Textos
Guardianas ¿Quiénes son?
Si las googleás, a la mayoría de ellas no las encontrarán. Algunas no tienen Facebook ni Twitter, mucho menos Instagram. Y aunque ese dato parezca imposible en estos tiempos, al conocerlas confirmé el porqué de esa decisión.
Por esta razón debo confesar que el relato de parte de sus vidas y prácticas en este libro fue un trabajo que tomé con mucho cuidado, cariño y precaución.
Las Guardianas elegidas aquí son de nacionalidad uruguaya y residentes en nuestro país, la mayoría de ellas con más de cincuenta años de edad y más de veinte de ejercicio de sus oficio, vocación, profesión o carrera.
Están por todo el territorio y también a la vuelta de la esquina. Van a la feria, hacen mandados, son madres, abuelas o vecinas del barrio rural o urbano.
Aunque ninguna de ellas se autodefine como sanadora, la mayoría de las protagonistas de esta historia practican el arte de sanar, aliviar o acompañar desde un lugar no siempre alineado con lo que conocemos como “académico”.
A algunas les cuesta más que a otras llegar a fin de mes, y ninguna vive en la opulencia.
Unas cobran un arancel que podría considerarse elevado por sus prácticas, otras lo hacen más accesible, están aquellas que lo dejan a voluntad del consultante, otras que no perciben ningún intercambio monetario…
Blanca
La charrúa guardiana del cerro Batoví
Es maestra jubilada e instructora de yoga. Fundó Guyunusa, una organización que reúne a descendientes de indígenas, integrantes de Conacha[i], con sede en Tacuarembó.
Fue directora por doce años de la escuela rural No. 31 del cerro Batoví, la misma a la que asistió a su padre, don Argelino, bisnieto del cacique Sepé.
Le imprimió a su práctica docente una relación permanente con el medioambiente. Fue una de las primeras asistentes a los Encuentros de Yuyeras pertenecientes a la Red de Plantas Medicinales de América del Sur.
Supo regar sus plantas a varios kilómetros de distancia. Hoy recibe información, que considera sagrada, de maestros de una Asociación Espirita Kardeciana a la que pertenece. Cuando, en Montevideo, acompaña a su hija a la feria del Parque Rodó, le dice. “¡Paula! ¡Hoy se juntó todito de charrúas por acá!”.
Mientras proyecta construir una escuela charrúa en Tacuarembó, reflexiona sobre las consecuencias de seguir repitiendo que los uruguayos somos descendientes de los que bajaron de los barcos. “¡Si los que bajaron de los barcos comieron nuestra tierra!, si por lo menos ahora la estuvieran cuidando… ¡Transformaron el tapiz vegetal, quitaron el monte nativo y nos llenaron de árboles exóticos”!
Las otras: Vilma, una almacenera cura empachos de San José; Ana Lucía, de las Sierras de Rocha; Ana, la guardiana del río Queguay; Nelly, la poeta yuyera de Villa Rodríguez; Delfa, guardiana de lunas de Sarandí Yi; Ñerumi, mujer medicina; Mariana, una deshechicera de la voz a orillas del Tarariras; Olibia, una misionera de Shangrilá, Carmen, el sueño potente del Cerro de los Burros; Isabel, la curandera criolla del Barrio Sur; Andrea, la brujita de Playa Verde; Florencia, una santiguadora mercedaria en Montevideo y Myriam, la que adivina desde el corazón de Punta Carretas.
[i] Consejo de la Nación Charrúa.
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Resumen editorial Las Guardianas de Emilia Díaz
Las Guardianas son mujeres comunes con historias excepcionales. También son mujeres excepcionales con historias comunes. Inquietas, sabias y vehementes. Con credos variados y sin ellos, atesoran un saber en torno al bienestar social y natural. Son portadoras de un don, aunque algunas lo nieguen.
Con algunas debimos hacer de tripa corazón para obtener una foto. Con otras tuvimos que hablar de muchas otras cosas antes que de ellas mismas. En muchas oportunidades no supimos cuándo empezó nuestro encuentro ni cuándo terminó. Muchas, la mayoría, nos generaron un efecto hipnótico que hizo que perdiéramos la noción del tiempo y el espacio.
Este libro persigue un final: dar voz a guardianas de saberes heredados, soñados, intuidos, estudiados, producidos y compartidos en Uruguay. Saberes que no necesitan togas ni aplausos; que se multiplican anclados a un territorio, a la naturaleza y a su gente.
Guardianas es un grito, un llamado a despertar el valor de lo comunitario y la memoria de nuestras raíces. -en un mundo que hoy pretende normalizar distanciamientos, las Guardianas nos invitan a recuperar el poder sanador de los encuentros.
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BLANCA
UNA GUARDIANA CHARRÚA EN EL CERRO BATOVÍ
“Mientras siga la mentalidad que sostiene que nosotros solo venimos de los barcos… que esta tierra no era de nadie… ¡Uf! ¡Si los que bajaron de los barcos se comieron nuestra tierra!” Blanca Rodríguez, octubre 2018.
Don Argelino, tataranieto del cacique Sepé, con achaques de salud se subió aquella mañana al Austin de no muy buena gana. Se sentía frágil y su paciencia escaseaba para los viajes que, aunque cortos, como estaba previsto que iba a ser este, le exigían a su cuerpo más de lo que se podía soportar. La sonrisa y el brazo contenedor de su hija Blanca lo ayudaron con el desafío de emprender el recorrido.
Eran los años noventa, Tacuarembó quedaba a la misma distancia de siempre del cerro Batoví, unos escasos veinte kilómetros. Los caminos no cambian, lo que cambia es cómo unxs los recorre, y ese trayecto sería uno que quedaría grabado a fuego en la memoria de una joven Blanca que, con treinta años, era ya maestra rural y madre.
Fue en un repechito que don Argelino, por primera vez, le contó a su hija la otra historia del Salsipuedes, nunca la había oído de los labios de su padre. A la velocidad de un motor envejecido pero fuerte, de maquinaria autóctona -no como aquel Austin-, padre e hija pondrían voz al silencio cargado de sentido sospechado por ella desde siempre.
La punta de lanza que guardaba su abuela Juana en un galpón, desde los “años de silencio y de terror”, cobró vida. Como en un pase mágico, aquel giro de chotis, que una vez le enseño a esa nieta, hilvanó toditos los relatos sepultados por el miedo.
Su vida no cambió para siempre desde aquella cuesta, pero sí tuvo otro sentido, para ella y su descendencia.
Tacuarembó nos recibía una noche de primavera. Un viaje en ruta recta y en ómnibus colmado atravesó un bosque oscuro con presencias nunca advertidas, ni siquiera imaginadas, por nuestros sentidos.
Hasta allí llegamos con Blanca Rodríguez, maestra rural de ascendencia charrúa que fue directora de la escuela No. 31 hasta que los pinos la echaron.
La agitación provocada por aquel repecho hizo que Blanca, como buena maestra acostumbrada a viajar con niñxs por todo Uruguay, sacara de su bolso un termo de agua fresca. Mientras nos hidratábamos con ritmo ceremonial dijo con voz inspirada.
-Son incalculables los mensajes que podemos llegar a recibir, cerrá los ojos y dejá que llegue, en ideas, en imágenes, en colores, en sonidos… en algo que sueña de adentro.
-Mirá los espíritus guardianes. Blanca Lila soy- aclaraba más tarde.
Empezó por su nombre, o su nombre empezó por ella. Su abuela paterna había pedido que llevara el nombre de una tía que había muerto de niña. Doña Juana había dejado esta tierra a los ochenta y tres años, y había parido catorce hijos.
-Salía de la chacra y venía a parir. Tenía una fortaleza moral y espiritual asombrosa. Desfilaron las muertes de sus hijos frente a sus ojos, perdió dos jóvenes, que fallecieron de peritonitis; luego, una niña de nueve años, Blanca Lila, por lo que yo llevo su nombre…
Aprendió desde muy pequeña los usos de la manzanilla para calmar los nervios; el té de hoja de pitanga o de arrayán para cuadros digestivos, y la hoja de tangerino en el baño de los bebés para que descansaran mejor…
Presentarle el bebé recién nacido a la luna era una tradición charrúa que Blanca supo realizar con varios niños. También sabía rezar una oración transmitida por un tataranieto el cacique Sepé para quemaduras, con un resultado sorprendente.
-Son cosas que se han perdido. Por el lado de mi madre tengo una raíz bien charrúa y bien cerquita porque mi abuela Pascuala era una sanadora charrúa, de esas bien sanadoras. Era vidente, pero no como ser vidente ahora, que es un chamuyo muchas veces. Mamá me contaba que la abuela era bien sabia, ¡muy sabia!, era de las que curaba con yuyos…
Abría con su voz la brisa y el pretencioso verde importado que daba marco a nuestro encuentro en aquella cima del Batoví. Relataba con perspectiva histórica y filosófica, pintando todo el contexto de la escena. Levantaba imágenes como una experta cuentista y caímos en el hechizo encantadas, sin pestañear.
Le pregunté de dónde venía aquello que había mencionado: “espíritus guardianes”, pero no respondió. Siguió concentrada mirando el valle a nuestros pies. Un viento molesto se interpuso con ráfagas sordas el clima del diálogo.
-Mirá … este vientito. Este es un vientito de ese tipo, un viento guardián.
El legado de aquellas “chinitas” que gritaban
Don Argelino, su padre, nunca se había declarado públicamente charrúa hasta la llegada de la Dra. Nora Fernández de Acosta y Lara.
-empezó a remover lugares y sabía que acá en Tacuarembó hay más del sesenta por ciento de la población de origen indígena. Contrató con mi papá y ahí fue cuando papá se declaró charrúa y contó.
No llegó nunca a contarle a Nora lo de Salsipuedes, pero habló de su ascendencia. Blanca venía de las hijas mujeres de Sepé, que eran dos.
-Le decían “esas chinitas”. Una fue a parar a una estancia y la segunda a una estancia vecina como esclavas. Salía una de ellas a la tranquera y gritaba desde allí a su hermana, que salía también. No tenía hora de reloj, tenía la hora del reloj de ozono, le contestaba en la tranquera de la otra estancia. Gritaban así… eso del grito charrúa. Impresionante… desesperadas por tratar de salir y liberarse- recordaba.
De una de esas niñas, entregadas como esclavas en esas estancias, nació su tatarabuelo, al que le decían el “abuelo Cándido, el charrúa”.
Después de Salsipuedes, un 11 de abril de 1831, el viaje de los sobrevivientes hasta Montevideo se hizo caminando. Los vencedores iban “repartiendo” indígenas por el camino.
- ¿El teniente tal quiere una chinita así? Bueno te la paso así”. Está todo documentado, ahora salió todo a la luz. Hasta que llegan finalmente a Montevideo, por eso hay una gran cantidad de charrúas en Montevideo, porque allí fue el contingente más grande.
Los silenció el racismo y una discriminación que no solo recaía sobre ellxs. Blanca señalaba que la raza negra vivió lo mismo.
-Tremenda inteligencia y sin oportunidades, pero con los indios era peor esa discriminación… Hasta el día de hoy sigue.
Ya lo sabía el cacique Sepé, que era muy desconfiado. En la segunda mitad del s. XIX solo creyó en Oribe, que logró entrar en su campamento sin armas.
-Para Sepé fue lo máximo ver gente cruzar a un campamento charrúa sin armas. Oribe le prometió que cuando llegara al gobierno lo iba a tener muy en cuenta, que después no se dio porque las guerras internas no lo permitieron.
El dolor ancestral teñía la mirada de Blanca mientras relataba, uno provocado por la represión que vivieron sus ancestros.
-De haberle quitado a su familia, de haber roto lazos familiares, arrancado de los brazos de sus madres a los hijos, separar de la lengua. Pero lo peor que llegaron a hacer fue enganchar al indio con el alcohol, de esta manera perdían el rumbo y se podía hacer con ellos lo que se quisiera. Así lo mataron a Sepé, envenenado con la bebida. Esa tierra es de Sepé -decía señalando el llano y perdiendo en el horizonte su mirada.
Uruguay: un país sin indios, lo que escuchamos siempre. Su rebeldía se asomaba en el relato como una olla a punto de hervir.
-Que me perdonen los que dicen que vinimos de los barcos, perfecto, también algún antepasado mío vino de los barcos. Pero yo tengo mucha gente en mi pasado que fueron los que se bancaron Salsipuedes y se bancaron todo lo demás. Y tengo una rica tradición oral, sumamente sagrada, que transmitió ese episodio, que no puede ser más horripilante de lo que fue.
El silencio transgeneracional -provocado por la vergüenza, el miedo y la exclusión- explotaba como fuego en su mirada.
-Yo conocía una historia contada, escrita por el vencedor. Pero esa venía de la raíz del vencido, transmitida en los secretos de la transmisión oral, porque tenía que mimetizarte con el gaucho y las chinas para que no te descubrieran.
Fragmento de Las guardianas de Emilia Díaz
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