lunes, 8 de junio de 2026

Modos verbales y paradigma del Modo Indicativo

 

Modos verbales

Modo del verbo conjugado

Como ya vimos en la entrada sobre verbo conjugado, éste aporta cuatro informaciones que lo distinguen del resto de las palabras:
- Persona
- Número
- Tiempo
- Modo


Los verbos nos informan de la actitud de hablante ante lo que dice. Esa actitud se manifiesta en el modo en que está la forma verbal. 

Observa este video para comprender más este concepto:



Formas no personales del verbo

 

Las formas no personales del verbo no tienen flexión de persona, sino tienen un carácter único. Son el infinitivo, el gerundio y el participio. Este artículo trata los característicos de las formas impersonales en español.

Infinitivo

El infinitivo figura como entrada en el diccionario. También puedes buscar la conjugación de un verbo por entrar el infinitivo abajo. ;-)

El infinitivo de un verbo expresa una acción de forma impersonal. Puede funcionar como sustantivo. Por ejemplo:

Fumar mata.
Me gusta cantar.

La terminación del infinitivo indica qué clase de conjugación tiene. Se divide en tres grupos y cada uno tiene su conjugación regular. En la tabla debajo verás los modelos de las conjugaciones:

ClaseTerminaciónModelo
primera conjugación-arhablar
segunda conjugación-ercomer
tercera conjugación-irvivir

Gerundio

El gerundio expresa una acción simultánea o inmediatamente anterior a la del verbo principal. En español el gerundio acaba en –ando o -iendo.

Se usa para indicar que una acción está en desarrollo. Por ejemplo:

Ana está leyendo el periódico.
El perro lleva ladrando desde las siete de la mañana.

El gerundio es gramaticalmente equivalente a un adverbio. Puede expresar la manera en la que se realiza la acción:

Voy al trabajo caminando.

Participio

En español utilizamos el participio (-ado o -ido) con una forma del verbo auxiliar haber en los tiempos compuestos. En español el participio termina en -ado o -ido.

En este ejemplo el pretérito perfecto del indicativo lo utilizamos para expresar una acción pasada pero cercana al momento en que se habla:

He visto el peatón.

También el participio funciona como adjetivo:

La película es muy aburrida.

 

domingo, 7 de junio de 2026

Fragmentos de La traducción de Pablo de Santis, capítulos II y IX

  II  

El gerente dudó unos segundos, amagó una negativa, y finalmente tomó un manojo de llaves. Ana y Rauach desaparecieron en el ascensor.

    Subí las escaleras. El primer piso estaba desierto; en el segundo encontré a Ana, que caminaba perdida. Con las dos manos se apretaba la boca del estómago.

    Rauach, el gerente del hotel, cerró la puerta de la habitación. Sacó un pañuelo del bolsillo y limpió los números dorados, tres-uno-seis, hasta hacerlos brillar. Solo reaccionó cuando le toqué el hombro. No dijo nada, pero despertó.

    -Voy a llamar al comisario.

    Khun era un buen anfitrión; esperó que casi todos hubieran terminado de comer para dar la noticia: Rina Agri está muerta. Después de un profundo silencio, todo el mundo empezó a preguntar a la vez. Khun contestó, a medida que respondía, él perdía sus energías y también los demás; cada pregunta agotaba poco a poco el tema, pero también la animación.

    Guimar llegó como un personaje nuevo incluido en una comedia para animar un cuarto acto que agoniza. Dejó su impermeable sobre uno de los sillones. Miró hacia todos lados con reprensión; no hubo nadie que no sintiera algo de culpa por las molestias que causábamos al pacífico pueblo y a su pacífico comisario.

-¿Dónde está?- preguntó.

-En el 316. Lo acompaño- dijo Rauach.

Durante diez minutos, los traductores hablamos de Rina Agri. Hablamos, todavía en presente, como si no se hubiera ido del todo, como si estuviera haciendo las valijas y fuera una falta de tacto condenarla al pasado. Después de todo, había dos platos de más en la mesa, que nadie había tocado...

        

                                                                           IX

    En la planta baja había varias habitaciones destinadas a la numerosa servidumbre que el hotel jamás llegó a albergar. En uno de esos cuartos, el 77, ubicaron el cuerpo de Valner, sobre un colchón sin sábanas, envuelto en nylon. En una mirada fugaz alcancé a ver el cuarto estrecho, apenas iluminado por una lamparita de poco voltaje, las paredes desnudas, el cuerpo demasiado grande para la cama angosta, con un brazo caído y chorreando agua por el piso.

    El gerente del hotel, Rauach,  al que yo no había visto hasta entonces, apareció vestido de saco y corbata y con un ánimo en el que mezclaban la voluntad de poner orden y la desesperación. En medio de la noche recorría el hotel dando órdenes y proclamando su inocencia.

    -El hotel no tiene ninguna responsabilidad. Los pasajeros habían sido advertidos sobre los peligros de pasar al otro lado.

    Dos policías llegaron en un jeep; uno era el comisario de Puerto Esfinge, Guimar, el otro un sargento gordo de movimientos lentos. El sargento tuvo que hacer de fotógrafo antes de que sacaran el cuerpo del agua. Lo miré trabajar; era evidente que no estaba habituado a tratar con muertos. Sacaba las fotos a la mayor distancia posible.

    -Acérquese, hombre -ordenó Guimar en voz baja-. Quiero al muerto, no al paisaje.

    Todos los invitados al congreso estábamos en el bar del hotel, espectadores de un drama del cual los otros -Rauach, el comisario, el médico al que habían despertado en mitad de la noche para firmar el certificado de defunción- eran protagonistas. Conscientes de su rol, hablaban en voz demasiado alta, pero a la vez del modo más confidencial posible, con medias palabras y sobrentendidos.

    -Quiero una lista con los nombres y los domicilios de los pasajeros -ordenó el comisario al conserje-.¿Quién encontró el cuerpo?

                                                         Fragmentos de La traducción de Pablo De Santis

Actividades

1. Ubica los grandes momentos del texto narrativo.

2. Justifica por qué este fragmento pertenence al género policial.

3. Grafopeya y etopeya del gerente del hotel.

4. Identifica formas no personales del verbo.

5. Estudia la información que brinda el morfema flexivo de los verbos subrayados.

    


martes, 5 de mayo de 2026

Morfología

 La morfología es la parte de la gramática que estudia la estructura interna de las palabras; o sea, se ocupa de identificar los distintos segmentos que las conforman así como de establecer la manera que se combinan esos segmentos.

Los segmentos que pueden identificarse en interior de las palabras se denominan morfemas y constituyen las unidades mínimas del análisis morfológico.

La raíz o morfema base es el morfema que aporta a la palabra el significado léxico o conceptual. Se denominan lexemas.

Los morfemas flexivos, son los segmentos que brindan información gramatical, en el caso que estudiaremos serán número y género.

letras

juguetes

veneno

Los afijos derivativos son segmentos morfológicos que a diferencia de los flexivos, tienen información léxica y contribuyen en la formación de nuevas palabras.

Puede ubicarse antes o después de la base. Se denominan prefijos -antes de la base- y sufijos -después de la base-

inútiles

monstruoso






domingo, 26 de abril de 2026

Encuentro con el verdugo de Pablo de Santis

 Tuve que viajar por motivos de trabajo a una ciudad del norte. Llegué a la caída del sol y caminé en busca de alojamiento. En todas partes me decían lo mismo: no había lugar para mí. Entré en la calle más angosta y oscura, confiado en que nadie más que yo buscaría una habitación entre aquellas paredes. La dueña de una de aquellas cuevas miró con su único ojo mis monedas y aceptó darme una habitación. El precio fue alto./ 



 -El único inconveniente es que tiene que compartirla./ No me importó: Había dormido con las peores compañías. Me tendí en un catre de madera, junto a la ventana. En el fondo de la habitación, en una cama de madera, alguien dormía./ 

 Al despertar encontré, al pie del catre, a un hombre gigantesco. Había empezado a hablar antes que abriera los ojos./ 

 -Los dos somos forasteros. Este no es un buen sitio para forasteros./ Me contó el largo viaje que los había llevado hasta allí. Lo escuché con paciencia. Después de su relato dijo: -No sabés quién soy, sino no hubieras hablado conmigo. Soy el verdugo./ 

 Esperaba que me alejara de un salto./ -Un oficio como cualquiera-dije./

 El extraño y sombrío hombre buscó entre sus cosas una varilla de madera, atada a una correa de cuero./

 -Cuando voy al mercado tengo que señalar los alimentos con esta vara. Nadie quiere comer una manzana que ha sido tocada por la mano del verdugo./ 

 -Veo que es un pueblo de gente ignorante y supersticiosa- dije con desgano./ 

 -Vienes de afuera y dices de no creer en estas cosas. ¿Pero acaso serías capaz de darme la mano?/

 Me tendió una enorme mano roja, llena de cicatrices: heridas y marcas dibujadas por el roce de las sogas y el filo de las hachas./ 

 Apreté su mano, menos fría que la mía./ 

 -Es la primera vez que alguien le tiende la mano al verdugo. ¿Quién eres, que no le tienes miedo a nada?/ 

 -Soy el nuevo verdugo- respondí-. He venido a reemplazarte./ 

 Pablo De Santis. Cuento publicado en el libro Rey secreto, Editorial Colihue. (2005).

jueves, 16 de abril de 2026

La pieza ausente de Pablo de Santis

 Comencé a coleccionar rompecabezas cuando tenía quince años. Hoy no hay nadie en esta ciudad -dicen- más hábil que yo para armar esos juegos que exigen paciencia y obsesión. 

 Cuando leí en el diario que habían asesinado a Nicolás Fabbri, adiviné que pronto sería llamado a declarar. Fabbri era el director del Museo del Rompecabezas.
Tuve razón: a las doce de la noche la llamada de un policía me citó al amanecer en las puertas del museo. Me recibió un detective alto, que me tendió la mano distraídamente mientras decía su nombre en voz baja -Laínez- como si pronunciara una mala palabra.
 Le pregunté por la causa de la muerte: "Veneno"- dijo entre dientes. Me llevó hasta la sala central del museo, donde está el rompecabezas que representa el plano de la ciudad, con dibujos de edificios y monumentos. 
Mil veces había visto ese rompecabezas: nunca dejaba de maravillarme. Era tan complicado que parecía siempre nuevo, como si, a medida que la ciudad cambiaba, manos secretas alteraban sus innumerables fragmentos. Noté que faltaba una pieza. Laínez buscó en su bolsillo. Sacó un pañuelo, un cortaplumas, un dado, y al final apareció la pieza. "Aquí la tiene". 
Encontramos a Fabbri muerto sobre el rompecabezas. Antes de morir arrancó esta pieza. Pensamos que quiso dejarnos una señal. Miré la pieza. En ella se dibujaba el edificio de una biblioteca, sobre una calle angosta. Se leía en letras diminutas Pasaje la Piedad. -
Sabremos que Fabbri tenía enemigos-dijo Laínez. Coleccionistas resentidos, como Santandrea, varios contrabandistas de rompecabezas, hasta un ingeniero loco, constructor de juguetes, con el que se peleó una vez. 
-Troyes-dije. Lo recuerdo bien. -También está Montaldo, el vicedirector del museo, que quería ascender a toda costa. ¿Relaciona a alguno con esa pieza?
 Dije que no. ¿Ve la B mayúscula, de Biblioteca? Detuvimos a Benveniste, el anticuario, pero tenía una buena coartada. También combinamos las letras de la Piedad buscando anagramas. Fue inútil. Por eso pensé en usted. 
 Miré el tablero: muchas veces había sentido vértigo ante lo minucioso de esa pasión, pero por primera vez sentí el peso de todas las horas inútiles. El gigantesco rompecabezas era un monstruoso espejo en el que ahora me obligaban a reflejarme. Solo los hombres incompletos podíamos entregarnos a aquella locura. Encontré (sin buscarla, sin interesarme) la solución. -Llega un momento en el que los coleccionistas ya no vemos las piezas. Jugamos en realidad con huecos, con espacios vacíos. 
No se preocupe por las inscripciones en la pieza que Fabbri arrancó: mire mejor la forma del hueco. Laínez miró el punto vacío en la ciudad parcelada: leyó entonces la forma de una M. Montaldo fue arrestado de inmediato.
 Desde entonces, cada mes me envía por correo un pequeño rompecabezas que fabrica en la prisión de madera y cartones. Siempre descubro, al terminar de armarlos, la forma de una pieza ausente, y leo en el hueco la inicial de mi nombre.


 Actividad final para afianzar secuencia Lectura del texto La pieza ausente. 
Repaso de las características del género policial. I Ficha del texto: género de texto, autor, personajes, tipo de narrador, pistas sobre el asesinato, causa de muerte, víctima, sospechosos, investigadores, cargo de la víctima, profesión del narrador, qué decía la pieza ausente, nombre del asesino, qué le envía Montaldo desde la cárcel. 
Preguntas: a)¿Por qué crees que el protagonista es llamado para ayudar a resolver el asesinato en el museo?
 b)¿Qué simbolismo crees que tiene el rompecabezas en relación con la vida del protagonista? 
c)¿Cómo crees que el protagonista se siente al encontrar la solución al crimen? 
d)¿Qué te dice el hecho de que Montaldo envíe rompecabezas desde la prisión al narrador? e)Escribe un nuevo relato con los mismos personajes, cambia profesiones y causa de muerte, víctima y victimarios. 
 Morfología

viernes, 3 de abril de 2026

Mis 72 días en la montaña y mi largo a casa.

 

Durante las primeras horas no había nada, ni miedo ni tristeza, ni la sensación de que pasaba el tiempo, ni tampoco pensamientos ni recuerdos, tan sólo un silencio negro y perfecto. Entonces se hizo la luz, un haz fino y gris de luz solar, y salí de las tinieblas como un buceador que nada lentamente hacia la superficie. La consciencia fue fluyendo por mi cerebro como si fuera una lenta hemorragia y me desperté, con gran dificultad, en un mundo sombrío a medio camino entre el ensueño y la realidad. Oí voces y noté movimiento a mi alrededor, pero tenía la mente confusa y la vista borrosa. Mientras miraba fijamente esas vagas formas desdibujadas, vi que algunas de las sombras se movían y finalmente me di cuenta de que una de ellas se inclinaba sobre mí. —Nando, ¿puedes oírme? ¿Me oyes? ¿Estás bien? La sombra se acercó más a mí y, al observarla minuciosamente en silencio, se recompuso una cara humana. Vi un mechón enredado de pelo negro sobre unos ojos marrón oscuro. En esos ojos había amabilidad —esa persona me conocía—, pero detrás de la amabilidad había algo más, atrocidad, dureza, una sensación de desesperación contenida. —Vamos, Nando, ¡despierta! «¿Por qué tengo tanto frío? ¿Por qué me duele tanto la cabeza?». Intenté desesperadamente expresar en voz alta estos pensamientos, pero mis labios no podían articular las palabras y el esfuerzo agotó rápidamente mis energías. Cerré los ojos y me dejé arrastrar de nuevo hacia la oscuridad. Sin embargo, pronto oí más voces y, al abrir los ojos, vi que a mi alrededor flotaban más caras. —¿Está despierto? ¿Puede oírte? —¡Nando, di algo! —No te rindas, Nando, estamos contigo. ¡Despierta! Intenté hablar de nuevo, pero todo lo que me salió fue un ronco susurro. Entonces alguien se inclinó hacia mí y me habló al oído en voz baja. —Nando, ¡el avión se estrelló! ¡Caímos en las montañas! Nos estrellamos. ¿Me entiendes, Nando? No. Entendía que, por la calmada premura con la que pronunciaba esas palabras, ésa era una noticia sumamente importante. Pero no podía desentrañar su significado, ni comprender que tuviera algo que ver conmigo. La realidad parecía distante y confusa, como si estuviera atrapado en un sueño y no pudiera obligar me a despertar.

Vagué en esta confusión durante horas, pero al final mis sentidos empezaron a ver la luz y pude examinar lo que había a mi alrededor. Desde mis primeros y confusos momentos de consciencia me desconcertó ver una hilera de luces circulares que flotaban por encima de mí. Ahora me daba cuenta de que esas luces eran las redondeadas ventanillas de un avión. Entendí que estaba tumbado en el suelo de la cabina de pasajeros de un avión comercial, pero, cuando miré hacia la cabina del piloto, vi que nada en ese avión parecía normal. El fuselaje se había volcado hacia un lado, de forma que mi espalda y mi cabeza reposaban en la parte inferior de la pared del lado derecho del avión, mientras que tenía las piernas estiradas hacia el pasillo, que estaba inclinado hacia arriba. Faltaban la mayoría de los asientos del avión. Del destartalado techo pendían cables y tubos, y las válvulas de aislamiento rotas colgaban como trapos mugrientos de los agujeros que se habían abierto en las paredes destrozadas. A mi alrededor, el suelo estaba salpicado de trozos de plástico desmenuzado, fragmentos retorcidos de metal y otros restos sueltos. Era de día. El aire era gélido e, incluso en mi estado de aturdimiento, la crudeza del frío me sorprendió. Había vivido siempre en Uruguay, un país cálido en el que incluso los inviernos son suaves. La única vez que había conocido realmente el frío fue cuando tenía dieciséis años y me fui a vivir a Saginaw, en Michigan, como estudiante de intercambio. No me había llevado ropa de abrigo y recuerdo la primera vez que experimenté una auténtica ola de frío polar de la zona central de Estados Unidos: el viento me clavaba sus garras a través de la fina chaqueta de verano y los pies se me congelaban en los ligeros mocasines. Pero nunca me había imaginado nada igual a las gélidas ráfagas de viento que soplaban a través del fuselaje. Ese frío brutal que calaba hasta los huesos me escaldaba la piel como si fuera ácido. Sentía el dolor en cada célula del cuerpo y, mientras temblaba espasmódicamente dominado por él, cada momento parecía durar una eternidad. Mientras permaneciera en el suelo del avión, a merced de la corriente de aire, no habría forma de entrar en calor. Pero el frío no era lo único que me preocupaba. También sentía un dolor palpitante en la cabeza, una percusión tan aguda e intensa que parecía que hubiera un animal salvaje atrapado en mi cabeza arañándome desesperadamente para salir. Con cuidado me llevé la mano a la coronilla. Noté coágulos de sangre seca enredados en mi pelo y tres heridas sanguinolentas que formaban un triángulo irregular a unos diez centímetros por encima de la oreja derecha. Sentí que algún hueso roto sobresalía bajo la sangre coagulada y, al apretar ligeramente, noté una esponjosa sensación de elasticidad. Se me revolvió el estómago cuando me di cuenta de lo que eso significaba: estaba presionando partes del cráneo hechas añicos contra la superficie del cerebro. Me dio un vuelco el corazón. Me faltaba el aire. Justo cuando iba a entrarme el pánico, v esos ojos marrones encima de mí, y al fin reconocí la cara de mi amigo Roberto Canessa. Práctica Docente. 2025 Liceo: N° 17 “Fco. Acuña de Figueroa” Montevideo Practicante: Brya Avelino Clase: 23/10/2025 Grupo: 8°1 Prof. adscriptora: Gabriela Pombo —¿Qué ha pasado? —le pregunté—. ¿Dónde estamos? Roberto frunció el ceño mientras se inclinaba para examinarme las heridas de la cabeza. Siempre había sido un tipo serio, de carácter fuerte e intenso y, al mirarle a los ojos, vi toda la fortaleza y seguridad en sí mismo que le caracterizaban. Sin embargo, había algo nuevo en su cara, algo sombrío y preocupante que no había visto antes. Se trataba de la mirada perturbada de un hombre que luchaba por creer en lo imposible, de alguien aturdido por una sorpresa que le costaba asumir. —Llevas tres días inconsciente —dijo, sin sentimiento en su voz—. Te habíamos dado por perdido. Estas palabras no tenían sentido. «¿Qué me ha sucedido? —me pregunté—. ¿Por qué hace tanto frío?». —¿Me entiendes, Nando? —dijo Roberto—. Nos hemos estrellado en las montañas. El avión se ha estrellado. Estamos atrapados aquí. Negué ligeramente con la cabeza, confundido, incrédulo, pero no pude evitar durante mucho tiempo lo que sucedía a mi alrededor. Oí quejidos amortiguados y repentinos gritos de dolor, y entonces empecé a entender que estaba oyendo sufrir a otras personas. Vi a los heridos tendidos en camas y hamacas improvisadas por todo el fuselaje y figuras que se inclinaban hacia ellos para ayudarlos, hablando en voz baja mientras iban y venían con tranquilidad por la cabina. Por primera vez me di cuenta de que la parte frontal de mi camisa estaba cubierta de una húmeda capa marrón. Al tocarla con la punta del dedo noté que era pegajosa y estaba coagulada y me di cuenta de que esa triste mancha era mi propia sangre seca. —¿Entiendes, Nando? —volvió a preguntar Roberto—. ¿Te acuerdas de que estábamos en el avión… rumbo a Chile? Cerré los ojos y asentí. Ahora había salido de las tinieblas; mi confusión ya no podía protegerme de la verdad. Lo entendí. Y mientras Roberto me limpiaba con suavidad las manchas de sangre de la cara empecé a recordar.

Parrado, N. (2006). Milagros en los Andes: Mis 72 días en la montaña y mi largo regreso a casa. Editorial Planeta.