viernes, 7 de agosto de 2026

Leyenda de los ojos verdes de G. A. Bécquer

 Hace mucho tiempo que tenía ganas de escribir cualquier cosa con este título. Hoy, que se me ha presentado ocasión, lo he puesto con letras grandes en la primera cuartilla de papel, y luego he dejado a capricho volar la pluma.

Yo creo que he visto unos ojos como los que he pintado en esta leyenda. No sé si en sueños, pero yo los he visto. De seguro no los podré describir tal cuales ellos eran: luminosos, transparentes como las gotas de la lluvia que se resbalan sobre las hojas de los árboles después de una tempestad de verano. De todos modos, cuento con la imaginación de mis lectores para hacerme comprender en este que pudiéramos llamar boceto de un cuadro que pintaré algún día.

I

—Herido va el ciervo..., herido va... no hay duda. Se ve el rastro de la sangre entre las zarzas del monte, y al saltar uno de esos lentiscos han flaqueado sus piernas... Nuestro joven señor comienza por donde otros acaban... En cuarenta años de montero no he visto mejor golpe... Pero, ¡por San Saturio, patrón de Soria!, cortadle el paso por esas carrascas, azuzad los perros, soplad en esas trompas hasta echar los hígados, y hundid a los corceles una cuarta de hierro en los ijares: ¿no veis que se dirige hacia la fuente de los Álamos y si la salva antes de morir podemos darlo por perdido?

Las cuencas del Moncayo repitieron de eco en eco el bramido de las trompas, el latir de la jauría desencadenada, y las voces de los pajes resonaron con nueva furia, y el confuso tropel de hombres, caballos y perros, se dirigió al punto que Iñigo, el montero mayor de los marqueses de Almenar, señalara como el más a propósito para cortarle el paso a la res.

Pero todo fue inútil. Cuando el más ágil de los lebreles llegó a las carrascas, jadeante y cubiertas las fauces de espuma, ya el ciervo, rápido como una saeta, las había salvado de un solo brinco, perdiéndose entre los matorrales de una trocha que conducía a la fuente.

—¡Alto!... ¡Alto todo el mundo! —gritó Iñigo entonces—. Estaba de Dios que había de marcharse.

Y la cabalgata se detuvo, y enmudecieron las trompas, y los lebreles dejaron refunfuñando la pista a la voz de los cazadores.

En aquel momento, se reunía a la comitiva el héroe de la fiesta, Fernando de Argensola, el primogénito de Almenar.

—¿Qué haces? —exclamó, dirigiéndose a su montero, y en tanto, ya se pintaba el asombro en sus facciones, ya ardía la cólera en sus ojos—. ¿Qué haces, imbécil? Ves que la pieza está herida, que es la primera que cae por mi mano, y abandonas el rastro y la dejas perder para que vaya a morir en el fondo del bosque. ¿Crees acaso que he venido a matar ciervos para festines de lobos?

—Señor —murmuró Iñigo entre dientes—, es imposible pasar de este punto.

—¡Imposible! ¿Y por qué?

—Porque esa trocha —prosiguió el montero— conduce a la fuente de los Álamos: la fuente de los Álamos, en cuyas aguas habita un espíritu del mal. El que osa enturbiar su corriente paga caro su atrevimiento. Ya la res, habrá salvado sus márgenes. ¿Cómo la salvaréis vos sin atraer sobre vuestra cabeza alguna calamidad horrible? Los cazadores somos reyes del Moncayo, pero reyes que pagan un tributo. Fiera que se refugia en esta fuente misteriosa, pieza perdida.

—¡Pieza perdida! Primero perderé yo el señorío de mis padres, y primero perderé el ánima en manos de Satanás, que permitir que se me escape ese ciervo, el único que ha herido mi venablo, la primicia de mis excursiones de cazador... ¿Lo ves?... ¿Lo ves?... Aún se distingue a intervalos desde aquí; las piernas le fallan, su carrera se acorta; déjame..., déjame; suelta esa brida o te revuelvo en el polvo... ¿Quién sabe si no le daré lugar para que llegue a la fuente? Y si llegase, al diablo ella, su limpidez y sus habitadores. ¡Sus, Relámpago!; ¡sus, caballo mío! Si lo alcanzas, mando engarzar los diamantes de mi joyel en tu serreta de oro.

Caballo y jinete partieron como un huracán. Iñigo los siguió con la vista hasta que se perdieron en la maleza; después volvió los ojos en derredor suyo; todos, como él, permanecían inmóviles y consternados.

El montero exclamó al fin:

—Señores, vosotros lo habéis visto; me he expuesto a morir entre los pies de su caballo por detenerlo. Yo he cumplido con mi deber. Con el diablo no sirven valentías. Hasta aquí llega el montero con su ballesta; de aquí en adelante, que pruebe a pasar el capellán con su hisopo.

II

—Tenéis la color quebrada; andáis mustio y sombrío. ¿Qué os sucede? Desde el día, que yo siempre tendré por funesto, en que llegasteis a la fuente de los Álamos, en pos de la res herida, diríase que una mala bruja os ha encanijado con sus hechizos. Ya no vais a los montes precedido de la ruidosa jauría, ni el clamor de vuestras trompas despierta sus ecos. Sólo con esas cavilaciones que os persiguen, todas las mañanas tomáis la ballesta para enderezaros a la espesura y permanecer en ella hasta que el sol se esconde. Y cuando la noche oscurece y volvéis pálido y fatigado al castillo, en balde busco en la bandolera los despojos de la caza. ¿Qué os ocupa tan largas horas lejos de los que más os quieren?

Mientras Iñigo hablaba, Fernando, absorto en sus ideas, sacaba maquinalmente astillas de su escaño de ébano con un cuchillo de monte.

Después de un largo silencio, que sólo interrumpía el chirrido de la hoja al resbalar sobre la pulimentada madera, el joven exclamó, dirigiéndose a su servidor, como si no hubiera escuchado una sola de sus palabras:

—Iñigo, tú que eres viejo, tú que conoces las guaridas del Moncayo, que has vivido en sus faldas persiguiendo a las fieras, y en tus errantes excursiones de cazador subiste más de una vez a su cumbre, dime: ¿has encontrado, por acaso, una mujer que vive entre sus rocas?

—¡Una mujer! —exclamó el montero con asombro y mirándole de hito en hito.

—Sí —dijo el joven—, es una cosa extraña lo que me sucede, muy extraña... Creí poder guardar ese secreto eternamente, pero ya no es posible; rebosa en mi corazón y asoma a mi semblante. Voy, pues, a revelártelo... Tú me ayudarás a desvanecer el misterio que envuelve a esa criatura que, al parecer, sólo para mí existe, pues nadie la conoce, ni la ha visto, ni puede dame razón de ella.

El montero, sin despegar los labios, arrastró su banquillo hasta colocarse junto al escaño de su señor, del que no apartaba un punto los espantados ojos... Este, después de coordinar sus ideas, prosiguió así:

—Desde el día en que, a pesar de sus funestas predicciones, llegué a la fuente de los Álamos, y, atravesando sus aguas, recobré el ciervo que vuestra superstición hubiera dejado huir, se llenó mi alma del deseo de soledad.

Tú no conoces aquel sitio. Mira: la fuente brota escondida en el seno de una peña, y cae, resbalándose gota a gota, por entre las verdes y flotantes hojas de las plantas que crecen al borde de su cuna. Aquellas gotas, que al desprenderse brillan como puntos de oro y suenan como las notas de un instrumento, se reúnen entre los céspedes y, susurrando, susurrando, con un ruido semejante al de las abejas que zumban en torno a las flores, se alejan por entre las arenas y forman un cauce, y luchan con los obstáculos que se oponen a su camino, y se repliegan sobre sí mismas, saltan, y huyen, y corren, unas veces, con risas; otras, con suspiros, hasta caer en un lago. En el lago caen con un rumor indescriptible. Lamentos, palabras, nombres, cantares, yo no sé lo que he oído en aquel rumor cuando me he sentado solo y febril sobre el peñasco a cuyos pies saltan las aguas de la fuente misteriosa, Para estancarse en una balsa profunda cuya inmóvil superficie apenas riza el viento de la tarde.

Todo allí es grande. La soledad, con sus mil rumores desconocidos, vive en aquellos lugares y embriaga el espíritu en su inefable melancolía. En las plateadas hojas de los álamos, en los huecos de las peñas, en las ondas del agua, parece que nos hablan los invisibles espíritus de la Naturaleza, que reconocen un hermano en el inmortal espíritu del hombre.

Cuando al despuntar la mañana me veías tomar la ballesta y dirigirme al monte, no fue nunca para perderme entre sus matorrales en pos de la caza, no; iba a sentarme al borde de la fuente, a buscar en sus ondas... no sé qué, ¡una locura! El día en que saltó sobre ella mi Relámpago, creí haber visto brillar en su fondo una cosa extraña.., muy extraña..: los ojos de una mujer.

Tal vez sería un rayo de sol que serpenteó fugitivo entre su espuma; tal vez sería una de esas flores que flotan entre las algas de su seno y cuyos cálices parecen esmeraldas...; no sé; yo creí ver una mirada que se clavó en la mía, una mirada que encendió en mi pecho un deseo absurdo, irrealizable: el de encontrar una persona con unos ojos como aquellos. En su busca fui un día y otro a aquel sitio.

Por último, una tarde... yo me creí juguete de un sueño...; pero no, es verdad; le he hablado ya muchas veces como te hablo a ti ahora...; una tarde encontré sentada en mi puesto, vestida con unas ropas que llegaban hasta las aguas y flotaban sobre su haz, una mujer hermosa sobre toda ponderación. Sus cabellos eran como el oro; sus pestañas brillaban como hilos de luz, y entre las pestañas volteaban inquietas unas pupilas que yo había visto..., sí, porque los ojos de aquella mujer eran los ojos que yo tenía clavados en la mente, unos ojos de un color imposible, unos ojos...

—¡Verdes! —exclamó Iñigo con un acento de profundo terror e incorporándose de un golpe en su asiento.

Fernando lo miró a su vez como asombrado de que concluyese lo que iba a decir, y le preguntó con una mezcla de ansiedad y de alegría:

—¿La conoces?

—¡Oh, no! —dijo el montero—. ¡Líbreme Dios de conocerla! Pero mis padres, al prohibirme llegar hasta estos lugares, me dijeron mil veces que el espíritu, trasgo, demonio o mujer que habita en sus aguas tiene los ojos de ese color. Yo os conjuro por lo que más améis en la tierra a no volver a la fuente de los álamos. Un día u otro os alcanzará su venganza y expiaréis, muriendo, el delito de haber encenagado sus ondas.

—¡Por lo que más amo! —murmuró el joven con una triste sonrisa.

—Sí —prosiguió el anciano—; por vuestros padres, por vuestros deudos, por las lágrimas de la que el Cielo destina para vuestra esposa, por las de un servidor, que os ha visto nacer.

—¿Sabes tú lo que más amo en el mundo? ¿Sabes tú por qué daría yo el amor de mi padre, los besos de la que me dio la vida y todo el cariño que pueden atesorar todas las mujeres de la tierra? Por una mirada, por una sola mirada de esos ojos... ¡Mira cómo podré dejar yo de buscarlos!

Dijo Fernando estas palabras con tal acento, que la lágrima que temblaba en los párpados de Iñigo se resbaló silenciosa por su mejilla, mientras exclamó con acento sombrío:

—¡Cúmplase la voluntad del Cielo!

III

—¿Quién eres tú? ¿Cuál es tu patria? ¿En dónde habitas? Yo vengo un día y otro en tu busca, y ni veo el corcel que te trae a estos lugares ni a los servidores que conducen tu litera. Rompe de una vez el misterioso velo en que te envuelves como en una noche profunda. Yo te amo, y, noble o villana, seré tuyo, tuyo siempre.

El sol había traspuesto la cumbre del monte; las sombras bajaban a grandes pasos por su falda; la brisa gemía entre los álamos de la fuente, y la niebla, elevándose poco a poco de la superficie del lago, comenzaba a envolver las rocas de su margen.

Sobre una de estas rocas, sobre la que parecía próxima a desplomarse en el fondo de las aguas, en cuya superficie se retrataba, temblando, el primogénito Almenar, de rodillas a los pies de su misteriosa amante, procuraba en vano arrancarle el secreto de su existencia.

Ella era hermosa, hermosa y pálida como una estatua de alabastro. Y uno de sus rizos caía sobre sus hombros, deslizándose entre los pliegues del velo como un rayo de sol que atraviesa las nubes, y en el cerco de sus pestañas rubias brillaban sus pupilas como dos esmeraldas sujetas en una joya de oro.

Cuando el joven acabó de hablarle, sus labios se removieron como para pronunciar algunas palabras; pero exhalaron un suspiro, un suspiro débil, doliente, como el de la ligera onda que empuja una brisa al morir entre los juncos.

—¡No me respondes! —exclamó Fernando al ver burlada su esperanza—. ¿Querrás que dé crédito a lo que de ti me han dicho? ¡Oh, no!... Háblame; yo quiero saber si me amas; yo quiero saber si puedo amarte, si eres una mujer...

—O un demonio... ¿Y si lo fuese?

El joven vaciló un instante; un sudor frío corrió por sus miembros; sus pupilas se dilataron al fijarse con más intensidad en las de aquella mujer, y fascinado por su brillo fosfórico, demente casi, exclamó en un arrebato de amor:

—Si lo fueses.:, te amaría..., te amaría como te amo ahora, como es mi destino amarte, hasta más allá de esta vida, si hay algo más de ella.

—Fernando —dijo la hermosa entonces con una voz semejante a una música—, yo te amo más aún que tú me amas; yo, que desciendo hasta un mortal siendo un espíritu puro. No soy una mujer como las que existen en la Tierra; soy una mujer digna de ti, que eres superior a los demás hombres. Yo vivo en el fondo de estas aguas, incorpórea como ellas, fugaz y transparente: hablo con sus rumores y ondulo con sus pliegues. Yo no castigo al que osa turbar la fuente donde moro; antes lo premio con mi amor, como a un mortal superior a las supersticiones del vulgo, como a un amante capaz de comprender mi caso extraño y misterioso.

Mientras ella hablaba así, el joven absorto en la contemplación de su fantástica hermosura, atraído como por una fuerza desconocida, se aproximaba más y más al borde de la roca.

La mujer de los ojos verdes prosiguió así:

—¿Ves, ves el límpido fondo de este lago? ¿Ves esas plantas de largas y verdes hojas que se agitan en su fondo?... Ellas nos darán un lecho de esmeraldas y corales..., y yo..., yo te daré una felicidad sin nombre, esa felicidad que has soñado en tus horas de delirio y que no puede ofrecerte nadie... Ven; la niebla del lago flota sobre nuestras frentes como un pabellón de lino...; las ondas nos llaman con sus voces incomprensibles; el viento empieza entre los álamos sus himnos de amor; ven..., ven.

La noche comenzaba a extender sus sombras; la luna rielaba en la superficie del lago; la niebla se arremolinaba al soplo del aire, y los ojos verdes brillaban en la oscuridad como los fuegos fatuos que corren sobre el haz de las aguas infectas... Ven, ven... Estas palabras zumbaban en los oídos de Fernando como un conjuro. Ven... y la mujer misteriosa lo llamaba al borde del abismo donde estaba suspendida, y parecía ofrecerle un beso..., un beso...

Fernando dio un paso hacía ella..., otro..., y sintió unos brazos delgados y flexibles que se liaban a su cuello, y una sensación fría en sus labios ardorosos, un beso de nieve..., y vaciló..., y perdió pie, y cayó al agua con un rumor sordo y lúgubre.

Las aguas saltaron en chispas de luz y se cerraron sobre su cuerpo, y sus círculos de plata fueron ensanchándose, ensanchándose hasta expirar en las orillas.


Impunidad y luna llena, artículo de opinión.

 Impunidad y luna llena

 El ser humano es el único en el reino de la Creación que trepó las cordilleras, se internó en las profundidades marinas y conquistó el espacio porque su curiosidad lo impulsó, imaginó nuevas vidas y fronteras. Casi siempre necesitó de un medio para alcanzar esos fines. Pero de los muchos transportes creados, el automóvil es el único que siempre es absoluta y totalmente controlado por el ser que lo guía. El avión no puede aterrizar en cualquier parte y no vuela en toda circunstancia. Los sistemas de colectivos tienen rutas fijas y no son sus usuarios quienes los conducen, las motos no son para las familias. Los trenes viajan sobre rieles prefijados y solo van de punto a punto. Las tablas de surf, los planeadores, los globos aerostáticos, las bicicletas, las lanchas o los veleros son muy divertidos, pero tienen grandes restricciones y bien podría decirse que para llegar a su lugar de práctica es imperioso ir en auto. Para nacer, para internarse, para casarse, para bautizar niños, para ir al trabajo o a los colegios se usan transportes sobre ruedas, que también se encargan del último viaje terrenal.

    Los rodados que hoy circulan tienen muchas de las cualidades humanas y son, al mismo tiempo, simétricamente opuestos. El cuerpo humano en sus primeros años de vida no se gasta, pero cambia. El auto se desgasta, pero no cambia. Algunos autos pueden dirigirse a un lugar remoto, recorrer miles de kilómetros sin asistencia alguna y otros necesitan cataplasmas todo el tiempo. Algunos seres humanos no necesitan ni un analgésico y otros se pasan todo el tiempo en talleres médicos.

    Los autos no engordan, pero se achanchan. Los seres humanos toman color expuestos al sol y los autos lo pierden. Los autos nunca duermen, ni sueñan, ni piensan en nada. Sus dolores no los sufren: los comunican, los transfieren. Un reventón, un raspón, un tapizado destruido, le duelen al conductor.

    Los autos nunca escapan, son robados. No traicionan, son abandonados. No contestan. No levantan la voz. No tienen cerebro: tienen conductores. Y el automovilista es un ser mutante. Este hombre/mujer/lobo tan pronto baje de la carroza que conduce como si fuera un energúmeno perderá colmillos y pelambres, recuperará su piel de cordero, será tímido y sufriente. Un flácido Clark Kent retomará su lugar en el enjambre hasta que una nueva aventura motorizada lo reclame. El automovilista puede ser Aladino desde que concretamente, se despega del suelo cuando viaja al comando de su auto. Puede ser Mary Poppins o Peter Pan, Fangio o el Capitán Maravilla.

    Son seres humanos irreconocibles que nunca sienten que tengan algo que ver con todo lo que pasa en el tránsito, que adquieren una peligrosa infalibilidad que les hace suponer que nada puede pasarles a ellos. Por eso, en los países que más han atacado la irresponsabilidad personal, en la publicidad sobre seguridad en el tránsito, jamás exhiben muertes o accidentes: los que deberían asustarse de un insuceso, reaccionan  con una actitud de autodefensa protectora y rechazan la posibilidad de este. Nadie cree ser parte del descalabro ciudadano. Nadie imagina que una frenada aquí puede extender sus consecuencias allá, a mucha distancia incluso hasta el vehículo que transporta sus hijos al colegio.

    Por eso, los que manejan salen de sus autos donde se creyeron invisibles para el resto de sus congéneres y, sin ver lo que los aísla y da impunidad, serán mansos caminantes.

    Hasta la próxima luna llena.

                                                                                            Luis Melnik 

Actividad

1) Piensa y escribe la tesis de este texto.

2) ¿Qué argumentos utiliza para convencernos?

3)¿Qué metáfora encuentras en el título?

4)¿Qué recursos retóricos esgrime en su argumentación?

5) Averigua las estadísticas por muertes en accidentes de tránsito en Uruguay en los últimos dos años.

6)¿Qué medidas tomarías para evitar accidentes de tránsito?

7) Pon ejemplos concretos en los cuales se observe la transgresión de normas de tránsito por parte de conductores y peatones.

8) Diseña un volante para la toma de conciencia de lo mortal que puede ser el tránsito.

9) Estudia sintácticamente las estructuras resaltadas en negrita.

Temas gramaticales: perífrasis verbal, atributo, complemento directo.


Leyenda del caserón de la muerte de Fernán Silva Valdés

 

Leyenda del caserón de la muerta

por Fernán Silva Valdés

 

Confieso que me interesan, que "me tiran" las brujerías, y quisiera creer en ellas más de lo que creo. El vulgo, en general, cree en estas cosas por ignorancia candorosa, y muchas gentes ilustradas creen — o quieren creer — en un sentido superior, de vuelta, por respeto a lo desconocido y más que nada, por la atracción del misterio. Es una manera de sentir la poesía del más allá.

Y bien. Estamos en un establecimiento ganadero, o mejor, en una estancia. Somos un grupo de gente civilizada. Hemos venido a pasar unos días de descanso. A despeinarnos el espíritu, levantándonos temprano, aspirando el gran aire de las cuchillas orientales al galope elástico de nuestros caballos cuarterones . . . "al galopón por los campos sonoros", como dije una vez en una frase concebida sin quererlo, tan de acaballo, que me salió con el ritmo del propio galope del potro.

Esa noche, después de comer, pasamos a la sala a tomar el café y jugar a la baraja. Dios nos cría y nosotros nos juntamos; por eso se forman dos grupos: uno de bridge y otro de truco. Naturalmente que yo estoy en éste. Me he dado el gusto de enseñar el juego del truco a tres amigas.

El partido era de seis. Confieso que jugar a este juego entre hombres, es interesante pero jugarlo con intervención de damas, es encantador. Desde luego que cada chambonada de la compañera, lejos de ser motivo de crítica o de enojo, es motivo de comentarios graciosos y amables.

Bueno, Dieron las doce. Alguien recordó que era la hora clásica de los fantasmas y de las brujas; y como en aquellos pagos queda aún flotando en la noche la cola blanca del misterio, salimos a tomar la luna antes de acostarnos, y entonces yo propuse ir a tomar un poco de misterio. Y fuimos; pero no todos. Nos decidimos cinco solamente. Montamos en un auto y nos dirigimos hacia "El caserón de la muerta".

Quedaba cerca. Era una ruina de piedra. Antiguamente había sido una pulpería clásica. Aún quedaba el arco de entrada y las huellas de la reja de fierro, por donde se atendía desconfiadamente a la brava clientela del vaso de caña o de ginebra.

"El caserón de la muerta" o la "Azotea de piedra", como se le llamó en otro tiempo, tenía su leyenda, que era la siguiente: el pulpero había sido un vasco honrado y laborioso. Su mujer le había dado varias hijas, casi todas rubias, rosadas, y lindas. Una sobre todo (que siempre entre las lindas hay una más linda). Era "la flor del pago". Por ella había siempre una fila de pingos en el palenque jugando a los grillos con las coscojas del freno, mientras sus dueños, en el interior de la pulpería, junto a la reja, se empinaban copas y copas, para matar el tiempo orejeando con los ojos y la mente, el momento de ver a la moza cruzar la trastienda en sus quehaceres domésticos: casera, linda y hacendosa.

Era bravo y duro el vasco, que sino, esa paloma no hubiera estado mucho en el palomar. La grupa de muchos fletes se lustraba sola al influjo del pensamiento de más de un gaucho que amansaba el viril deseo de llevarla en ancas. Pero la cosa no pasaba de ahí ... Hasta que pasó. Muerto el vasco viejo, la familia perdió su guía; las muchachas se volvieron muy alegres; a dos por tres estaban de baile; y en uno de esos bailecitos la paloma voló.

A raíz del episodio, en el pago sacaron estos versos que le oí cantar a un gaucho viejo en una cocina negra, entre el humo de la leña y el sonar del aguacero:

La cortejaba un mozo
Cantor y guitarrero,
Y una noche de luna
Se la llevó en las ancas
—Vidalitay—
De su caballo negro.
La paseó por los campos;
La paseó por las sendas;
De lo felices que eran
—Vidalitay—
Todos se hacían lenguas.
Cuando la vio dormida,
La miró un largo rato
Y se fue y no volvió . ..
Después la hallaron muerta,
Con los ojos abiertos
—Vidalitay—
Y la cara hacia Dios.
Del tal manera el pago
La supo bien llorar,
Que hasta los pajaritos
—Vidalitay—
Dejaron de cantar.
Hoy por allí en la noche
No pasan los viajeros,
Porque anda una "luz mala"
Que se posa en las ancas
—Vidalitay—
De los caballos negros.

Con la desgracia y la vergüenza, aquello siguió barranca abajo. Las otras palomas, como excitadas por el ejemplo, siguieron volando. La casa se hizo célebre, no solo por la alegría de sus moradores sino también por las voces que se empezaron a correr. Se decía que en cada baile, a la media noche aparecía la muchacha muerta bailando con alguno de los concurrentes. Varios afirmaban haberla visto. Y cuando esto sucedía, el que con ella bailaba lo hacía sin darse cuenta, como atontado, tal cual si fuera guiado por las riendas de una fuerza misteriosa. Bailaba como un sonámbulo, y luego, al tiempo, por haber sido, sin saberlo, compañero de la muerta, se moría misteriosamente.

El sebo del misterio y del asombro fue sobando los caireles de las fiestas. Por esta causa los bailes empezaron a ralear sus mozos y las mujeres se quedaron solas, se quedaron solas hasta que se las llevó el Demonio, una a una, como a la hermana aquella, sentadas sobre el poncho de verano puesto sobre las ancas del flete, que el diablo siempre anda bien montado.

Tal era la leyenda respecto al caserón de la muerta. Pues bien: hacia el sitio donde yacía la tapera aludida íbamos esa noche de luna, sedientos de embrujo, silenciosos, andando sobre el ruido suave del auto entre los pastos.

Y nos fuimos acercando. Raúl iba en el volante; a su lado Rosina Caraba, la muchacha más simpática del mundo, alegre, dispuesta, cantora y guitarrera; y atrás mi prima Reina, su marido y yo. Instintivamente, como todo hombre que se aboca a un peligro, llevé la mano al revólver. Entonces Reina, con esa firmeza y ese encanto que le son peculiares, me dijo con tono casi maternal: no seas ridículo, deja el revólver quieto, que si hay fantasmas o algo del otro mundo, no le vas a hacer nada con las balas. Al misterio hay que ir desnudo y valiente pero con respeto. Si tenés miedo reza, pero deja las armas para los fantasmas vivos, que a los muertos ya no hay que matarlos. Las reflexiones de mi prima fueron como un mandato. Ni siquiera me dieron vergüenza. Ella, como siempre, era la más dulce y era la más fuerte.

Raúl detuvo el auto a cincuenta metros, e interrogó:

—Bajamos?

—Acércate más, le respondimos, inquietos y corajudos.

Llegamos a veinte, a diez metros . . . Bajamos del auto. La noche era como de día, o mejor: la noche era como el fantasma del día. El silencio se rayaba de grillos ... Una paloma arrulló su sueño entre las piedras semi caídas de la tapera, entre esas piedras esculpidas de verdín y brotadas de la peculiar "yerba de la piedra". Sentimos sobre nuestras cabezas el abarraco de una lechuza. ¡Jamás hubo abanico que produjera tanto chucho!

Nos acercamos más. Yo, con mi conciencia de hombre, tomé la punta. Tiraba del terror como de un cabo. Mi amor propio masculino le daba silenciosos latigazos al miedo. Y el miedo lerdeaba. Reina me alcanzó como queriéndome amadrinar. Pero en eso, detuvimos !n marcha al unísono, y quedamos arrolladitos de terror, agarrados unos con otros de los brazos como en mutua protección: Una música, oímos una música desentonada, cual desgarrando su melodía entre las piedras ásperas. Una música desflecada como producida por instrumentos desconocidos. Música de "salamanca" o de laguna, cual si llegara a nosotros a través del agua honda de un lago.

Sin cambiar su tono, nos fue envolviendo los sen¡idos con sus serpentinas negras de carnaval de la muerte, y dio vueltas alrededor de nuestras cabezas, y se alejó y vino nuevamente ensordeciéndonos con sus notas secas y amarillas de danza macabra.

—Dios mío, dijo Rosina Caraba tapándose la cara con las manos.

—Dios mío, dijo Reina haciendo la señal de la Cruz; perdónanos Señor si hemos pecado al venir. El miedo había puesto viboritas en todas las nucas.

Y así fuimos reculando, tomados de los brazos, hasta llegar al auto, sin animarnos a darle la espalda al caserón. Entramos al coche y antes de partir miramos otra vez, sin quererlo, como tironeados por algo que nos dominaba. Y sobre una de las paredes sin techo de la ruina, tal cual vestida de neblinas largas y movientes a través de las cuales se veía un cuerpo con luces fosfóricas que se escurrían entre las túnicas, se alzaba la muerta, con la cabeza volcada sobre el pecho y los brazos caídos; pero tan caídos como chorros de agua! Toda ella era como un chorro de agua. Parecía colgada. Parecía una novia ahorcada colgando de la luna.

Dejando el hábito del teléfono celular. Artículo de opinión

 Dejando el hábito del teléfono celular

 

Umberto Eco

Recientemente leí acerca de un servicio no convencional ofrecido en el hotel Byron, un famoso balneario de la Riviera italiana frecuentado por los ricos y famosos.

Los huéspedes tienen a su disposición un psicoterapeuta políglota cuyo objetivo es ayudarles a superar su dependencia de los teléfonos móviles y, si es necesario, del Twitter y todos los demás medios adictivos de comunicación social que han inducido a todo un nuevo nivel de neurosis.

A principios de los años 90, cuando los teléfonos móviles aún no estaban en todas partes, escribí acerca de los “poseedores de teléfonos celulares” —un neologismo que acuñé, emulando a los “portadores de la antorcha”— que trataban de llamar la atención sobre sí mismos en los trenes y en los aeropuertos gritando a voz de cuello sobre el comercio de acciones, préstamos bancarios y otros negocios.

Comenté que su comportamiento era un signo de inferioridad social: quien era verdaderamente poderoso no necesitaba tener teléfonos celulares, ya que tenían 20 secretarios contestando las llamadas; las personas que necesitaban los teléfonos móviles eran los gerentes de nivel medio, que tenían que informar constantemente a sus directores generales, y los dueños de empresas pequeñas que atendían las llamadas de su banco.

Mi evaluación sobre los poseedores de teléfonos tenía que ver más con su estatus social que con su neurosis potencial, porque en ese momento era muy posible que, en privado, estos exhibicionistas dejaran a un lado sus teléfonos y calladamente se dedicaran a sus negocios.

Sin duda, ya no es así. Justo el otro día noté a cinco personas que caminaban a mi lado: dos estaban haciendo llamadas, dos enviando mensajes de texto tan frenéticamente que corrían el riesgo de tropezar y caer, y una mujer caminando con su teléfono en la mano, lista a responder a cualquier tono o timbre que pudiera emitir.

Conozco a un hombre bastante culto y distinguido que se deshizo de su Rolex porque hoy en día, dijo, puede ver la hora con sólo mirar su Blackberry.

Tecnológicamente hablando, es obvio que esto representa un paso adelante —tener pequeños pero potentes computadoras a nuestro alcance en todo momento—, pero también un paso hacia atrás. Después de todo, el reloj de pulsera ofreció a la gente una alternativa a estar sacando constantemente el reloj de bolsillo de su chaleco (o, supongo, caminando con los relojes de caja atados a sus espaldas). Pero mientras el reloj de pulsera liberó nuestras manos, el teléfono inteligente las monopoliza. Mi amigo cambió su Rolex por un dispositivo que tiene una de sus manos constantemente ocupada.

Es como si hubiésemos decidido colectivamente atrofiar uno de nuestros miembros, a pesar de que sabemos que tener dos manos con los pulgares opuestos ha contribuido enormemente a la evolución de nuestra especie.

Y en los días en que la gente utilizaba plumas de ganso para escribir, requería usar una sola mano; pero hoy en día se necesitan dos para escribir en un teclado, por lo que el poseedor de un celular no puede utilizar el teléfono y su computadora al mismo tiempo.

De nuevo, supongo que un adicto al teléfono móvil no tiene necesidad de una computadora (ese objeto ya casi prehistórico) porque puede usar el teléfono para acceder a internet, enviar mensajes de texto y correos electrónicos, y —creo que siguen haciendo eso también— llamar a otra persona.

Por supuesto, y no soy el primero en señalarlo, otra manera de demostrar que la tecnología móvil es a la vez un paso adelante y un paso atrás es que, por mucho que nos conecte virtualmente, también interrumpe el tiempo que dedicamos a estar juntos, frente a frente. La película italiana L’Amore è eterno finchè dura (El amor es eterno mientras dura) ofrece un ejemplo extremo en una escena en la que una joven insiste en responder mensajes urgentes mientras tiene relaciones sexuales.

Una vez concedí una entrevista a una periodista española, una mujer con aire de culta e inteligente que, en su artículo, observó con asombro que nunca había interrumpido nuestra conversación para contestar el teléfono. Y por eso decidió que yo estoy muy bien educado. Tal vez nunca se le ocurrió que había apagado mi celular para evitar interrupciones —o que no tenía un teléfono celular—.

* Novelista y semiólogo italiano

2013 Umberto Eco/L’Espress

Actividades 

a) Busca en el diccionario las palabras que no comprendas. También algún dato de la vida de Umberto Eco.

b)Qué aconteció en el Hotel Byron?

c) ¿Qué recurso retórico está presente allí? Marca el que te parezca correcto.

Cita de autoridad
Comparación
Narración breve

d) Encuentra un argumento a favor y otro en contra del portar celular.

e) ¿Con qué otro objeto compara el celular para afirmar que hemos atrofiado uno de nuestros miembros?

f) ¿Qué otro título le puedes adjudicar a este artículo de opinión?

g) Escribe una conclusión para este texto.

h) Analiza sintácticamente los enunciados subrayados.

  1.  

Enganchados al móvil, artículo de opinión

 Enganchados al móvil. Artículo de opinión de Juan José Mairal 

Publicado por Jacetania Express en GLOBAL, Opinión

¿Quién puede dudar, hoy en día, que todos o una gran mayoría de ciudadanos estamos enganchados al móvil o smartphone? Basta con observar a todo bicho viviente ir por la calle, en el metro, en el autobús, en una cafetería, en un parque, en un cine, en un polideportivo, en un estadio de fútbol,... No hay quien se libre.

Estamos haciendo del móvil nuestro aliado y amigo indispensable y hasta único, a veces, con el que no se puede salir de casa sin su compañía. Alguien dijo que el móvil es el chupete de nuestros tiempos, el juguete de nuestros ratos libres y el confidente de nuestros secretos. También es el causante, cómo no, de varias adicciones modernas. Pasar del uso al abuso es tremendamente fácil. El pasar tanto tiempo enganchados al smartphone hace que quitemos tiempo para estar con nuestros hijos, con nuestros amigos o viceversa, para dialogar, conversar, disfrutar y convivir sin aparatitos, mensajes, whatsapp y emoticono.

Pero, pese a todo lo que digamos, tenemos la batalla perdida; seguimos mirando las pantallitas y haciendo de su uso y abuso de ellas. Es lo que podemos llamar sociedad hiperconectada. El aumento del consumo del móvil es un hecho, una realidad que nos lleva a unas relaciones diferentes entre nosotros. Y lo malo o lo bueno, yo ya no sé, es que no todo tiene arreglo con el móvil o smartphone. Y eso es así.

                                                                                            Juan José Mairal Herreros


 


1) ¿Qué función cumplen los paratextos?

2) Menciona dos argumentos a favor y dos en contra del uso del móvil esgrimidos por el argumentador.

3) Ubica dos ejemplos de lenguaje figurado usado en el texto.

4) ¿Te parece que la ironía esta presente en el texto? Fundamenta tu respuesta con un ejemplo bien fundado.

5) ¿Qué entiendes por "sociedad hiperconectada" a la que se refiere J. José Mairal?

6) Si tuvieras que buscar un sinónimo del nexo extraoracional "Pero", ¿cuál de estos es el correcto?

- Además,

Sin embargo,

O,

7) Escribe un texto argumentativo cuya tesis sea: El uso del celular perjudica la calidad de vida de los adolescentes.

Usa por lo menos dos de los recursos retóricos estudiados en clase  organiza el texto en párrafos.

8) Estudia sintácticamente las siguientes estructuras lingüísticas:

El aumento del consumo del móvil es un hecho...


Todo bicho viviente va con su celular por la calle, en el autobús, en el metro y perdemos tiempo con nuestras familias.