domingo, 13 de julio de 2025

Luz estelar de Isaac Asimov

 LUZ ESTELAR    

 Arthur Trent oyó claramente las palabras que escupía el receptor. 

-¡Trent! No puedes escapar. Interceptaremos tu órbita en un par de horas. Si intentas resistir, te haremos pedazos.   

 Trent sonrió y guardó silencio. No tenía armas ni necesidad de luchar. En menos de un par de horas la nave daría el salto al hiperespacio y jamás lo hallarían. Se llevaría un kilogramo de krilio, suficiente para construir sendas cerebrales de miles de robots, por un valor de diez millones de créditos en cualquier mundo de la galaxia, y sin preguntas.     

El viejo Brennmeyer lo había planeado todo. Lo había estado planeando durante más de treinta años. Era el trabajo de toda su vida. 

-Es la huida, jovencito -le había dicho-. Por eso te necesito. Tú puedes pilotar una nave y llevarla al espacio. Yo no.

 -Llevarla al espacio no servirá de nada, señor Brennmeyer. Nos capturarán en medio día. 

-No nos capturarán si damos el salto. No nos capturarán si cruzamos el hiperespacio y aparecemos a varios años luz de distancia. 

-Nos llevaría medio día planear el salto, y aunque lo hiciéramos a tiempo la policía alertaría a todos los sistemas estelares.

 -No,Trent, no.

 -El viejo le cogió la mano con trémula excitación-. No a todos los sistemas estelares, sólo a los que están en las inmediaciones. La galaxia es vasta y los colonos de los últimos cincuenta mil años han perdido contacto entre sí.    

Describió la situación en un tono de voz ansioso. La galaxia era ya como la superficie del planeta original -la Tierra, lo llamaban- en los tiempos prehistóricos. El ser humano se había esparcido por todos los continentes, pero cada uno de los grupos sólo conocía la zona vecina.   

 -Si efectuamos el salto al azar -le explicó Brennmeyer- estaremos en cualquier parte, incluso a cincuenta mil años luz, y encontrarnos les será tan fácil como hallar un guijarro en una aglomeración de meteoritos.

 Trent sacudió la cabeza. -Pero no sabremos dónde estamos. No tendremos modo de llegar a un planeta habitado. 

Brennmeyer miró receloso a su alrededor. No tenía a nadie cerca, pero bajó la voz: -Me he pasado treinta años recopilando datos sobre todos los planetas habitables de la galaxia. He investigado todos los documentos antiguos. He viajado miles de años luz, más lejos que cualquier piloto espacial. Y el paradero de cada planeta habitable está ahora en la memoria del mejor ordenador del mundo.

 -Trent enarcó las cejas. 

El viejo prosiguió-: Diseño ordenadores y tengo los mejores. También he localizado el paradero de todas las estrellas luminosas de la. galaxia, todas las estrellas de clase espectral F, B, A y O, y los he almacenado en la memoria.  Después del salto, el ordenador escudriña los cielos espectroscópicamente y compara los resultados con su mapa de la galaxia. Cuando encuentra la concordancia apropiada, y tarde o temprano ha de encontrarla, la nave queda localizada en el espacio y, luego, es guiada automáticamente, mediante un segundo salto, a las cercanías del planeta habitado más próximo.

 -Parece complicado.  

-No puede fallar. He trabajado en ello muchos años y no puede fallar. Me quedarán diez años para ser millonario. Pero tú eres joven. Tú serás millonario durante mucho más tiempo. 

 -Cuando se salta al azar, se puede terminar dentro de una estrella. 

 -Ni una probabilidad en cien billones, Trent. También podríamos aparecer tan lejos de cualquier estrella luminosa que el ordenador no encuentre nada que concuerde con su programa. Podríamos saltar a sólo un año luz y descubrir que la policía aún nos sigue el rastro. Las probabilidades son aún menores. Si quieres preocuparte, preocúpate por la posibilidad de morir de un ataque cardíaco en el momento del despegue. Las probabilidades son mucho más altas.

 -Usted podría sufrir un ataque cardíaco. Es más viejo. 

El anciano se encogió de hombros. -Yo no cuento. El ordenador lo hará todo automáticamente.    

 Trent asintió con la cabeza y recordó ese detalle. 

Una medianoche, cuando la nave estaba preparada y Brennmeyer llegó con el krilio en un maletín -no tuvo dificultades en conseguirlo, pues era hombre de confianza-, Trent tomó el maletín con una mano al tiempo que movía la otra con rapidez y certeza.  Un cuchillo seguía siendo lo mejor, tan rápido como un despolarizador molecular, igual de mortífero y mucho más silencioso. Dejó el cuchillo clavado en el cuerpo, con sus huellas dactilares. ¿Qué importaba? No iban a aprehenderlo.   

  Una vez en las honduras del espacio, perseguido por las naves patrulla, sintió la tensión que siempre precedía a un salto. Ningún fisiólogo podía explicarla, pero todo piloto veterano conocía esa sensación.   Por un instante de no espacio y no tiempo se producía un desgarrón, mientras la nave y el piloto se convertían en no materia y no energía y, luego, se ensamblaban inmediatamente en otra parte de la galaxia. Trent sonrió. Seguía con vida. No había ninguna estrella demasiado cerca y había millares a suficiente distancia. El cielo parecía un hervidero de estrellas y su configuración era tan distinta que supo que el salto lo había llevado lejos. Algunas de esas estrellas tenían que ser de clase espectral F o mejores aún. El ordenador contaría con muchas probabilidades para utilizar su memoria. No tardaría mucho.     

Se reclinó confortablemente y observó el movimiento de la rutilante luz estelar mientras la nave giraba despacio. Divisó una estrella muy brillante. No parecía estar a más de dos años luz, y su experiencia como piloto le decía que era una estrella caliente y propicia. El ordenador la usaría como base para estudiar la configuración del entorno. No tardará mucho, pensó Trent una vez más. Pero tardaba. Transcurrieron minutos, una hora. Y el ordenador continuaba con sus chasquidos y sus parpadeos. Trent frunció el ceño. ¿Por qué no hallaba la configuración? Tenía que estar allí. Brennmeyer le había mostrado sus largos años de trabajo. No podía haber excluido una estrella ni haberla registrado en un lugar erróneo.   Por supuesto que las estrellas nacían, morían y se desplazaban en el curso de su existencia, pero esos cambios eran lentos, muy lentos. Las configuraciones que Brennmeyer había registrado no podían cambiar en un millón de años. 

Trent sintió un pánico repentino. ¡No! No era posible. Las probabilidades eran aún más bajas que las de saltar al interior de una estrella.  Aguardó a que la estrella brillante apareciera de nuevo y, con manos temblorosas, la enfocó con el telescopio. Puso todo el aumento posible y, alrededor de la brillante mota de luz, apareció la bruma delatora de gases turbulentos en fuga. ¡Era una nova!  La estrella había pasado de una turbia oscuridad a una luminosidad fulgurante quizás solo un mes atrás. Antes pertenecía a una clase espectral tan baja que el ordenador la había ignorado, aunque seguramente merecía tenerla en cuenta.  Pero la nova que existía en el espacio no existía en la memoria del ordenador porque Brennmeyer no la había registrado. No existía cuando Brennmeyer reunía sus datos. Al menos, no existía como estrella brillante y luminosa.    

 -¡No la tengas en cuenta! -gritó Trent-. ¡Ignórala! Pero le gritaba a una máquina automática que compararía el patrón centrado en la nova con el patrón galáctico sin encontrarla, y quizá continuaría comparando mientras durase la energía. El aire se agotaría mucho antes. La vida de Trent se agotaría mucho antes. Trent se hundió en el asiento, contempló aquella burlona luz estelar e inició la larga y agónica espera de la muerte. Si al menos se hubiera guardado el cuchillo… 


La elección de los nombres de Crónicas marcianas

 

La elección de los nombres

 Llegaron a las extrañas tierras azules y les pusieron sus nombres: ensenada Hinkston, cantera Lusting, río Black, bosque Driscoll, montaña de los Peregrinos, ciudad Wilder, nombres todos de gente y de las hazañas de gente. En el lugar donde los marcianos mataron a los primeros terrestres, había un pueblo Rojo, en recuerdo de la sangre de esos hombres. El lugar donde fue destruida la segunda expedición se llamaba Segunda Tentativa. En todos los sitios donde los hombres de los cohetes quemaban el suelo con calderos ardientes, quedaban como cenizas los nombres. Y, naturalmente, había una colina Spender y una ciudad Nathaniel York...

    Los antiguos nombres marcianos eran nombres de agua, de aire y de colinas. Nombres de nieves que descendían por los canales de piedra hacia los mares vacíos. Nombres de hechiceros sepultados en ataúdes herméticos y torres y obeliscos. Y los cohetes golpearon como martillos esos nombres, rompieron los mármoles, destruyeron los mojones de arcilla que nombraban a los pueblos antiguos, y levantaron entre los escombros grandes pilones con los nuevos nombres: Pueblo Hierro, Pueblo Acero, Ciudad Aluminio, Aldea Eléctrica, Pueblo Maíz, Villa Cereal, Detroit II, y otros nombres mecánicos, y otros nombres de metales terrestres.

    Y después de construir y bautizar los pueblos, construyeron y bautizaron los cementerios: colina Verde, pueblo Musgo, colina Bota, y los primeros muertos bajaron a las sepulturas...

    Y cuando todo estuvo perfectamente catalogado, cuando se eliminó la enfermedad y la incertidumbre, y se inauguraron las ciudades y se suprimió la soledad, los sofisticados llegaron de la Tierra. Llegaron en grupos, de vacaciones, para comprar recuerdos de Marte, sacar fotografías o conocer el ambiente; llegaron para estudiar y aplicar leyes sociológicas; llegaron con estrellas e insignias y normas y reglamentos, trayendo consigo parte del papeleo que había invadido la Tierra como una mala hierba, y que ahora crecía en Marte casi con la misma abundancia. Comenzaron a organizar la vida de las gentes, sus bibliotecas, sus escuelas; comenzaron a empujar a las mismas personas que habían venido a Marte escapando de las escuelas, los reglamentos y los empujones.

    Era por lo tanto inevitable que algunas de esas personas replicaran también con empujones...



Lee con atención el texto y realiza la siguiente consigna.

  1. ¿Por qué motivos iban los terrestres a Marte?

  2. ¿Cómo el estado fomenta la partida de los terrestres a ese nuevo planeta?

  3. Diseña un folleto en el cual se promueva la colonización de Marte.

  4. ¿En qué consistía la “soledad” en este nuevo contexto?

  5. ¿Por qué al principio eran pocos colonos? ¿Qué diferencias encuentran entre este grupo y el de los sofisticados que menciona el texto La elección de los nombres?

  6. Explica por qué “pelota embarrada lanzada a lo lejos” es una metáfora.

  7. Estudia sintácticamente los enunciados:

“Cada uno de ellos tenía una razón diferente.”

“El hielo se desprendió de los techos, se quebró y empezó a fundirse.”

viernes, 16 de mayo de 2025

Carta de Frankenstein

 

Inglaterra, 13 de agosto de 17**

Querida Sra. Saville:

 El aprecio que siento por mi invitado aumenta cada día. Este hombre despierta a un tiempo mi admiración y mi piedad hasta extremos asombrosos. ¿Cómo puedo ver a un ser tan noble destrozado por la desdicha sin sentir una tremenda punzada de dolor? Es tan amable y tan inteligente… y es muy culto, y cuando habla, aunque escoge sus palabras con elegante cuidado, estas fluyen con una facilidad y una elocuencia sin igual. Ahora ya se encuentra muy restablecido de su enfermedad y está continuamente en cubierta, al parecer buscando el trineo que iba delante de él. Sin embargo, aunque parece infeliz, ya no está tan espantosamente sumido en su propio dolor, sino que se interesa también mucho por los asuntos de los demás. Me ha hecho muchas preguntas sobre mis propósitos y le he contado mi pequeña historia con franqueza. Parecía alegrarse de la confianza que le demostré y me sugirió algunas modificaciones en mi plan que me parecieron extremadamente útiles. No hay pedantería en su conducta, sino que todo lo que hace parece nacer exclusivamente del interés que instintivamente siente por el bienestar de aquellos que lo rodean. A menudo parece abatido por la pena y entonces se sienta solo e intenta vencer todo aquello que hay de hosco y asocial en su talante. Estos paroxismos pasan sobre él como una nube delante del sol, aunque su abatimiento nunca le abandona. He intentado ganarme su confianza, y espero haberlo conseguido. Un día le mencioné el deseo que siempre había sentido de contar con un buen amigo que me comprendiera y me ayudara con sus consejos. Le dije que yo no era ese tipo de hombres que se ofenden por los consejos ajenos. «Todo lo que sé lo he aprendido solo, y quizá no confío suficientemente en mis propias fuerzas. Así que me gustaría que ese compañero fuera más sabio y tuviera más experiencia que yo, para que me aportara confianza y me apoyara. No creo que sea imposible encontrar un verdadero amigo.» «Estoy de acuerdo con usted», contestó el desconocido, «en considerar que la amistad no es solo deseable, sino un bien posible. Yo tuve antaño un amigo, el mejor de todos los seres humanos, así que creo que estoy capacitado para juzgar la amistad. Usted espera conseguirla, y tiene el mundo ante usted, así que no hay razón para desesperar. Pero yo… yo lo he perdido todo, y ya no puedo empezar mi vida de nuevo». Cuando dijo eso, su rostro adoptó un expresivo gesto de serenidad y dolor que me llegó al corazón. Pero él permaneció en silencio y después se retiró a su camarote. Aunque tiene el alma destrozada, nadie aprecia más que él las bellezas de la naturaleza. El cielo estrellado, el mar y todos los paisajes que nos proporcionan estas maravillosas regiones parecen tener aún el poder de elevar su alma. Un hombre como él tiene una doble existencia: puede sufrir todas las desgracias y caer abatido por todos los desengaños; sin embargo, cuando se encierre en sí mismo, será como un espíritu celestial, que tiene un halo en torno a sí, cuyo cerco no puede atravesar ni la angustia ni la locura. ¿Te burlas por el entusiasmo que muestro respecto a este extraordinario vagabundo? Si es así, debes de haber perdido esa inocencia que fue antaño tu encanto característico. Sin embargo, si quieres, puedes sonreír ante la emoción de mis palabras, mientras yo encuentro cada día nuevas razones para repetirlas.

                            Tuyo afectuosamente,

                                                                       Robert Walton


 

domingo, 11 de mayo de 2025

Condición de mujer de Cristina Peri Rossi

 

Condición de mujer

Soy la advenediza

la que llegó al banquete

cuando los invitados comían los postres

 

Se preguntaron

quién osaba interrumpirlos

de dónde era

cómo me atrevía a emplear su lengua

 

Si era hombre o mujer

qué atributos poseía

se preguntaron

por mi estirpe

 

"Vengo de un pasado ignoto –dije–

de un futuro lejano todavía

Pero en mis profecías hay verdad

Elocuencia en mis palabras

¿Iba a ser la elocuencia

atributo de los Hombres?

Hablo la lengua de los conquistadores,

es verdad,

aunque digo lo opuesto de lo que ellos dicen."

 

Soy la advenediza

la perturbadora

la desordenadora de los sexos

la transgresora

 

Hablo la lengua de los conquistadores

pero digo lo opuesto de lo que ellos dicen.

poema de Cristina Peri Rossi
de: Genealogía (1994)

Vendedor de naranjas de Juana de Ibarbourou

 

El vendedor de naranjas

Muchachuelo de brazos cetrinos
Que vas con tu cesta,
Rebosando naranjas pulidas
De un caliente color ambarino;
 
Muchachuelo que fuiste a las chacras
Y a los árboles amplios trepaste
Como yo me trepaba cuando era
Una libre chicuela salvaje;
 
Ven acá muchachuelo; yo ansío
Que me vuelques tu cesta en la falda.
Pide el precio mas alto que quieras.
¡Ah, qué bueno el olor a naranjas!
 
A mi pueblo distante y tranquilo,
Naranjales tan prietos rodean,
Que en Agosto semeja de oro
Y en Diciembre de azahares blanquea.
 
Me críe respirando ese aroma
Y aún parece que corre en mi sangre.
Naranjitas pequeñas y verdes
Siendo niña, enhebraba en collares.
 
Después, lejos llevóme la vida.
Me he tornado tristona y pausada.
¡Qué nostalgia tan honda me oprime
Cuándo siento el olor a naranjas!
 
Si a otro pago muy lejos del tuyo,
Indiecito, algún día te llevan,
Y no eres feliz, y suspiras
Por volver a tu vieja querencia,
 
Y una tarde en un soplo de viento
El sabor a tus montes te asalta,
¡Ya sabrás, indiecito asombrado,
Lo que es la palabra “nostalgia”.

Crónicas, textos varios.

 

Cuatro historias de emigrantes

              "La mayoría de los emigrantes gallegos del siglo XX y de años anteriores procedían de las aldeas, poblaciones pequeñas o villas. Los que menos emigraron fueron los de las ciudades, pero ese es un detalle menor, aunque significativo en cuanto al grado de instrucción y preparación que acompañaba a esos gallegos que salían por el mundo, en busca de un porvenir para ellos y su familia, la mayoría de las veces con la incertidumbre de no saber cuál era su destino final, por lo tanto desconociendo las costumbres, el estilo de vida del país que los recibiría. Mucho menos sabían en qué lugar del mapa se encontraba su nuevo país de adopción. Salvo excepciones no sabían prácticamente nada del lugar al cual irían a vivir...para siempre.

              Los que emigraban de las ciudades tenían mayores posibilidades de haber accedido a algún tipo de estudio, a veces bastante amplio. Los que partían de las aldeas o pequeñas poblaciones vivían sumidos en el desconocimiento general. Especialmente los de las aldeas iban de vez en cuando, siempre que no tuvieran que cumplir con la obligación de labriegos, que la necesidad o sus mayores les imponían.

              El caso de Isidoro García no escapó a ese promedio. Oriundo de la Galicia rural, vio la luz por primera vez el 31 de agosto de 1933, el  lugar denominado Vite, parroquia de Queixeiro, ayuntamiento de Monfero, partido judicial de Pontedeume, provincia la Coruña. ¡Cuántos nombres, cuántos lugares! Para llegar a un pequeño sitio poblado, de la mínima expresión, en este caso, tan mínima era que la casa más cercana se encontraba a unos doscientos metros de distancia."

 

              "Los padres de Isidoro, Andrés y María Antonia, primos etc., ellos habían formado un hogar en una humilde vivienda, primero en el lugar de Vite de Abaixo y después en Vite, a doscientos metros de distancia. Corría el año 1924 y las perspectivas de algún tipo de progreso en Galicia eran mínimas, como en décadas anteriores; entonces Andrés decide emigrar a Montevideo, en busca de algún porvenir para la familia, que para entonces ya se componía de seis personas: los padres y sus hijos: Sofía, Manuel, Genoveva y Amparo. Las noticias que llegaban de América eran alentadoras, lo cual animaba a muchos a emprender la aventura de la emigración. Había trabajo, desarrollo social, posibilidades de progreso. De cualquier forma, Andrés ya sabía que debería separarse de su familia por varios años, por lo tanto, el sacrificio sería importante"

 

              "En Uruguay, Andrés se desempeñó en diversas actividades, trabajando extensas jornadas, cambiando de un empleo a otro, tanto de sereno, como de empleado de comercio, o en una barraca de productos del agro, buscando siempre mejorar su situación a fin de poder juntar dinero suficiente para reclamar a los cinco que quedaban en Vite. En Montevideo estuvo ocho años, el dinero que lograba juntar no era necesario para pagar los pasajes de toda la familia, pues les giraba la mayor parte de su sueldo para que pudieran seguir subsistiendo."

 

(Andrés vuelve a España, sufre la Guerra Civil Española, es fusilado como tantos y ahora su hijo Manuel emigra.) Lectura de estos pasajes.

 

              "Para viajar a Montevideo, Isidoro Manuel tenía que comprar zapatos, pues no tenía otro calzado que zuecos y zapatillas. Su madre pensó que debería llegar más presentable a Uruguay donde había gente culta, educada. Así pues, María Antonia juntó el dinero como pudo y mandó a su hijo a Pontedeume a comprarse unos zapatos. No habría de ir en carro tirado por bueyes como lo hacían a veces cuando llevaban a vender a la feria huevos, o pollos o algún cerdo. Habría de viajar en "el correo", una especie de ómnibus en el cual el billete costa más económico si se viajaba en el techo. 

              Con su calzado nuevo en la caja y el poco dinero que le había sobrado en su bolsillo, lo justo para pagar el pasaje en "el correo", emprendió el regreso hacia su casa, pero antes de llegar a la parada del autobús se encontró con un feirón. Los puestos de venta de pan ejercieron tal poder de atracción que no resistió la tentación de comprar un enorme mollete de pan blanco. "Cuánto tiempo hace que no saboreo un pedazo de pan blanco? El problema que se presentaba es que si compraba el pan se quedaba sin dinero para el billete de bus. ¡Y... no dudó más! Prefirió caminar los trece kilómetros que lo separaban de su casa. Años después le contaría a sus hijos: "Aquel fue el manjar más sabroso que comí en mi vida". Desde que llegó a Montevideo el pan en la mesa era infaltable."

 

 

              "Dos años después de llegar a Montevideo, en 1953, merced al tesón, al empeño, las largas jornadas laborales y el ahorro de los dos hermanos, se produce una situación de fortuna. Los hermanos García, Isidoro y Andrés, logran reunir el dinero suficiente para traer a Montevideo a toda la familia. Maria Antonia se reúne con sus hijos en Montevideo, y, para mayor felicidad de la familia, completan el grupo emigrante, Amparo y Genoveva la hermana de los primeros con sus proles.

              Un domingo, estando todos en plena tarea, llega a la casa una paisana, amiga de la familia, que le llevaba a Genoveva una ropa para arreglar. En compañía de esa amiga venía su sobrina Gloria, una hermosa jovencita de ojos grandes, gallega también. A Isidoro se le subieron los colores cuando sus miradas se cruzaron por un instante... y jamás pudo desprenderse de aquella mirada.

              Varios meses después de ese acontecimiento, Isidoro concurre a uno de los bailes de la época estival de la Quinta de Galicia. La romería comenzaba a las diez de la mañana, cuando se abrían las puertas de la quinta para que el público entrara y se ubicara alrededor de las mesas de piedra que el público entrara y se ubicara alrededor de las mesas de piedra que había bajo la sombra de la arboleda. Al medio día aparecían las empanadas, las tortillas, la damajuana de vino. Las familias se juntaban. Los hombres mayores jugaban a la brisca o al dominó, las madres se dedicaban a contar historias a la vez que vigilaban a sus hijas, a ver con quién bailaban. A eso de las tres de la tarde las orquestas tocaban a todo ritmo y las pistas se llenaban de bailarines. La costumbre de las orquestas era tocar media hora y otro tanto de descanso. Cuando paraba la orquesta típica o de jazz, actuaban los gaiteros; entonces salían algunos a bailar la muiñeira, el pasodoble y la jota.

              Era costumbre que el caballero invitara a bailar a una muchacha. Si la madre de esta no hacía objeción, que podía ser mediante un gesto o una palabra, la pareja salía a la pista y por lo general bailaba toda la media hora, a no ser que la dama dijera "gracias" y se retiraba al lugar donde estaba su familia."

 

              "Ese domingo en la Quinta de Galicia, Isidoro invitó a bailar a una señorita. La orquesta recién comenzaba. De pronto, inesperadamente...¡Aquellos ojos grandes! Ella bailaba con otro chico. Entonces la mirada de Gloria e Isidoro se cruzaron otra vez (...) De pronto, se voltea, y entre un numeroso grupo familiar se cruza con aquellos ojos que parecían tener un imán. Como un autómata se dirige hacia Gloria... Bailaron todas las medias horas siguientes de ese domingo veraniego, fueron los últimos en retirarse de la pista...¡El flechazo fue para siempre!

              El 5 de enero de 1961, luego de varios meses de noviazgo con con el amor de su vida, el único, Gloria Arias López, gallega emigrante como él, varios años menor, nacida en Samos, muy cerca de Sarria. Eduviges, la mamá de Gloria, pasó a vivir con el matrimonio feliz y fue la abuela materna, amorosa, de los dos hijos que llegaron tiempo después: Andrés y Fernando. Llevaban más de cuarenta años de casados y mantenían la misma costumbre de cuando eran novios, compartían todo. Los sábados por la tarde salían a pasear por las calles de su barrio, cercano al El Prado, tomados de la mano. Un señor mayor que los veía pasar por delante de su puerta, uno de esos días les preguntó: "¿Por qué a esa edad madura, ustedes siguen aún tomados de la mano?" Gloria e Isidoro sonrieron: "Es porque aún somos novios".”.

                                                         Cuatro historias de emigrantes, Isidoro Manuel García García

 


 

Fragmento del cap. XX de La traducción de Pablo De Santis

   Capítulo XX

    El gerente dudó unos segundos, amagó una negativa, y finalmente tomó un manojo de llaves. Ana y Rauach desaparecieron en el ascensor.

    Subí las escaleras. El primer piso estaba desierto; en el segundo encontré a Ana, que caminaba perdida. Con las dos manos se apretaba la boca del estómago.

    Rauach, el gerente del hotel, cerró la puerta de la habitación. Sacó un pañuelo del bolsillo y limpió los números dorados, tres-uno-seis, hasta hacerlos brillar. Solo reaccionó cuando le toqué el hombro. No dijo nada, pero despertó.

    -Voy a llamar al comisario.

    Khun era un buen anfitrión; esperó que casi todos hubieran terminado de comer para dar la noticia: Rina Agri está muerta. Después de un profundo silencio, todo el mundo empezó a preguntar a la vez. Khun contestó, a medida que respondía, él perdía sus energías y también los demás; cada pregunta agotaba poco a poco el tema, pero también la animación.

    Guimar llegó como un personaje nuevo incluido en una comedia para animar un cuarto acto que agoniza. Dejó su impermeable sobre uno de los sillones. Miró hacia todos lados con reprensión; no hubo nadie que no sintiera algo de culpa por las molestias que causábamos al pacífico pueblo y a su pacífico comisario.

-¿Dónde está?- preguntó.

-En el 316. Lo acompaño- dijo Rauach.

Durante diez minutos, los traductores hablamos de Rina Agri. Hablamos, todavía en presente, como si no se hubiera ido del todo, como si estuviera haciendo las valijas y fuera una falta de tacto condenarla al pasado. Después de todo, había dos platos de más en la mesa, que nadie había tocado...

         Fragmento de La traducción de Pablo De Santis