lo llamaría «poesía de luz». Eso es demasiado generoso. Todo lo más que diría es que son «light verse». -Y todo el mundo celebraba con una sonrisa el fino ingenio encerrado en la conjunción de estas dos palabras que generalmente significarían «versos ligeros», pero que también podían significar «versos luminosos».
  Aunque se lo pedían con gran frecuencia, nunca quería crear «esculturas de luz», sino en las fiestas que daba en su casa.
  — Lo otro sería comercializar el arte -decía.
  Sin embargo, no tenía inconveniente en preparar complicados hologramas de sus esculturas a fin de hacerlas perdurables y de que se pudieran reproducir en los museos de arte de todo el universo. Tampoco cobraba nada por el uso que se pudiera hacer, fuera cual fuese, de sus esculturas de luz.
  — No podría pedir ni un céntimo -decía, abriendo los brazos de par en par-. Están a disposición de todos, gratis. Al fin y al cabo, a mí luego no me sirven de nada.
¡Era cierto! Nunca utilizaba dos veces una misma escultura de luz.
Cuando se tomaban los hologramas, solía colaborar personalmente. Observando con ojo benigno cada uno de los pasos, estaba siempre a punto para ordenar a sus criados robots que ayudaran.
— Por favor, Courtney -solía decir-, ¿tendría la bondad de disponer convenientemente esa escalerilla?
Era su estilo. Siempre se dirigía a sus robots con la más depurada cortesía.
En una ocasión, años atrás, un funcionario del gobierno de la Oficina de Robots y Hombres Mecánicos le había reprochado:
— No puede hacerse así -le dijo muy serio-. La eficiencia de esas máquinas sale perjudicada. Han sido construidas para obedecer órdenes, y cuanto más claras sean, con mayor eficacia las cumplirán. Si se les pide algo con alambicada cortesía, les cuesta comprender que se trate de una orden, y reaccionan más despacio.
Pero la señora Lardner levantó su aristocrática cabeza y dijo:
— Yo no pido ni rapidez ni eficiencia. Pido buena voluntad. Mis robots me adoran.
El funcionario del gobierno le habría podido explicar que los robots no pueden amar ni adorar; pero quedó cohibido bajo la mirada ofendida, aunque dulce, de la dama.
Era bien sabido que la señora Lardner jamás devolvió un robot a la fábrica para que lo revisaran. Los cerebros positrónicos que llevan estos aparatos son complicadísimos, y en un caso de cada diez, aproximadamente, no están perfectamente ajustados cuando salen de la fábrica. A veces el defecto no se nota hasta al cabo de un tiempo; pero siempre que se note, la razón social «U.S. Robots & Mechanical Men, Inc.» los repara gratuitamente.
La señora Lardner movía la cabeza negativamente.
— Cuando un robot está ya en mi casa -decía-, y cumple con sus obligaciones, las pequeñas excentricidades que tenga se le toleran. No quiero que se les trate desconsideradamente.
Lo peor que se podía hacer era probar de explicarle que un robot no era más que una máquina. En tales casos, replicaba muy secamente:
— Ningún ser tan inteligente como un robot puede ser solamente una máquina. Yo los trato como a personas.
¡Y no había más que hablar!
Conservaba incluso a Max, a pesar de que estaba casi inservible. Apenas entendía lo que le ordenaban. Pero la señora Lardner negaba con denuedo tal afirmación.
— De ningún modo -decía con voz firme-. Coge sombreros y abrigos y los almacena perfectamente. Me sostiene objetos. Sabe hacer muchas cosas.
— Pero ¿por qué no lo haces reparar? -le preguntó un día un amigo.
— Ah, no podría. Él es así. Y es un encanto, ¿sabes? Al fin y al cabo, un cerebro positrónico es tan complejo que nadie puede asegurar en qué anda fuera de quicio, exactamente. Si hicieran a Max perfectamente normal, no habría manera de devolverle el encanto que ahora posee. No, no renunciaré a semejante hechizo.
— Pero si no está bien centrado -decía el amigo, mirando nervioso al robot-, ¿no podría resultar peligroso?
— Jamás -negó la señora Lardner con una carcajada-. Hace años que lo tengo. Es completamente inofensivo y una auténtica preciosidad.
Lo cierto era que Max tenía la misma figura que los otros robots: lisa, metálica, vagamente humana, pero inexpresiva.
No obstante, para la dulce señora Lardner, todos eran personas, todos eran un encanto, todos eran adorables. Ella tenía este carácter, esta personalidad.
  ¿Cómo pudo perpetrar un asesinato?

  La última persona del mundo que uno habría creído pudiera morir asesinada era John Semper Travis. Introvertido y amable, vivía en este mundo, pero no pertenecía a él. Poseía una mente con esa gracia especial para las matemáticas que le permitía deshacer la complicada urdimbre de la miríada de sendas positrónicas de la mente de un robot.
Era ingeniero jefe de «U.S. Robots & Mechanical Men, Inc.»
Y era además aficionado entusiasta a las «esculturas de luz». Había escrito un libro sobre el tema, tratando de demostrar que la clase de matemática que empleaba al elaborar sendas cerebrales positrónicas se podían transformar en guías para la producción de esculturas de luz estéticas.
  Sin embargo, el intento de pasar de la teoría a la práctica resultó un lamentable fracaso. Las esculturas que producía siguiendo sus principios matemáticos salían pesadas, mecánicas, nada interesantes.
  Era el único motivo de pena que podía encontrarse en su sosegada existencia, introvertida, segura; y sin embargo, era motivo bastante para que se sintiera muy desdichado. Sabía que sus teorías eran ciertas, y sin embargo, no lograba ponerlas en práctica. Si pudiera producir al menos una gran muestra de escultura de luz... conocía las de la señora Lardner.
  Todo el mundo la aplaudía como a un genio, y sin embargo, Travis sabía que era incapaz de comprender hasta los aspectos más sencillos de la matemática robótica. Había sostenido correspondencia con ella; pero la señora Lardner se había negado siempre a explicar qué métodos seguía, y él llegó a preguntarse si seguía alguno realmente. ¿No podía tratarse de simple intuición...? Pero hasta la intuición se podía reducir a fórmulas matemáticas. Por fin logró que le invitase a una de las fiestas que daba. Sencillamente, tenía que ver a aquella mujer.

Travis llegó más bien tarde. Había llevado a cabo una última tentativa por realizar una escultura de luz y había fracasado lamentablemente.
  Travis saludó a la señora Lardner con una especie de respeto maravillado y dijo:
— El robot que me ha cogido el sombrero y el abrigo era muy singular.
— Ese es Max -dijo la señora Lardner.
— Está muy mal acoplado y es un modelo bastante antiguo. ¿Cómo es que no lo devolvió a la fábrica?
— Oh, no -exclamó la señora Lardner-. Sería demasiada molestia.
— Ninguna en absoluto, señora Lardner -replicó Travis-. Le maravillaría la sencillez con que harían la tarea. Pero como yo pertenezco a «U. S. Robots» me he tomado la libertad de revisarlo. Lo hice en un momento, y usted verá que ahora está en perfectas condiciones de funcionamiento.
En el semblante de la señora Lardner se produjo un cambio extraño. El furor halló sitio en él, por primera vez en su dulce vida, y fue como si los rasgos fisonómicos no supieran cómo debían ordenarse.
— ¿Lo ha reparado? -gritó en un alarido-. ¡Si era él quien creaba mis esculturas de luz! Era el mal acoplamiento, que ya no se podrá reproducir nunca más, lo que..., lo que...
Fue realmente una desgracia que hubiera estado mostrando, hacía unos instantes, su colección, y que el puñal incrustado de joyas de Camboya se hallara sobre la mesita de mármol, delante de ella.
También Travis tenía el semblante terriblemente alterado.
— ¿Quiere decir que si yo hubiera estudiado sus pistas cerebrales, afectadas de un mal acoplamiento singular, único, habría podido aprender...?
La señora Lardner se abalanzó con un impulso demasiado repentino para que nadie pudiera contenerla, y el hombre no intentó siquiera esquivar el golpe. Algunos dijeron que hasta fue a su encuentro... como si quisiera morir.











 

A        Actividades

1.   Buscar en el diccionario las siguientes palabras: recamados, urdimbre, miríadas, positrónicos, y furor.

2.     “— Lo otro sería comercializar el arte -decía”. ¿ Qué personaje es el que está interviniendo en este enunciado? 

 

 

3.   ¿Quién dijo lo que aparece resaltado en negrita? 

4.   ¿Qué información te brinda el enunciado resaltado en rojo? 

¿Cómo formulamos el enunciado anterior con una expresión sinonímica? 

5.   ¿Cuál es la creación de la protagonista? 

¿Cómo los denomina y por qué? 

6.   Arma sintagmas nominales a partir de las siguientes palabras: 

 

Robot 

 

Luz 

 

Lardner

 

 

7.   Transforma el discurso indirecto subrayado en discurso directo. 

8.   Localiza en el texto pasajes en los cuales encontramos descripciones. 

9.   ¿Qué te  transmite como reflexión final la lectura del  texto?