miércoles, 24 de febrero de 2021

Carta o epístola. Módulo introductorio.

Carta III                                    

  Inglaterra, 7 de julio de 17...


Sra. Saville:

Querida hermana: 

                                        Escribo estas pocas líneas con prisa, y para decirte que estoy a salvo y muy adelantado en mi viaje. Esta carta llegará a Inglaterra en un buque mercante que parte dentro de poco de regreso desde Arcángel, más afortunado que yo, que tal vez pasaré muchos años sin ver mi tierra natal. A pesar de eso, mi ánimo se mantiene firme: mis hombres son valerosos y al parecer decididos, sin que parezca impresionarlos los témpanos flotantes que cruzamos continuamente y que son señal de los riesgos que ofrece la zona hacia la cual nos acercamos. Hemos ya alcanzado una latitud muy alta, pero estamos en pleno verano y, aunque no hace tanto calor como en Inglaterra, los vientos del Sur que nos impulsan con rapidez hacia las costas que con tanto ardor deseo tocar, traen un hálito templado, del que no esperaba gozar.

                                    Hasta ahora no nos ha pasado nada digno de contar. Uno o dos huracanes y alguna vía de agua son cosas que los navegantes experimentados apenas recuerdan. Me consideraré muy feliz si nada peor nos sucede durante el viaje.

                                    Adiós mi querida Margaret. Ten la seguridad de que, por mi propio bien y por el tuyo, evitaré riesgos inútiles. Seré tranquilo, perseverante y prudente. Mas el triunfo tiene que coronar mis esfuerzos. ¿Por qué no? Hasta ahora he avanzado por ruta segura sobre los mares sin límites ni marcas. Las estrellas mismas son testigos y testimonio de mi triunfo. ¿Por qué no he de seguir avanzando por el elemento indomado pero obediente? ¿Qué puede contener al corazón decidido y a la firmeza de voluntad de un hombre? Mi esperanzado corazón se vuelca así, involuntariamente, en esta carta. Pero tengo que ponerle fin. 

                                    ¡Dios bendiga a mi hermana querida!

                                     Tuyo afectuosamente,

                                                                                                              Robert Walton


Fragmento de Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary W. Shelley

                                

Carta o epístola de Juan Zorrilla de San Martín a su hijo José Luis.

                                                     Montevideo, 20 de mayo de 1914


Mi querido José Luis:

                               Llegaron ayer las dos cartas suyas, una para Elvira y otra -por fin- para mí. El correo anda como la mona. Ya se regularizará y acaso aparezcan las cartas que por lo visto has mandado y se han perdido. Mucho me ha interesado tu impresión de París y la calle Lubeck donde vives.

                                ¿Conque has sufrido un desencanto con el gran Rodin? No me sorprende. Los sufrirás y mayores de los que puedas imaginar. Pero son desencantos  educativos. Eso es todo: ver las realidades a través de las apariencias: evitar la poudre aux deux, los prestigios clamorosos.

                              Por esta santa casa, la procesión sigue su curso, mi ruda labor de Punta Carretas me impidió, efectivamente, tener el gusto de recibir el otro día a Bimba; pero he encargado a Elvira que la invite en mi nombre a comer uno de estos días con nosotros. No faltará, por cierto, ni el fiambrecito ni las bananas clásicas con que se obsequia a las personas que nos son queridas en este hogar.

                            Y nada más por ahora, pues mi principal objeto ha sido, al escribirte cuatro letras, el no contar con las promesas de tus activos hermanos. Recibe, pues, por mi intermedio, el abrazo de ellos. Y muy especialmente el muy cariñoso de 

                                                                     Tu padre


                                   A mí me aplauden. Las historias que China no contó. Diego Fischer.

martes, 26 de enero de 2021

 “Marionetas S.A.”, de Ray Bradbury

En El hombre ilustrado (1950)

Traducción al español de Francico Abelenda

Caminaban lentamente por la calle, a eso de las diez de la noche, hablando con

tranquilidad. No tenían más de treinta y cinco años. Estaban muy serios.

-Pero ¿por qué tan temprano? -dijo Smith.

-Porque sí -dijo Braling.

-Tu primera salida en todos estos años y te vuelves a casa a las diez.

-Nervios, supongo.

-Me pregunto cómo te las habrás ingeniado. Durante diez años he tratado de sacarte a

beber una copa. Y hoy, la primera noche, quieres volver en seguida.

-No tengo que abusar de mi suerte -dijo Braling.

-Pero, ¿qué has hecho? ¿Le has dado un somnífero a tu mujer?

-No. Eso sería inmoral. Ya verás.

Doblaron la esquina.

-De veras, Braling, odio tener que decírtelo, pero has tenido mucha paciencia con ella.

Tu matrimonio ha sido terrible.

-Yo no diría eso.

-Nadie ignora cómo consiguió casarse contigo. Allá, en 1979, cuando ibas a salir para Río.

-Querido Río. Tantos proyectos y nunca llegué a ir.

-Y cómo ella se desgarró la ropa, y se desordenó el cabello, y te amenazó con llamar a la

policía si no te casabas con ella.

-Siempre fue un poco nerviosa, Smith, entiéndelo.

-Había algo más. Tú no la querías. Se lo dijiste, ¿no es así?

-En eso siempre fui muy firme.

-Pero sin embargo te casaste.

-Tenía que pensar en mi empleo, y también en mi madre, y en mi padre. Una cosa así

hubiese terminado con ellos.

-Y han pasado diez años.

-Sí -dijo Braling, mirándolo serenamente con sus ojos grises-. Pero creo que todo va a

cambiar. Mira.

Braling sacó un largo billete azul.

-¡Cómo! ¡Un billete para Río! ¡El cohete del jueves!

-Sí, al fin voy a hacer mi viaje.

-¡Es maravilloso! Te lo mereces de veras. Pero, ¿y tu mujer, no se opondrá? ¿No te hará

una escena?

Braling sonrió nerviosamente.-No sabe que me voy. Volveré de Río de Janeiro dentro de un mes y nadie habrá

notado mi ausencia, excepto tú.

Smith suspiró.

-Me gustaría ir contigo.

-Pobre Smith, tu matrimonio no ha sido precisamente un lecho de rosas, ¿eh?

-No, exactamente. Casado con una mujer que todo lo exagera. Es decir, después de

diez años de matrimonio, ya no esperas que tu mujer se te siente en las rodillas dos horas

todas las noches; ni que te llame al trabajo doce veces al día, ni que te hable en media

lengua. Y parece como si en este último mes se hubiese puesto todavía peor. Me

pregunto si no será una simple.

-Ah, Smith, siempre el mismo conservador. Bueno, llegamos a mi casa. ¿Quieres

conocer mi secreto? ¿Cómo pude salir esta noche?

-Me gustaría saberlo.

-Mira allá arriba -dijo Braling.

Los dos hombres se quedaron mirando el aire oscuro.

En una ventana del segundo piso apareció una sombra. Un hombre de treinta y cinco

años, de sienes canosas, ojos tristes y grises y bigote minúsculo se asomó y miró hacia

abajo.

-Pero, cómo, ¡eres tú! -gritó Smith.

-¡Chist! ¡No tan alto!

Braling agitó una mano.

El hombre respondió con un ademán y desapareció.

-Me he vuelto loco -dijo Smith.

-Espera un momento.

Los hombres esperaron.

Se abrió la puerta de calle y el alto caballero de los finos bigotes y los ojos tristes salió

cortésmente a recibirlos.

-Hola, Braling -dijo.

-Hola, Braling Dos-dijo Braling.

Eran idénticos.

Smith abría los ojos.

-¿Es tu hermano gemelo? No sabía que...

-No, no -dijo Braling serenamente-. Inclínate. Pon el oído en el pecho de Braling Dos.

Smith titubeó un instante y al fin se inclinó y apoyó la cabeza en las impasibles

costillas.

Tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic.-¡Oh, no! ¡No puede ser!

-Es.

-Déjame escuchar de nuevo.

Tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic.

Smith dio un paso atrás y parpadeó, asombrado. Extendió una mano y tocó los brazos

tibios y las mejillas del muñeco.

-¿Dónde lo conseguiste?

-¿No está bien hecho?

-Es increíble. ¿Dónde?

-Dale al señor tu tarjeta, Braling Dos.

Braling Dos movió los dedos como un prestidigitador y sacó una tarjeta blanca.

"MARIONETAS, SOCIEDAD ANÓNIMA

Nuevos Modelos de Humanoides Elásticos.

De funcionamiento garantizado.

Desde 7.600 a 15.000 dólares.

Todo de litio."

-No -dijo Smith.

-Sí -dijo Braling.

-Claro que sí -dijo Braling Dos.

-¿Desde cuándo lo tienes?

-Desde hace un mes. Lo guardo en el sótano, en el cajón de las herramientas. Mi mujer

nunca baja, y sólo yo tengo la llave del cajón. Esta noche dije que salía a comprar unos

cigarros. Bajé al sótano, saqué a Braling Dos de su encierro, y lo mandé arriba, para que

acompañara a mi mujer, mientras yo iba a verte, Smith.

-¡Maravilloso! ¡Hasta huele como tú! ¡Perfume de Bond Street y tabaco Melachrinos!

-Quizás me preocupe por minucias, pero creo que me comporto correctamente. Al fin y al

cabo mi mujer me necesita a mí. Y esta marioneta es igual a mí, hasta el último detalle.

He estado en casa toda la noche. Estaré en casa con ella todo el mes próximo. Mientras

tanto otro caballero paseará al fin por Río. Diez años esperando ese viaje. Y cuando yo

vuelva de Río, Braling Dos volverá a su cajón.

Smith reflexionó un minuto o dos.

-¿Y seguirá marchando solo durante todo ese mes? -preguntó al fin.

-Y durante seis meses, si fuese necesario. Puede hacer cualquier cosa -comer, dormir,

transpirar cualquier cosa, y de un modo totalmente natural. Cuidarás muy bien a mi mujer,

¿no es cierto, Braling Dos?-Su mujer es encantadora -dijo Braling Dos-. Estoy tomándole cariño.

Smith se estremeció.

-¿Y desde cuándo funciona Marionetas, S. A.?

-Secretamente, desde hace dos años.

-Podría yo... quiero decir, sería posible... -Smith tomó a su amigo por el codo-. ¿Me

dirías dónde puedo conseguir un robot, una marioneta, para mí? Me darás la dirección,

¿no es cierto?

-Aquí la tienes.

Smith tomó la tarjeta y la hizo girar entre los dedos.

-Gracias -dijo-. No sabes lo que esto significa. Un pequeño respiro. Una noche, una vez al

mes... Mi mujer me quiere tanto que no me deja salir ni una hora. Yo también la quiero

mucho, pero recuerda el viejo poema: «El amor volará si lo dejas; el amor volará si lo

atas.» Sólo deseo que ella afloje un poco su abrazo.

-Tienes suerte, después de todo. Tu mujer te quiere. La mía me odia. No es tan

sencillo.

-Oh, Nettie me quiere locamente. Mi tarea consistirá en que me quiera cómodamente.

-Buena suerte, Smith. No dejes de venir mientras estoy en Río. Mi mujer se extrañará si

desaparecieras de pronto. Tienes que tratar a Braling Dos, aquí presente, lo mismo que a

mí.

-Tienes razón. Adiós. Y gracias.

Smith se fue, sonriendo, calle abajo. Braling y Braling Dos se encaminaron hacia la

casa.

Ya en el ómnibus, Smith examinó la tarjeta silbando suavemente.

"Se ruega al señor cliente que no hable de su compra. Aunque ha sido presentado al

Congreso un proyecto para legalizar Marionetas, S. A., la ley pena aún el uso de los

robots."

-Bueno -dijo Smith.

"Se le sacará al cliente un molde del cuerpo y una muestra del color de los ojos, labios,

cabellos, piel, etc. El cliente deberá esperar dos meses a que su modelo esté terminado."

No es tanto, pensó Smith. De aquí a dos meses mis costillas podrán descansar al fin de

los apretujones diarios. De aquí a dos meses mi mano se curará de esta presión

incesante. De aquí a dos meses mi aplastado labio inferior recobrará su tamaño normal.

No quiero parecer ingrato, pero... Smith dio vuelta la tarjeta."Marionetas, S. A. funciona desde hace dos años. Se enorgullece de poseer una larga

lista de satisfechos clientes. Nuestro lema es «Nada de ataduras.» Dirección: 43 South

Wesley."

El ómnibus se detuvo. Smith descendió, y caminó hasta su casa diciéndose a sí mismo:

Nettie y yo tenemos quince mil dólares en el banco. Podría sacar unos ocho mil con la

excusa de un negocio. La marioneta me devolverá el dinero, y con intereses. Nettie nunca

lo sabrá.

Abrió la puerta de su casa y poco después entraba en el dormitorio. Allí estaba Nettie,

pálida, gorda, y serenamente dormida.

-Querida Nettie. -Al ver en la semioscuridad ese rostro inocente, Smith se sintió

aplastado, casi, por los remordimientos-. Si estuvieses despierta me asfixiarías con tus

besos y me hablarías al oído. Me haces sentir, realmente, como un criminal. Has sido una

esposa tan cariñosa y tan buena. A veces me cuesta creer que te hayas casado conmigo,

y no con Bud Chapman, aquel que tanto te gustaba. Y en este último mes has estado

todavía más enamorada que antes.

Los ojos se le llenaron de lágrimas. Sintió de pronto deseos de besarla, de confesarle su

amor, de hacer pedazos la tarjeta, de olvidarse de todo el asunto. Pero al adelantarse

hacia Nettie sintió que la mano le dolía y que las costillas se le quejaban. Se detuvo, con

ojos desolados, y volvió la cabeza. Salió de la alcoba y atravesó las habitaciones oscuras.

Entró canturreando en la biblioteca, abrió uno de los cajones del escritorio, y sacó la

libreta de cheques.

-Sólo ocho mil dólares -dijo-. No más. -Se detuvo-. Un momento.

Hojeó febrilmente la libreta.

-¡Pero cómo! -gritó-. ¡Faltan diez mil dólares! -Se incorporó de un salto-. ¡Sólo quedan

cinco mil!

¿Qué ha hecho Nettie? ¿Qué ha hecho con ese dinero? ¿Más sombreros, más

vestidos, más perfumes? ¡Ya sé! ¡Ha comprado aquella casita a orillas del Hudson de la

que ha estado hablando durante tantos meses!

Se precipitó hacia el dormitorio, virtuosamente indignado. ¿Qué era eso de disponer así

del dinero? Se inclinó sobre su mujer.

-¡Nettie! -gritó-. ¡Nettie, despierta!

Nettie no se movió.

-¡Qué has hecho con mi dinero! -rugió Smith.

Nettie se agitó, ligeramente. La luz de la calle brillaba en sus hermosas mejillas.

A Nettie le pasaba algo. El corazón de Smith latía con violencia. Se le secó la boca. Se

estremeció. Se le aflojaron las rodillas.

-¡Nettie, Nettie! -dijo-. ¿Qué has hecho con mi dinero?

Y en seguida, esa idea horrible. Y luego el terror y la soledad. Y luego el infierno, y la

desilusión. Smith se inclinó hacia ella, más y más, hasta que su oreja febril descansó,

firmemente, irrevocablemente, sobre el pecho redondo y rosado.-¡Nettie! -gritó.

Tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic...

Mientras Smith se alejaba por la avenida, internándose en la noche, Braling y Braling

Dos se volvieron hacia la puerta de la casa.

-Me alegra que él también pueda ser feliz -dijo Braling.

-Sí -dijo Braling Dos distraídamente.

-Bueno, ha llegado la hora del cajón, Braling Dos.

-Precisamente quería hablarle de eso -dijo el otro Braling mientras entraban en la casa-.

El sótano. No me gusta. No me gusta ese cajón.

-Trataré de hacerlo un poco más cómodo.

-Las marionetas están hechas para andar, no para quedarse quietas. ¿Le gustaría

pasarse las horas metido en un cajón?

-Bueno...

-No le gustaría nada. Sigo funcionando. No hay modo de pararme. Estoy perfectamente

vivo y tengo sentimientos.

-Esta vez sólo será por unos días. Saldré para Río y entonces podrás salir del cajón.

Podrás vivir arriba.

Braling Dos se mostró irritado.

-Y cuando usted regrese de sus vacaciones, volveré al cajón.

-No me dijeron que iba a vérmelas con un modelo difícil.

-Nos conocen poco -dijo Braling Dos-. Somos muy nuevos. Y sensitivos. No me gusta

nada imaginarlo al sol, riéndose, mientras yo me quedo aquí pasando frío.

-Pero he deseado ese viaje toda mi vida -dijo Braling serenamente.

Cerró los ojos y vio el mar y las montañas y las arenas amarillas. El ruido de las olas le

acunaba la mente. El sol le acariciaba los hombros desnudos. El vino era magnífico.

-Yo nunca podré ir a Río -dijo el otro-. ¿Ha pensado en eso?

-No, yo...

-Y algo más. Su esposa.

-¿Qué pasa con ella? -preguntó Braling alejándose hacia la puerta del sótano.

-La aprecio mucho.

Braling se pasó nerviosamente la lengua por los labios.

-Me alegra que te guste.

-Parece que usted no me entiende. Creo que... estoy enamorado de ella.Braling dio un paso adelante y se detuvo.

-¿Estás qué?

-Y he estado pensando -dijo Braling Dos- qué hermoso sería ir a Río, y yo que nunca

podré ir...

Y he pensado en su esposa y... creo que podríamos ser muy felices, los dos, yo y ella.

-M-m-muy bien.-Braling caminó haciéndose el distraído hacia la puerta del sótano-.

Espera un momento, ¿quieres? tengo que llamar por teléfono.

Braling Dos frunció el ceño.

-¿A quién?

-Nada importante.

-¿A Marionetas, Sociedad Anónima? ¿Para decirles que vengan a buscarme?

-No, no... ¡Nada de eso!

Braling corrió hacia la puerta. Unas manos dc hierro lo tomaron por los brazos.

-¡No se escape!

-¡Suéltame!

-No.

-¿Te aconsejó mi mujer hacer esto?

-No.

-¿Sospechó algo? ¿Habló contigo? ¿Está enterada?

Braling se puso a gritar. Una mano le tapó la boca.

-No lo sabrá nunca, ¿me entiende? No lo sabrá nunca.

Braling se debatió.

-Ella tiene que haber sospechado. ¡Tiene que haber influido en tí!

-Voy a encerrarlo en el cajón. Luego perderé la llave y compraré otro billete para Río,

para su esposa.

-¡Un momento, un momento! ¡Espera! No te apresures. Hablemos con tranquilidad.

-Adiós, Braling.

Braling se endureció.

-¿Qué quieres decir con «adiós»?

Diez minutos más tarde, la señora Braling abrió los ojos. Se llevó la mano a la mejilla.

Alguien la había besado. Se estremeció y alzó la vista.

-Cómo... No lo hacías desde hace años -murmuró.

-Ya arreglaremos eso -dijo alguien.

martes, 28 de julio de 2020

La uña

[Minicuento - Texto completo.]
Max Aub

El cementerio está cerca. La uña del meñique derecho de Pedro Pérez, enterrado ayer, empezó a crecer tan pronto como colocaron la losa. Como el féretro era de mala calidad (pidieron el ataúd más barato) la garfa no tuvo dificultad para despuntar deslizándose hacia la pared de la casa. Allí serpenteó hasta la ventana del dormitorio, se metió entre el montante y la peana, resbaló por el suelo escondiéndose tras la cómoda hasta el recodo de la pared para seguir tras la mesilla de noche y subir por la orilla del cabecero de la cama. Casi de un salto atravesó la garganta de Lucía, que ni ¡ay! dijo, para tirarse hacia la de Miguel, traspasándola.
Fue lo menos que pudo hacer el difunto: también es cuerno la uña.

lunes, 8 de junio de 2020

Entrevista a una actriz de Crepúsuculo





Entrevista a una actriz de Crepúsculo

- Lexicón: ¿Cómo es hacer de vampiro? ¿Cómo te preparas para el papel?
- Rachelle: He preparado a Victoria como una mujer antes que como un vampiro. ¿Quién es ella? ¿Qué la ha hecho ser así? ¿Qué fue de su vida como mortal?… Me divierto mucho yendo por ese camino. Específicamente, para prepararla como vampiro leí los libros y los exploté. Ya que Stephenie la describe como un felino, he visto muchos ataques de leones en YouTube.
- Lexicón: ¿Cómo describirías el personaje de Victoria?
- Rachelle: Amenazante, despiadada, vengativa, traicionada, animal, herida, furiosa.
- Lexicón: No sabemos mucho de la historia de Victoria, ¿le has creado una tú misma?
- Rachelle: Claro que sí.
- Lexicón: ¡Cuál es tu escena favorita? ¿Alguna historia que te gustaría compartir?
- Rachelle: No tengo una escena preferida… Aunque está la escena en la cual Nikki y yo nos vimos las caras por primera vez, como Victoria y Rosalie. En realidad la escena no era acerca de nosotras y, finalmente, Catherine (la directora) tuvo que decir “Bueno, señoritas, contrólense”. Si hacemos más películas, espero que tengamos buenas escenas de pelea.
- Lexicón: ¿Qué elementos de tu vida has usado para crear a Victoria? ¿Se parece en algo a ti… aparte del cabello?
- Rachelle: Victoria representa una parte que todos tenemos dentro, pero que nadie quiere reconocer que está ahí, o fingimos que no existe. Ella es como seríamos nosotros si siguiésemos todos esos impulsos revoltosos, malvados.
                   
                                                   Entrevista a Rachelle Lefevre. Tus retos en español. Carmen Lepre.




































































lunes, 18 de mayo de 2020

Alumnos deseando un pronto encuentro presencial, les dejo un cuento de Matías Mateus (obligatoria la lectura del fragmento remarcado con el fondo celeste) y otro de Andrea Arismendi. La razón de ponerlos en contacto con escritores jóvenes uruguayos se relaciona con la conmemoración, el martes 26, del Día del Libro en Uruguay como ustedes investigaron.
VIAJE AL INTERIOR DE LA NIEBLA
Cuento de Matías Mateus

Federico estaba a metros de una de las cabeceras del puente, esperando que el semáforo lo habilitara a cruzar. Pensaba manejar hasta la casa en donde se crió, devolverle el auto a su padre e irse, en lo posible, antes que la niebla terminara de disiparse. De ese modo evitaría toparse con el sinfín de cicatrices que desfiguraron el rostro de la tierra prometida que no llegó a conocer.
La niebla no le generaba la molestia que sí le provocaba la lluvia. Es más, le otorgaba un grado de calma —incluso al momento de cruzar el puente, cosa que siempre lo inquietó—, porque su principal cometido es limitar la visión, y ese día, él prefirió no escrutar las viejas heridas. En cambio con la lluvia, el efecto era distinto, las marcas que comenzaron a irritarle después que se mudó, se acentuaban, impidiéndole digerir la batalla perdida hace décadas.
No se trataba únicamente del esqueleto que dejó la aceitera y su chimenea de hormigón a la entrada del barrio. Tampoco de los ranchitos que orillaban el Pantanoso, como si fueran la caricatura de una Venecia tercermundista. En lugar de gondoleros, una troupe de sujetos harapientos, se lanzaban al interior de la bahía en sus botecitos de color naranja, con el objetivo de sacar algo que comer, luego de echar las redes entre la mierda que atravesaba la periferia de la ciudad, antes de derramarse a los lados de la Isla de las Ratas.
A él le perturbaba la dilución del sentido de pertenencia por el lugar que representó su universo hasta que cumplió la mayoría de edad. Como si el microchovinismo acotado al oeste de la ciudad, en tiempos de una decadencia que siguió profundizándose hasta tocar fondo en crisis del 2002, lo dejaran sin argumentos frente a quienes señalaban de forma burlesca, la idiosincrasia de un barrio que llevaba más de medio siglo en el ostracismo.
La épica de los acontecimientos que solo conoció a través de relatos: como el esplendor de una industria frigorífica que supo desprenderse del resto de Montevideo, hasta mediados del siglo pasado, cuando, ya acoplados al destino irremediable que tomaría el país, estallaría la huelga de la Federación de la Carne. La resistencia de los obreros frente la dura represión de las autoridades, provocó que empezaran a llamar al puente que estaba a punto de cruzar, con el mote de Paralelo 38.
Otro motivo de orgullo era la descripción del nomenclátor, que hacía referencia a las naciones de los inmigrantes que le dieron cuerpo a la fundación de la otrora Villa Cosmópolis, durante el primer gobierno constitucional; eximiendo a la actual Villa del Cerro, de la infamia que supone homenajear con nombre de calles a dictadores y a otros traidores a la República —término que él siempre empleó, a causa del gusto amargo que le quedaba en la boca después de pronunciar la palabra Patria—. Narrativas de ese tenor, resultaban el placebo con el que apaciguaba el verdadero desprecio que empezó a experimentar y no se animó a admitir.
Desde que tomó consciencia de ello, tenía claro que al avanzar por la avenida principal no podía girar la cabeza hacia la derecha, porque la acera norte de Carlos María Ramírez ya no pertenecía al Cerro. Esa parte era una porción prescindible, algo sin nombre y con límites difusos, que creció de forma satelital al casco viejo y bajo ningún concepto podía ser tratado con el mismo respeto.
Federico tenía los músculos del rostro y de los brazos tensionados al máximo, por lo cohibido que se sentía frente a la presencia que esa mañana se le hacía esquiva a la vista.
Si estarán bravos los chorros, que se robaron la Fortaleza hubiese dicho Mario. En los días neblinosos siempre hacia el mismo chiste, y él, incapaz de mantener la calma al oír alguno de los tantos lugares comunes en los que su padre solía caer, balbuceaba alguna cosa que nunca terminaba de hacerse audible.
El puente Eugenio Garzón también le generaba una incomodidad tangible, en especial después de emigrar hacia el otro lado de la bahía, porque pisarlo significaba afrontar una nueva derrota, y la confirmación del retorno, lo alejaba de sus ambiciones.
Apretó el volante y empañó el vidrio con una larga exhalación. Algunos bocinazos le advirtieron que la luz había cambiado a verde y exigían que se pusiera en marcha. Arriba del puente la sensación fue la de siempre. Ante la puerta de una ciudadela imaginaria, recorrió los primeros metros de forma temblorosa, como cuando lo hacía a pie y debía aferrarse a la baranda por su temor a las alturas. Sobre la bicicleta la experiencia tenía algunos matices, pero el efecto de intranquilidad era el mismo.
Cruzar los accesos a Montevideo no le costaba tanto, el hormigón estaba en muy buen estado y desde el semáforo se lanzaba en un vertiginoso sprint, que desarmaba al remontar el repechito de la porción que atravesaba el arroyo Pantanoso. Esa zona lo hacía titubear. El hormigón cambiaba abruptamente a un asfalto deteriorado por el flujo de ómnibus, que ablandaban el alquitrán con las altas temperaturas del verano, generando irregularidades en el piso, y sobre todo, un terreno hostil para los semitubos de la bicicleta que absorbían los saltos, antes de tomar la rotonda de la plaza Rodney Arismendi.
Avanzó por el centro de la calzada entorpeciendo el tránsito, como lo hacía sobre la chiva, en la que alguna vez se permitió fantasear con ser un grande, como su homónimo. De hecho su nombre responde a la admiración que en la familia existía por el gran Federico Moreira, ganador de seis Vueltas Ciclistas del Uruguay, tres Rutas de América y una Vuelta a Chile, en la que según dicen, se largó en un descenso a más de 100 kilómetros por hora.
En sus tiempos de ciclista aficionado, cronometraba rigurosamente los tiempos que ponía en sus jornadas de entrenamientos, calculaba los promedios de velocidad en los que rodaba, y hasta el propio Mario, al verlo bajar de la nave, quedó asombrado porque sus muslos parecían derramársele arriba de las rodillas. A los 17 años Federico era puro cuádriceps, pantorrillas y corazón. A excepción de una sola subida, encaraba el resto de los ascensos emplatado y con la piñonera bien cargada. Tenía cadencia y quizá hubiese sido un buen rodador, pero la ruta cumple con el axioma de poner a todos en su lugar. En su caso ocurrió cuando terminó besándose con el balastro de la banquina. No se trataba de su primera caída, aunque sí era la primera vez que quedó raspado de pies a cabeza, con una laceración indeleble sobre la cadera, que se encargó de lucir cada vez que hablaba del tema.
Después del accidente no fue el mismo. Cada vez que cargaba la transmisión, se paraba en los pedales y veía como el velocímetro de la computadora se acercaba a 70, las morras empezaban a temblarle, los dedos acariciaban el freno y se dejaba ir con el impulso. Se probó en una carrera amateur y al momento de apretar los dientes, aflojó la mandíbula.
Federico no era capaz de hacer algo sin autoevaluarse, y muchas veces el excesivo rigor que empleaba en su afán por lograr la excelencia, le impidieron disfrutar de las pequeñas conquistas. Del mismo modo que llegaba a rozar la brillantez, operaba de un modo ridículo y estúpido. Esa ecuación binaria, en sus insistentes esfuerzos por maquinar una epopeya que pudiese trascender el paso del tiempo, lo llevó a erosionar los carriles por done transitaba su psiquis.
Llegó a La Curva. Detenido en el semáforo de Carlos María Ramírez y Grecia, observó hacia el edificio del viejo Cine Cerrense, devenido a supermercado en un principio, posteriormente a centro cultural —lugar que acogió al primer conjunto de carnaval que defendió en un concurso oficial—, y en la actualidad, a bazar.
Esos años de adolescencia carnavalera habían coincidido con su tiempo sobre la bici, y si bien durante el cambio de siglo, las cosas se precipitaban hacia una crisis famélica que no escatimó en castigar a la población de esa zona, entendió que a su manera había sido feliz. Quizá durante esa vida que combinaba calambres y transpiración, tablados y brillantina, arroz con queso y cacerolazos, su pequeño universo cobraba el sentido necesario que le permitía creer en algo.
Es una primavera a la que no volveré jamás, pensó al doblar por Grecia hacia el sur. Recorrió dos cuadras y giró a la derecha. Enfiló por Estados Unidos rumbo a la casa de su niñez. Faltaban pocas cuadras para atravesar el estrecho perímetro que componían el territorio fértil de su primera infancia, y el movimiento de sus hombros contraídos delataban el nerviosismo que lo estaba carcomiendo.
Le dio paso a una motoneta al llegar a la esquina de Puerto Rico y miró hacia el campito de las viviendas cooperativas, ahora enrejado, para uso exclusivo de los fieles a la iglesia evangélica que se instaló en el salón comunal, alejando —o mejor dicho: expulsando— a toda la gurisada que se congregaba en los márgenes de la cancha en tiempos de campeonatos barriales.
A mediados de los noventa, por esas cuadras se vivía una constante agitación. A los torneos de fútbol, los juegos en la calle y las fiestas en el salón comunal; se les contraponían los desfiles de muchachos que irrumpían en medio de los partidos a jalar cemento, las rejas que empezaron a cercar los jardines de las casas, viajes al seguro de paro y una gotera de exiliados económicos que con el tiempo se volvió un chorro de alta presión.
Federico al tiempo que competía con sus amigos por ver quién tenía el miembro más grande, como en el relato No sé si he sido claro de Fontanarrosa, podía agudizar su sentido de la percepción y detectar en las sombras de los rostros de sus padres que la cosa no marchaba bien. Entendía que los números no daban, que el uso del parrillero había bajado su frecuencia, que había que apretarse y prescindir de un tímido confort. Las horas de Mario en la casa habían descendido, debía apechugar por otros lados, ya sea haciendo changas con fibra de vidrio —en las que él mismo tomó parte activa—, o viajando a Sao Pablo para traer repuestos automotrices de contrabando.
Esas maniobras convulsas lo llenaron de fastidio, porque cuando por fin estaba en la casa, él no podía hacer otra cosa que guardar silencio para que pudiera descansar un poco. La aparente necesidad que Mario perseguía, le impidió atestiguar parte del crecimiento de su hijo, detalles de la formación, y las causas que le arrebataran la alegría a un Federico, que a modo de defensa, subió al pedestal que le acotó la posibilidad de análisis. La incapacidad de comprender las diferencias estructurales con su padre, lo llevaron a una constante subestimación cada vez que lo escuchaba lanzarse sobre las trilladas anécdotas, en las que destacaba su presunto rol protagónico.
Descendió del auto y tocó timbre. La niebla aún era espesa y sintió la humedad en la punta de su nariz. Golpeó las manos y nada.
Estará dormido, pensó. Metió la mano a través de los barrotes de la reja, abrió la tapa del buzón y dejó las llaves del auto adentro. Le mandó un whatsapp avisándole donde le había dejado las llaves, le agradecía el préstamo y concluía con un inédito: “Te quiero”. De ese modo pretendía hacer las paces y redimirse por las actitudes despreciables que había tenido contra él.
Desarmó el celular y lo tiró por una boca de tormenta. No esperaría la respuesta por temor a desilusionarse con la torpeza de su padre al momento de manifestar sus sentimientos, y por el efecto inhibitorio que podría tener sobre sus intenciones, la lectura del mensaje.
Llegó hasta la esquina de Cuba y no pudo evitar recordar otra de los típicos dichos de Mario:
Vivo en el Caribe, en Estados Unidos y Cuba —chiste que cualquier auditorio celebraba sin reparar en el desfasaje geográfico de la cita, y que Federico lamentaba por lo recurrente y porque hubiese preferido vivir en la otra calle.
Caminó rumbo a la Fortaleza. La ascensión del cerro por Cuba era la más dura, la cara imposible que jamás se animó a encarar. Trepar por Holanda o por Juan B. Viacaba incluso le resultaba aburrido, pero por Cuba ni siquiera lo intentó. Y a esta altura tampoco lo intentaría.
Llegó hasta el final de la calle. Desde allá arriba las pocas siluetas que vencían a la niebla, dejaban ver los bordes de la bahía, los edificios que se amontonaban en el centro de la ciudad y el tímido movimiento en el puerto. Sacó un cigarro y lo encendió acodado al busto del Ché Guevara. Silbó los primeros compases de Hasta Siempre de Carlos Puebla, murmuró, aquí se queda la clara y continuó con el tramo que le faltaba para coronar la subida al Cerro de Montevideo.
Desde arriba, era imperceptible la sombra fantasmal del lado oculto de las postales. El laberinto de pasajes y callecitas que se había devorado las casas del Casabó, entumecían la ladera oeste que se empeñaba en pasar desapercibida.
De camino hacia el sur se internó el parque Vaz Ferreira, que infructuosamente intentaba disimular las cicatrices que había dejado sobre la costa, la estructura derruida del Frigorífico Swift. Por ese paraje la calma se volvía espesa. Aislado del movimiento, el silencio se dejaba vencer por el susurro de los fantasmas. Las mismas voces que solían interpelarlo en las madrugadas, cortejaron el descenso entre los árboles, e insistían en su carencia de valor, en su incapacidad para comunicar el entramado sencillo de sus ideas, que lo dejaba fuera de concurso en toda actividad y lo llevaron al delirio durante sus inútiles intentos por emanciparse del transcurrir.
Se liberó de la espesura del parque bordeando el Memorial de los Detenidos Desaparecidos por la Dictadura, cruzó la calle Suiza y bajó las escalinatas de la rambla. Se quitó los zapatos y el frío de la arena se le antojó balsámico. Los pasos hasta la orilla del estuario fueron custodiados por la casona del artista plástico Julio Mancebo, lugar al que entró como polizonte de la mano de la tallerista de cerámica, con quien, entre copas de vino, porros y orgasmos, se permitían disfrutar del plomizo cielo que apenas se diferenciaba del espejo de plata que ahora cubría sus pies.
Por ese entonces, las cicatrices eran las mismas que las de hoy. Las ruinas seguían escandalosamente aferradas a la memoria, y desde los ventanales del hogar del alumno de Joaquín Torres García, la grisura de aquel otoño, hizo su último intento por mantener encendidos los rescoldos de la fe.
Creían que la libertad era la sustancia de cada día, ignorando lo maniatados que siempre estuvieron. La existencia del límite nunca pudo ser evadida y la expansión del universo no resultó como llegó a soñarlo recostado en el sofá junto a Neliza, que le mordisqueaba el abdomen, mientras escuchaba los divagues con los que Federico planeaba burlar a la muerte.
Caminó por la orilla hasta el muelle del Club de Pesca, se sentó y dejó los ojos puestos en la niebla, que borroneaba el mástil del Calpean Star, que a 60 años de su naufragio, aún asoma sobre la superficie del río.
Recordó haberle preguntado a su padre, si los tres palos que se veían eran los de un tenedor gigante enterrado a metros del canal del puerto. Mario lo ilustró sobre la historia de ese buque y también sobre el Graf Spee, acorazado alemán que llegó herido al puerto de Montevideo luego de la batalla del Río de la Plata del año 1939, y que su capitán, para evitar que el trofeo de guerra mantuviese el secreto de su tecnología, lo hizo explotar frente a las playas del oeste.
Encendió otro cigarro sin dejar de mirar hacia un horizonte cercenado y estrecho por las condiciones atmosféricas. Alguna vez se dijo que nadaría desde el muelle hasta el mástil. Pero se trató de otro delirio, como el de cruzar la cordillera en bicicleta, o el de terminar alguna de las carreras universitarias que comenzó.
En ese mismo instante, un vecino tocó varias veces el timbre al notar que las ventanillas del auto estaban abiertas. Ante la ausencia de respuesta, decidió saltar las rejas y rodear la casa. Recorrió las habitaciones después de entrar por la puerta del fondo y se encontró con el cuerpo sin vida de Mario; que una hora antes, mientras preparaba el mate con el que pensaba esperar a su hijo, sintió una fuerte presión en el pecho. El miedo más la dificultad para respirar, apenas le permitieron llegar hasta el borde de la cama que terminó amortiguando su caída.
El hombre llamó de inmediato a la emergencia, avisó a la policía, y mientras buscaba en su lista de contactos el número de Federico, observó sobre la mesa veladora, el tintineo de la luz del celular de Mario que avisaba la entrada de un whastapp.
Federico se puso de pie y descendió por la escalinata del muelle hasta el bote que lo esperaba. El inconfundible olor de la bajante más la quietud de la bahía, le otorgaron una pequeña tregua. Los remos se movieron de forma rítmica, alejándolo de la costa y del barrio, que fue desapareciendo tras la niebla.