Comencé a coleccionar rompecabezas cuando tenía quince años. Hoy no hay nadie en esta ciudad -dicen- más hábil que yo para armar esos juegos que exigen paciencia y obsesión.
Idioma Español - Pombo
jueves, 16 de abril de 2026
La pieza ausente de Pablo de Santis
viernes, 3 de abril de 2026
Mis 72 días en la montaña y mi largo a casa.
Durante las primeras horas no había nada, ni miedo ni tristeza, ni la sensación de que pasaba el tiempo, ni tampoco pensamientos ni recuerdos, tan sólo un silencio negro y perfecto. Entonces se hizo la luz, un haz fino y gris de luz solar, y salí de las tinieblas como un buceador que nada lentamente hacia la superficie. La consciencia fue fluyendo por mi cerebro como si fuera una lenta hemorragia y me desperté, con gran dificultad, en un mundo sombrío a medio camino entre el ensueño y la realidad. Oí voces y noté movimiento a mi alrededor, pero tenía la mente confusa y la vista borrosa. Mientras miraba fijamente esas vagas formas desdibujadas, vi que algunas de las sombras se movían y finalmente me di cuenta de que una de ellas se inclinaba sobre mí. —Nando, ¿puedes oírme? ¿Me oyes? ¿Estás bien? La sombra se acercó más a mí y, al observarla minuciosamente en silencio, se recompuso una cara humana. Vi un mechón enredado de pelo negro sobre unos ojos marrón oscuro. En esos ojos había amabilidad —esa persona me conocía—, pero detrás de la amabilidad había algo más, atrocidad, dureza, una sensación de desesperación contenida. —Vamos, Nando, ¡despierta! «¿Por qué tengo tanto frío? ¿Por qué me duele tanto la cabeza?». Intenté desesperadamente expresar en voz alta estos pensamientos, pero mis labios no podían articular las palabras y el esfuerzo agotó rápidamente mis energías. Cerré los ojos y me dejé arrastrar de nuevo hacia la oscuridad. Sin embargo, pronto oí más voces y, al abrir los ojos, vi que a mi alrededor flotaban más caras. —¿Está despierto? ¿Puede oírte? —¡Nando, di algo! —No te rindas, Nando, estamos contigo. ¡Despierta! Intenté hablar de nuevo, pero todo lo que me salió fue un ronco susurro. Entonces alguien se inclinó hacia mí y me habló al oído en voz baja. —Nando, ¡el avión se estrelló! ¡Caímos en las montañas! Nos estrellamos. ¿Me entiendes, Nando? No. Entendía que, por la calmada premura con la que pronunciaba esas palabras, ésa era una noticia sumamente importante. Pero no podía desentrañar su significado, ni comprender que tuviera algo que ver conmigo. La realidad parecía distante y confusa, como si estuviera atrapado en un sueño y no pudiera obligar me a despertar.
Vagué en esta confusión durante horas, pero al final mis sentidos empezaron a ver la luz y pude examinar lo que había a mi alrededor. Desde mis primeros y confusos momentos de consciencia me desconcertó ver una hilera de luces circulares que flotaban por encima de mí. Ahora me daba cuenta de que esas luces eran las redondeadas ventanillas de un avión. Entendí que estaba tumbado en el suelo de la cabina de pasajeros de un avión comercial, pero, cuando miré hacia la cabina del piloto, vi que nada en ese avión parecía normal. El fuselaje se había volcado hacia un lado, de forma que mi espalda y mi cabeza reposaban en la parte inferior de la pared del lado derecho del avión, mientras que tenía las piernas estiradas hacia el pasillo, que estaba inclinado hacia arriba. Faltaban la mayoría de los asientos del avión. Del destartalado techo pendían cables y tubos, y las válvulas de aislamiento rotas colgaban como trapos mugrientos de los agujeros que se habían abierto en las paredes destrozadas. A mi alrededor, el suelo estaba salpicado de trozos de plástico desmenuzado, fragmentos retorcidos de metal y otros restos sueltos. Era de día. El aire era gélido e, incluso en mi estado de aturdimiento, la crudeza del frío me sorprendió. Había vivido siempre en Uruguay, un país cálido en el que incluso los inviernos son suaves. La única vez que había conocido realmente el frío fue cuando tenía dieciséis años y me fui a vivir a Saginaw, en Michigan, como estudiante de intercambio. No me había llevado ropa de abrigo y recuerdo la primera vez que experimenté una auténtica ola de frío polar de la zona central de Estados Unidos: el viento me clavaba sus garras a través de la fina chaqueta de verano y los pies se me congelaban en los ligeros mocasines. Pero nunca me había imaginado nada igual a las gélidas ráfagas de viento que soplaban a través del fuselaje. Ese frío brutal que calaba hasta los huesos me escaldaba la piel como si fuera ácido. Sentía el dolor en cada célula del cuerpo y, mientras temblaba espasmódicamente dominado por él, cada momento parecía durar una eternidad. Mientras permaneciera en el suelo del avión, a merced de la corriente de aire, no habría forma de entrar en calor. Pero el frío no era lo único que me preocupaba. También sentía un dolor palpitante en la cabeza, una percusión tan aguda e intensa que parecía que hubiera un animal salvaje atrapado en mi cabeza arañándome desesperadamente para salir. Con cuidado me llevé la mano a la coronilla. Noté coágulos de sangre seca enredados en mi pelo y tres heridas sanguinolentas que formaban un triángulo irregular a unos diez centímetros por encima de la oreja derecha. Sentí que algún hueso roto sobresalía bajo la sangre coagulada y, al apretar ligeramente, noté una esponjosa sensación de elasticidad. Se me revolvió el estómago cuando me di cuenta de lo que eso significaba: estaba presionando partes del cráneo hechas añicos contra la superficie del cerebro. Me dio un vuelco el corazón. Me faltaba el aire. Justo cuando iba a entrarme el pánico, v esos ojos marrones encima de mí, y al fin reconocí la cara de mi amigo Roberto Canessa. Práctica Docente. 2025 Liceo: N° 17 “Fco. Acuña de Figueroa” Montevideo Practicante: Brya Avelino Clase: 23/10/2025 Grupo: 8°1 Prof. adscriptora: Gabriela Pombo —¿Qué ha pasado? —le pregunté—. ¿Dónde estamos? Roberto frunció el ceño mientras se inclinaba para examinarme las heridas de la cabeza. Siempre había sido un tipo serio, de carácter fuerte e intenso y, al mirarle a los ojos, vi toda la fortaleza y seguridad en sí mismo que le caracterizaban. Sin embargo, había algo nuevo en su cara, algo sombrío y preocupante que no había visto antes. Se trataba de la mirada perturbada de un hombre que luchaba por creer en lo imposible, de alguien aturdido por una sorpresa que le costaba asumir. —Llevas tres días inconsciente —dijo, sin sentimiento en su voz—. Te habíamos dado por perdido. Estas palabras no tenían sentido. «¿Qué me ha sucedido? —me pregunté—. ¿Por qué hace tanto frío?». —¿Me entiendes, Nando? —dijo Roberto—. Nos hemos estrellado en las montañas. El avión se ha estrellado. Estamos atrapados aquí. Negué ligeramente con la cabeza, confundido, incrédulo, pero no pude evitar durante mucho tiempo lo que sucedía a mi alrededor. Oí quejidos amortiguados y repentinos gritos de dolor, y entonces empecé a entender que estaba oyendo sufrir a otras personas. Vi a los heridos tendidos en camas y hamacas improvisadas por todo el fuselaje y figuras que se inclinaban hacia ellos para ayudarlos, hablando en voz baja mientras iban y venían con tranquilidad por la cabina. Por primera vez me di cuenta de que la parte frontal de mi camisa estaba cubierta de una húmeda capa marrón. Al tocarla con la punta del dedo noté que era pegajosa y estaba coagulada y me di cuenta de que esa triste mancha era mi propia sangre seca. —¿Entiendes, Nando? —volvió a preguntar Roberto—. ¿Te acuerdas de que estábamos en el avión… rumbo a Chile? Cerré los ojos y asentí. Ahora había salido de las tinieblas; mi confusión ya no podía protegerme de la verdad. Lo entendí. Y mientras Roberto me limpiaba con suavidad las manchas de sangre de la cara empecé a recordar.
Parrado, N. (2006). Milagros en los Andes: Mis 72 días en la montaña y mi largo regreso a casa. Editorial Planeta.
jueves, 2 de abril de 2026
Crimen robado de Héctor Galmés
Crimen robado Héctor Galmés
Las langostas, crónicas marcianas, Ray Bradbury.
Crónicas marcianas
El misterio de los sobretodos
De haberse sabido que fue Ernestina la que descubrió al ladrón, probablemente Ernestina hubiera ido a parar al presidio por un largo tiempo de su vida... Nunca pudo ser aclarado el misterio de la oficina.
Ateniéndose a los sucesos tal me fueron narrados, podría afirmar que “el enigma de la oficina” fue uno de los tantos dramas oscuros que se gestan en las entrañas de las grandes ciudades, donde las bagatelas terminan por revestir un contorno de episodio cruento en la conciencia de las personas que a diario se soportan en un ambiente estrecho de trabajo y duro de responsabilidades.
La policía realizó investigaciones superficiales en tomo del grave suceso, pero acabó por abandonar la búsqueda del autor o autora, por creer en cierto modo que el asunto no merecía el tiempo que absorbía a las actividades de los funcionarios, ocupados en novedades de mayor trascendencia.
He aquí cómo se gestó el suceso conocido entre los empleados de la “Casa Xenius, ropería para hombres y mujeres, artículos de confección, etc.”, bajo el nombre de “El misterio de los tres sobretodos”.
En la oficina de Expedición al interior de la casa Xenius comenzaron a desaparecer prendas de vestir.
Un día fue un cinturón, ¡un cinturón sin hebilla!, lo que demuestra que el ladrón echaba mano a lo que podía; otra vez fue un sobre con la suma de doce pesos, olvidado en el cajón de Ernestina; otra vez fue un retazo de seda. Un retazo de un metro, valuado en ocho pesos...
Semejantes robos, mejor dicho, hurtos, traían revuelta a la gente de la oficina. No se trataba de la cantidad en sí, aunque sí se trataba. Los valores que el ladrón substraía, por insignificantes que fueran, estacionaban en la prudencia de los empleados una atmósfera de inquietud. Allí, entre ellos, se encontraba un ladrón o una ladrona. Cada uno era responsable directamente de los artículos recibidos, esto sin dejar de tener en cuenta otro detalle: las víctimas de los robos no eran personas a las que se pudiera afectar impunemente en sus intereses.
Todos ellos vivían sobrellevando estrecheces. Sus reducidos sueldos les alcanzaban apenas para cubrir sus necesidades más inmediatas. La desaparición de un objeto valuado en cinco o en diez pesos no constituía, precisamente, una desgracia, pero sí desequilibraba desagradablemente el presupuesto del damnificado. Además, aquel que había sido robado pensaba que otro día podría volver a ocurrir semejante accidente, y tal posibilidad traía alborotado el magín de los empleados, que hasta en sueños se veían reintegrando indemnizaciones de daños que aún no habían sufrido.
No estaban agotados los comentarios sobre el robo del retazo de un metro de seda, ocurrido en la semana anterior, cuando una noticia nueva estalló como una bomba, entre la consternación de todos: ¡Habían desaparecido tres sobretodos!...
El mismo gerente de la casa Xenius no pudo evitar un escalofrío al enterarse.
El robo de tres sobretodos en una casa organizada es motivo más que suficiente para alarmar a los mismos accionistas. Sin embargo, a pedido de los empleados de la sección Ropería de hombres, el gerente no dio noticias del escándalo a los accionistas. Los siete empleados de la sección Ropería de hombres desembolsaron el importe de los tres sobretodos.
Yo podría escribir un libro con los diálogos, respuestas, preguntas, conjeturas y deducciones que se hicieron sobre aquel suceso, pero tendré que limitarme a escribir tres líneas.
¿Quién se había llevado los tres sobretodos? La argumentación de los damnificados era de este tenor:
—¿Puede un empleado o una empleada o el sereno robarse un corte de seda?
—Sí, puede.
—¿Puede un empleado, una empleada o el sereno robarse un par de medias?
—Sí, puede.
“¿Puede un empleado, una empleada o el sereno robarse tres sobretodos?
—No; no puede. No puede, porque tres sobretodos son inocultables en un bolsillo. Tres sobretodos hacen un bulto fenomenal. De consiguiente, el robo de tres sobretodos es materialmente imposible.
—Pero es que los sobretodos faltan —replicaban los damnificados.
—Se robaron uno a uno —replicaban los más sutiles.
—¿Cómo los sacaron de la sección?
Nadie sabía qué responder. El robo carecía prácticamente de explicación. Carecía de explicación porque la casa permanecía por la noche estrictamente cerrada. En el interior de la tienda, aparte del sereno, trabajaban tres hombres en la limpieza. Se hubiera podido sospechar del sereno, pero el sereno no se movía de la tienda y, al retirarse por la mañana del comercio, lo hacía en presencia del jefe, cuya mirada avizora registraba al cojo de pies a cabeza. El hombre no hubiera podido envolverse un sobretodo en una pierna, porque ello era materialmente imposible. Ni ponerse un sobretodo nuevo debajo del viejo, porque el tamaño saltaría a la vista. Además, hubiera tenido que complicar a la gente de la limpieza en estos robos, y nadie iba a arriesgarse por una bagatela. Y, en última instancia, ¿por qué iba a ser precisamente el sereno el ladrón?
Existía otra posibilidad: que los hombres de la limpieza o el mismo sereno pasaran las prendas robadas por la terraza a una casa vecina. Los empleados preguntaron por la terraza. La casa Xenius no tenía terraza, el piso inmediato superior estaba ocupado por escritorios. Quedaba el recurso de las ventanas que daban a un patio oscuro. Las ventanas estaban enrejadas, además cada piso sobre el patio estaba separado del otro por una malla de alambre, de manera que si alguien que robaba en el cuarto piso quería arrojar el producto de su robo a un cómplice que le esperaba en el patiecillo, las redes de alambre no hubieran permitido pasar los paquetes.
Puntualizo estos detalles porque no trabajaba en la casa Xenius ni un solo empleado que no los conociera ni los comentara.
Evidentemente, el ladrón o la ladrona estaba allí, entre ellos, era un camarada, quizá un empleado inferior o superior, un hombre de la limpieza o un chico de mandados, pero el ladrón o la ladrona estaba allí. Y era de cuidado.
¡Había robado tres sobretodos! ¡Tres sobretodos de sesenta y cinco pesos cada uno! Es decir, ciento noventa y cinco pesos. Los siete empleados que fueron víctimas del robo tuvieron que retirar de sus sueldos la suma aproximada de treinta pesos para indemnizar a la casa, y la noticia del suceso no llegó a los accionistas. El gerente, piadosamente, la calló. Pero desde el gerente, que esa noche comentó el suceso con su señora, hasta el chico del ascensor, todos estaban preocupados.
¿Qué iba a ocurrir allí?
Una de las más interesadas con los robos que se cometieron era Ernestina, empleada de la sección Expedición al interior.
Esta Ernestina es la muchacha de cuyo cajón el misterioso ladrón sustrajo el sobre que contenía doce pesos.
Ernestina creía tener un hilo que podía llevarla a establecer la identidad del ratero. Esta empleada merece una referencia, porque su actuación fue importante y curiosa.
Ernestina, físicamente, era más flaca que un gato famélico. Cuando se sentía contenta trepaba por los árboles, también como un gato. Observando su minúscula figura no se imaginara jamás que fuera tan vigorosa y resistente. Daba puñetazos tremendos.
Ernestina aspiraba a ser. Vaya a saber lo que aspiraba a ser, pero cuando salía de la oficina, un día sí y un día no, se metía en un montón de academias diferentes. Seguía cursos de inglés, de estenografía, de francés. Los que la conocían no sabían qué admirar más si su flacura, su resistencia o su actividad.
Personalmente estaba indignada contra el ladrón.
—Ese hombre es un canalla —decía—. Nos está robando a nosotros, que somos más pobres que las ratas.
Lo que no dijo fue esto:
—Es tan ladrón que hasta se roba las “medialunas” que tomamos con el café con leche.
No lo dijo, pero lo pensó.
Efectivamente, el misterioso ladrón de los tres sobretodos, del cinturón sin hebilla, de las medias de seda, acostumbraba robarse las “medialunas” que las muchachas no terminaban de comer con el café con leche que tomaban por la tarde.
Casi todas las empleadas llevaban a la tienda el café con leche en un termo. Ernestina había observado que cuando no tenía ganas de comerse las “medialunas” y las dejaba en el cajón de su escritorio para comerlas al día siguiente, una mano misteriosa que había revisado el cajón se había llevado las “medialunas”.
Ahora bien, aunque Ernestina no hizo ningún comentario al respecto, dedujo:
1º. El ladrón de la tienda no era empleado ni empleada, porque ningún empleado ni empleada se quedaba después de la hora de salida y, además, ninguno de ellos le hubiera robado a su compañero una o dos “medialunas” para tomar con el café con leche.
2º. Por lo tanto, el ladrón de las “medialunas” era un hombre que merodeaba por las oficinas después que ellos salían.
3º. Un hombre que es capaz de revisar un cajón y robarse una “medialuna” es un ser humano sin sensibilidad, con la justa mentalidad para robarse un cinturón sin hebilla, un metro de seda o los tres sobretodos.
4º. En consecuencia, el ladrón de las “medialunas” era el ladrón de las prendas anteriores, y actuaba en el comercio exclusivamente por la noche.
Sin embargo, Ernestina tuvo un escrúpulo. ¿Y si se equivocaba?
He aquí en qué podía consistir su equivocación:
Pudiera ser que, por la noche, uno de los hombres encargados de la limpieza revisara los cajones, encontrara las “medialunas” abandonadas, y suponiendo que eran desperdicios, las arrojara a la basura. Si así ocurría, su tesis era equivocada.
Resolvió hacer una prueba.
Aquel día, a la hora de tomar café con leche, comió bollitos en vez de “medialunas”, y después de arrancar un pedazo de un mordisco, dejó el bollito mordido en el cajón.
Pasaron tres días. El bollito mordido continuaba en el cajón, en consecuencia el hombre que robaba las “medialunas” no era el hombre de la limpieza, porque sino el bollito hubiera seguido el camino de la otra factura.
Y de pronto estalló otra bomba.
De la sección Sombreros para hombres desaparecieron veinte sombreros. Veinte sombreros no se ocultan entre pecho y espalda, ni tampoco metidos en un bolsillo. El personal de la tienda Xenius estaba atónito. Uno mencionó la película del Hombre invisible, y muchos se sintieron tentados a admitir que el ladrón de la tienda era un ente de condiciones sobrenaturales. Fue interrogado el sereno, los hombres de la limpieza; intervino la policía y no se aclaró nada. La situación de los empleados de la tienda se tornó insoportable. A la salida del empleo tropezaban con vigilantes que les escudriñaban de pies a cabeza. Muchos de ellos, sin que se enteraran los otros, fueron revisados. Por supuesto, inútilmente. Ernestina, una tarde, a la hora de salir, fue llamada a la gerencia. La aguardaba allí una señora que le indicó que debía dejarse registrar. Ernestina llegó a su casa hirviendo de ira. Aquella humillación era insoportable. Pero ella no estaba en condiciones de renunciar al empleo, porque su inglés era deficiente. Meditaba aquel anochecer, apoyada de codos en la mesa, cuando una idea diabólica se detuvo en su cerebro.
¿Si ella atrapara al ladrón? Al ladrón de los sombreros, de los sobretodos. Al ladrón de las “medialunas”.
Tenía un plan.
Sin vacilar, entró en el laboratorio fotográfico de su hermano. En un rincón del estante había un bote con cianuro de potasio. Echó aproximadamente un gramo de veneno en un papel, entró a su cuarto, tomó una “medialuna”, con un cortaplumas separó delicadamente la corteza, abrió en la masa un agujero, y allí vertió el veneno. Con un poco de engrudo obturó el agujero, volvió a cubrirlo con su corteza y metió la “medialuna” en su valijita, junto al termo.
Al día siguiente, por la tarde, antes de salir de la oficina, en un momento que nadie la veía, dejó la “medialuna” abandonada en el interior del cajón.
Regresó a su casa, emocionada por la calidad de la trampa que dejaba preparada. Pero era indispensable que procediera así.
Luego, para olvidarse de la magnitud del acto, fue al cine en compañía de sus hermanas. A pesar de que trataba de separar su pensamiento del drama en preparación, el drama latía con violencia en todas sus venas.
Durmió y no durmió aquella noche. Una mano carnuda y fuerte, de dedos gruesos, pasaba ante sus ojos, le rozaba el brazo y el rostro con su manga tosca, tomaba el cajón de su escritorio por la anilla, lo entreabría, hurgaba en las tinieblas y retiraba la “medialuna”...
El cansancio fue más fuerte que su temor secreto, y al amanecer terminó por dormirse. Tuvieron que despertarla repetidas veces para que se levantara. Se vistió sobresaltada.
Al llegar a la tienda y entrar al ascensor, le dijo el chico:
—Señorita Ernestina, ¿no sabe que encontraron al ladrón?
Ernestina dejó caer su cartera al suelo. Se inclinó a recogerla, pero ya recobrado por completo el dominio de sí misma.
—¿Sí?
—Era el sereno.
—¿El sereno?
—Le encontraron una pierna llena de corbatas. Parece que se suicidó.
Al entrar a la sección Expedición al interior, todos comentaban el suceso.
Resulta que al amanecer, los peones de limpieza encontraron al sereno muerto junto a su taza de café con leche. Al levantarlo, descubrieron que llevaba una pierna postiza. Vino la policía. Al sereno le faltaba una pierna. Usaba una ortopédica; en su interior esa noche había guardado dos docenas de cintas de máquina de escribir y siete corbatas de seda.
La policía allanó la casa donde vivía el sereno. En su habitación encontraron otra pierna. Una pierna de madera maciza. Cuando el sereno no estaba dispuesto a robar, usaba la pierna sin trampa. Se comprobó que en la pierna hueca cabía holgadamente un sobretodo arrollado, siempre que se le descosieran las mangas.
Tal fue la razón por la que la policía no extremó las investigaciones para determinar quién había hecho llegar a las manos del sereno la “medialuna” cargada de veneno.
Y aquel día todos los empleados de la casa Xenius, incluso Ernestina, se sintieron enormemente felices.
- ¿Qué papel juega Ernestina en el cuento?
- ¿Cuál es el marco, complicación principal y resolución del cuento?
- Enumera los objetos que fueron robados.
- Grafopeya y etopeya de este personaje.
- ¿Qué deducciones realiza la empleada sobre la identidad del ladrón?
- Ubica las perífrasis verbales con el verbo poder más infinitivo.
- Estudiamos el funcionamiento del complemento atributo, identificamos enunciado, verbos conjugados, oraciones, sujeto expreso o tácito previamente.
- Aquella humillación era insoportable....todos estaban preocupados.
- “el enigma de la oficina” fue uno de los tantos dramas oscuros que se gestan en las entrañas de las grandes ciudades,
- El cansancio fue más fuerte que su temor secreto
- Encuentra otros dos ejemplos de atributo en en el texto.
Fragmentos de La traducción de Pablo De Santis
II
El gerente dudó unos segundos, amagó una negativa, y finalmente tomó un manojo de llaves. Ana y Rauach desaparecieron en el ascensor.
Subí las escaleras. El primer piso estaba desierto; en el segundo encontré a Ana, que caminaba perdida. Con las dos manos se apretaba la boca del estómago.
Rauach, el gerente del hotel, cerró la puerta de la habitación. Sacó un pañuelo del bolsillo y limpió los números dorados, tres-uno-seis, hasta hacerlos brillar. Solo reaccionó cuando le toqué el hombro. No dijo nada, pero despertó.
-Voy a llamar al comisario.
Khun era un buen anfitrión; esperó que casi todos hubieran terminado de comer para dar la noticia: Rina Agri está muerta. Después de un profundo silencio, todo el mundo empezó a preguntar a la vez. Khun contestó, a medida que respondía, él perdía sus energías y también los demás; cada pregunta agotaba poco a poco el tema, pero también la animación.
Guimar llegó como un personaje nuevo incluido en una comedia para animar un cuarto acto que agoniza. Dejó su impermeable sobre uno de los sillones. Miró hacia todos lados con reprensión; no hubo nadie que no sintiera algo de culpa por las molestias que causábamos al pacífico pueblo y a su pacífico comisario.
-¿Dónde está?- preguntó.
-En el 316. Lo acompaño- dijo Rauach.
Durante diez minutos, los traductores hablamos de Rina Agri. Hablamos, todavía en presente, como si no se hubiera ido del todo, como si estuviera haciendo las valijas y fuera una falta de tacto condenarla al pasado. Después de todo, había dos platos de más en la mesa, que nadie había tocado...
IX
En la planta baja había varias habitaciones destinadas a la numerosa servidumbre que el hotel jamás llegó a albergar. En uno de esos cuartos, el 77, ubicaron el cuerpo de Valner, sobre un colchón sin sábanas, envuelto en nylon. En una mirada fugaz alcancé a ver el cuarto estrecho, apenas iluminado por una lamparita de poco voltaje, las paredes desnudas, el cuerpo demasiado grande para la cama angosta, con un brazo caído y chorreando agua por el piso.
El gerente del hotel, Rauach, al que yo no había visto hasta entonces, apareció vestido de saco y corbata y con un ánimo en el que mezclaban la voluntad de poner orden y la desesperación. En medio de la noche recorría el hotel dando órdenes y proclamando su inocencia.
-El hotel no tiene ninguna responsabilidad. Los pasajeros habían sido advertidos sobre los peligros de pasar al otro lado.
Dos policías llegaron en un jeep; uno era el comisario de Puerto Esfinge, Guimar, el otro un sargento gordo de movimientos lentos. El sargento tuvo que hacer de fotógrafo antes de que sacaran el cuerpo del agua. Lo miré trabajar; era evidente que no estaba habituado a tratar con muertos. Sacaba las fotos a la mayor distancia posible.
-Acérquese, hombre -ordenó Guimar en voz baja-. Quiero al muerto, no al paisaje.
Todos los invitados al congreso estábamos en el bar del hotel, espectadores de un drama del cual los otros -Rauach, el comisario, el médico al que habían despertado en mitad de la noche para firmar el certificado de defunción- eran protagonistas. Conscientes de su rol, hablaban en voz demasiado alta, pero a la vez del modo más confidencial posible, con medias palabras y sobrentendidos.
-Quiero una lista con los nombres y los domicilios de los pasajeros -ordenó el comisario al conserje-.¿Quién encontró el cuerpo?
Fragmentos de La traducción de Pablo De Santis
ENERO DE 1999: EL VERANO DEL COHETE
ENERO DE 1999: EL VERANO DEL COHETE
Un minuto antes era invierno en Ohio; las puertas y las ventanas estaban cerradas, la escarcha empañaba los vidrios, los carámbanos bordeaban los techos, los niños esquiaban en las pendientes; las mujeres, envueltas en abrigos de piel, caminaban torpemente por las calles heladas como grandes osos negros.
Y de pronto, una larga ola de calor atravesó el pueblo; una marea de aire tórrido, como si alguien hubiera abierto de par en par la puerta de un horno. El calor latió entre las casas, los arbustos, los niños. El hielo se desprendió de los techos, se quebró, y empezó a fundirse. Las puertas se abrieron; las ventanas se levantaron; los niños se quitaron las ropas de lana; las mujeres guardaron en los armarios los disfraces de oso; la nieve se derritió, descubriendo los antiguos y verdes prados del último verano.
El verano del cohete. Las palabras corrieron de boca en boca por las casas abiertas y ventiladas. El verano del cohete. El caluroso aire desértico alteró los dibujos de la escarcha en los vidrios, borrando la obra de arte. Esquíes y trineos fueron de pronto inútiles. La nieve, que venía de los cielos helados, llegaba al suelo como una lluvia cálida.
El verano del cohete. La gente se asomaba a los porches húmedos y observaba el cielo, cada vez más rojo.
El cohete, instalado en su plataforma, lanzaba rosadas nubes de fuego y calor de horno. El cohete, de pie en la fría mañana de invierno, engendraba el estío con el aliento de sus poderosos escapes. El cohete transformaba los climas, y durante unos instantes fue verano en la tierra...
Actividades
1. Eres un habitante de Ohio, envía una carta a un amigo contándole lo que está pasando en tu ciudad. Respeta la estructura de la carta informal.
2. a) Estudia sintácticamente el siguiente enunciado:
La nieve, que venía de los cielos helados, llegaba al suelo como una lluvia cálida.
b) Sustituye “que venía de los cielos” por un adjetivo que mantenga el mismo sentido que en el sintagma original.
3. Pon dos ejemplos de lenguaje figurado, explica qué artilugio lingüístico está presente en cada uno.
4. Menciona los cambios que viven los pobladores con la caída del cohete.
5. Estudia sintácticamente los siguientes enunciados:
"Las palabras corrieron de boca en boca por las casas abiertas y ventiladas."
"El cohete, de pie en la fría mañana de invierno, engendraba el estío con el aliento de sus poderosos escapes."
"El cohete transformaba los climas, y durante unos instantes fue verano en la tierra... "