sábado, 6 de agosto de 2022

Currículum vitae

 CURRíCULUM VITAE


DATOS PERSONALES


NOMBRE: Carlos Ortiz.

ESTADO CIVIL: Soltero.

EDAD: 39 años.

DIRECCIÓN: Cno. A. Saravia 2002 Pando.

TELÉFONO: 292-17-20 09966-99-12

C. IDENTIDAD: 2.566.587-1.

NACIONALIDAD: Oriental.


FORMACIÓN ACADÉMICA


Administración de Empresas. Universidad del Trabajo del Uruguay.

Técnica en Administración de Empresas. Egresado de EDA. Facultad de Ciencias Económicas.

Marketing y técnicas de ventas.

Operación PC

Manejo de Correo Electrónico

Inglés y portugués básicos.


EXPERIENCIA LABORAL


EMPRESA



CARGO

DESDE

HASTA

VESSENA SRL.

Encargado contable

1988

1998

ULTRAMAR S.A.

Jefe de administración de ventas.


1998

2007

IMPRES GROUP SA

Jefe de Administración

2008

Hasta fecha actual.



REFERENCIAS LABORALES


Vessena SRL. Sra. Gabriela Gómez. Supervisora de Compras. Tel.: 929-09-55

Ultramar S.A. Sra. María Sagrín. Encargada Contable. Tel. 222-11-24


REFERENCIAS PERSONALES


Sra. Rossana Santos. Ejecutiva de ventas. Tels. 292-23-28 y 282-25-65

Sr. Rafael Cabrera. Ingeniero. Tel.:916-35-51


lunes, 18 de julio de 2022

La elección de los nombres de Crónicas marcianas

  Llegaron a las extrañas tierras azules y les pusieron sus nombres: ensenada Hinkston, cantera Lusting, río Black, bosque Driscoll, montaña de los Peregrinos, ciudad Wilder, nombres todos de gente y de las hazañas de gente. En el lugar donde los marcianos mataron a los primeros terrestres, había un pueblo Rojo, en recuerdo de la sangre de esos hombres. El lugar donde fue destruida la segunda expedición se llamaba Segunda Tentativa. En todos los sitios donde los hombres de los cohetes quemaban el suelo con calderos ardientes, quedaban como cenizas los nombres. Y, naturalmente, había una colina Spender y una ciudad Nathaniel York...

Los antiguos nombres marcianos eran nombres de agua, de aire y de colinas. Nombres de nieves que descendían por los canales de piedra hacia los mares vacíos. Nombres de hechiceros sepultados en ataúdes herméticos y torres y obeliscos. Y los cohetes golpearon como martillos esos nombres, rompieron los mármoles, destruyeron los mojones de arcilla que nombraban a los pueblos antiguos, y levantaron entre los escombros grandes pilones con los nuevos nombres: Pueblo Hierro, Pueblo Acero, Ciudad Aluminio, Aldea Eléctrica, Pueblo Maíz, Villa Cereal, Detroit II, y otros nombres mecánicos, y otros nombres de metales terrestres.
Y después de construir y bautizar los pueblos, construyeron y bautizaron los cementerios: colina Verde, pueblo Musgo, colina Bota, y los primeros muertos bajaron a las sepulturas...
Y cuando todo estuvo perfectamente catalogado, cuando se eliminó la enfermedad y la incertidumbre, y se inauguraron las ciudades y se suprimió la soledad, los sofisticados llegaron de la Tierra. Llegaron en grupos, de vacaciones, para comprar recuerdos de Marte, sacar fotografías o conocer el ambiente; llegaron para estudiar y aplicar leyes sociológicas; llegaron con estrellas e insignias y normas y reglamentos, trayendo consigo parte del papeleo que había invadido la Tierra como una mala hierba, y que ahora crecía en Marte casi con la misma abundancia. Comenzaron a organizar la vida de las gentes, sus bibliotecas, sus escuelas; comenzaron a empujar a las mismas personas que habían venido a Marte escapando de las escuelas, los reglamentos y los empujones.
Era por lo tanto inevitable que algunas de esas personas replicaran también con empujones...

 VERSOS LUMINOSOS

De todas las personas del mundo, la última a quien nadie habría creído capaz de cometer un asesinato era la señora Avis Lardner. Viuda del gran astronauta mártir, era filántropa, coleccionista de arte, anfitriona extraordinaria y, todo el mundo estaba de acuerdo en ello, artista genial. Pero sobre todo era el ser humano más dulce y bondadoso que se pudiera imaginar.
Como todos recordamos, su marido, William J. Lardner, murió por efecto de la radiación de una erupción solar, después de haberse quedado deliberadamente en el espacio para que una nave de viajeros pudiera llegar sin contratiempo a la Estación Espacial 5.
La hazaña de su difunto esposo le había valido a la señora Lardner una generosa pensión, que ella invirtió con acierto y prudencia. Ya en plena edad madura, era una mujer rica.
Su casa era una vitrina, un verdadero museo, que sólo contenía colecciones extremadamente selectas de objetos extraordinariamente hermosos, adornados con joyas. Procedentes de una docena de culturas distintas, había conseguido reliquias de casi todos los artefactos imaginables que se pudieran incrustar de joyas y destinar al servicio de la aristocracia de la cultura en cuestión. Poseía uno de los primeros relojes de pulsera recamados de joyas fabricados en América, un puñal enjoyado de Camboya, unas gafas incrustadas de joyas de Italia, y un largo etcétera, casi interminable.
Todo estaba a la vista para que lo inspeccionara quien quisiese. Los objetos no estaban asegurados, ni había medidas especiales de seguridad. No se precisaba ninguna de las precauciones habituales, porque la señora Lardner tenía un elevado número de robots, y se podía confiar plenamente en que cada uno de ellos guardaría aquellos objetos con imperturbable concentración, honradez irreprochable y eficiencia inquebrantable.
Todo el mundo conocía la existencia de tales robots, y no se tiene noticia de ningún intento de robo.
Luego, por supuesto, venían sus «esculturas de luz». Ninguno de los invitados a sus muchas fiestas y recepciones podía imaginar cómo hubiera descubierto la señora Lardner su genio para el arte. En todas las ocasiones, sin embargo, en que su casa abría las puertas de par en par para recibir invitados, brillaba por las habitaciones una nueva sinfonía de luz; curvas tridimensionales y sólidos de colores diluidos, unos puros y otros fundiéndose en pasmosos efectos cristalinos que llenaban de admiración a los invitados y, fuese como fuere, siempre modificándose de forma que el cabello, blanco azulado, de la señora Lardner y su rostro, sin arrugas, adquiriese una dulce belleza.
Los invitados venían por las «esculturas de luz» más que por ninguna otra cosa. Nunca se vio dos veces la misma, ni apareció nunca ninguna que no explorase nuevos caminos experimentales del arte. Muchas personas podían tener consolas de luz por diversión; pero ninguna podía aproximarse siquiera a la pericia de la señora Lardner. Ni aún aquellos que se consideraban artistas profesionales.
La misma señora Lardner hacía gala de una deliciosa modestia sobre este asunto.
— No, no -solía decir cuando alguien se derretía en lirismos-. Yo no lo llamaría «poesía de luz». Eso es demasiado generoso. Todo lo más que diría es  

que son «light verse». -Y todo el mundo celebraba con una sonrisa el fino ingenio encerrado en la conjunción de estas dos palabras que generalmente significarían «versos ligeros», pero que también podían significar «versos luminosos».
Aunque se lo pedían con gran frecuencia, nunca quería crear «esculturas de luz», sino en las fiestas que daba en su casa.
— Lo otro sería comercializar el arte -decía.
Sin embargo, no tenía inconveniente en preparar complicados hologramas de sus esculturas a fin de hacerlas perdurables y de que se pudieran reproducir en los museos de arte de todo el universo. Tampoco cobraba nada por el uso que se pudiera hacer, fuera cual fuese, de sus esculturas de luz.
— No podría pedir ni un céntimo -decía, abriendo los brazos de par en par-. Están a disposición de todos, gratis. Al fin y al cabo, a mí luego no me sirven de nada.
¡Era cierto! Nunca utilizaba dos veces una misma escultura de luz.
Cuando se tomaban los hologramas, solía colaborar personalmente. Observando con ojo benigno cada uno de los pasos, estaba siempre a punto para ordenar a sus criados robots que ayudaran.
— Por favor, Courtney -solía decir-, ¿tendría la bondad de disponer convenientemente esa escalerilla?
Era su estilo. Siempre se dirigía a sus robots con la más depurada cortesía.
En una ocasión, años atrás, un funcionario del gobierno de la Oficina de Robots y Hombres Mecánicos le había reprochado:
— No puede hacerse así -le dijo muy serio-. La eficiencia de esas máquinas sale perjudicada. Han sido construidas para obedecer órdenes, y cuanto más calara sean, con mayor eficacia las cumplirán. Si se les pide algo con alambicada cortesía, les cuesta comprender que se trate de una orden, y reaccionan más despacio.
Pero la señora Lardner levantó su aristocrática cabeza y dijo:
— Yo no pido ni rapidez ni eficiencia. Pido buena voluntad. Mis robots me adoran.
El funcionario del gobierno le habría podido explicar que los robots no pueden amar ni adorar; pero quedó cohibido bajo la mirada ofendida, aunque dulce, de la dama.
Era bien sabido que la señora Lardner jamás devolvió un robot a la fábrica para que se lo repasasen. Los cerebros positrónicos que llevan estos aparatos son complicadísimos, y en un caso de cada diez, aproximadamente, no están perfectamente ajustados cuando salen de la fábrica. A veces el defecto no se nota hasta al cabo de un tiempo; pero siempre que se note, la razón social «U.S. Robots & Mechanical Men, Inc.» los repara gratuitamente.
La señora Lardner movía la cabeza negativamente.
— Cuando un robot está ya en mi casa -decía-, y cumple con sus obligaciones, las pequeñas excentricidades que tenga se le toleran. No quiero que se les trate desconsideradamente.
Lo peor que se podía hacer era probar de explicarle que un robot no era más que una máquina. En tales casos, replicaba muy secamente:
— Ningún ser tan inteligente como un robot puede ser solamente una máquina. Yo los trato como a personas.
¡Y no había más que hablar!
Conservaba incluso a Max, a pesar de que estaba casi inservible. Apenas entendía lo que le ordenaban. Pero la señora Lardner negaba con denuedo tal afirmación.
— De ningún modo -decía con voz firme-. Coge sombreros y abrigos y los almacena perfectamente. Me sostiene objetos. Sabe hacer muchas cosas.
— Pero ¿por qué no lo haces reparar? -le preguntó un día un amigo.
— Ah, no podría. Él es así. Y es un encanto, ¿sabes? Al fin y al cabo, un cerebro positrónico es tan complejo que nadie puede asegurar en qué anda fuera de quicio, exactamente. Si hicieran a Max perfectamente normal, no habría manera de devolverle el encanto que ahora posee. No, no renunciaré a semejante hechizo.
— Pero si no está bien centrado -decía el amigo, mirando nervioso al robot-, ¿no podría resultar peligroso?
— Jamás -negó la señora Lardner con una carcajada-. Hace años que lo tengo. Es completamente inofensivo y una auténtica preciosidad.
Lo cierto era que Max tenía la misma figura que los otros robots: lisa, metálica, vagamente humana, pero inexpresiva.
No obstante, para la dulce señora Lardner, todos eran personas, todos eran un encanto, todos eran adorables. Ella tenía este carácter, esta personalidad.
¿Cómo pudo perpetrar un asesinato?

La última persona del mundo que uno habría creído pudiera morir asesinada era John Semper Travis. Introvertido y amable, vivía en este mundo, pero no pertenecía a él. Poseía una mente con esa gracia especial para las matemática que le permitía deshacer la complicada urdimbre de la miríada de sendas positrónicas de la mente de un robot.
Era ingeniero jefe de «U.S. Robots & Mechanical Men, Inc.»
Y era además aficionado entusiasta a las «esculturas de luz». Había escrito un libro sobre el tema, tratando de demostrar que la clase de matemáticas que empleaba al elaborar sendas cerebrales positrónicas se podían transformar en guías para la producción de esculturas de luz estéticas.
Sin embargo, el intento de pasar de la teoría a la práctica resultó un lamentable fracaso. Las esculturas que producía siguiendo sus principios matemáticos salían pesadas, mecánicas, nada interesantes.
Era el único motivo de pena que podía encontrarse en su sosegada existencia, introvertida, segura; y sin embargo, era motivo bastante para que se sintiera muy desdichado. Sabía que sus teorías eran ciertas, y sin embargo, no lograba ponerlas en práctica. Si pudiera producir al menos una gran muestra de escultura de luz... conocía las de la señora Lardner.
Todo el mundo la aplaudía como a un genio, y sin embargo, Travis sabía que era incapaz de comprender hasta los aspectos más sencillos de las matemáticas robóticas. Había sostenido correspondencia con ella; pero la señora Lardner se había negado siempre a explicar qué métodos seguía, y él llegó a preguntarse si seguía alguno realmente. ¿No podía tratarse de simple intuición...? Pero hasta la intuición se podía reducir a fórmulas matemáticas. Por fin logró que le invitase a una de las fiestas que daba. Sencillamente, tenía que ver a aquella mujer.

Travis llegó más bien tarde. Había llevado a cabo una última tentativa por realizar una escultura de luz y había fracasado lamentablemente.
Travis saludó a la señora Lardner con una especie de respeto maravillado y dijo:
— El robot que me ha cogido el sombrero y el abrigo era muy singular.
— Ese es Max -dijo la señora Lardner.
— Está muy mal acoplado y es un modelo bastante antiguo. ¿Cómo es que no lo devolvió a la fábrica?
— Oh, no -exclamó la señora Lardner-. Sería demasiada molestia.
— Ninguna en absoluto, señora Lardner -replicó Travis-. Le maravillaría la sencillez con que harían la tarea. Pero como yo pertenezco a «U. S. Robots» me he tomado la libertad de repasarlo. Lo hice en un momento, y usted verá que ahora está en perfectas condiciones de funcionamiento.
En el semblante de la señora Lardner se produjo un cambio extraño. El furor halló sitio en él, por primera vez en su dulce vida, y fue como si los rasgos fisonómicos no supieran como debían ordenarse.
— ¿Lo ha repasado? -gritó en un alarido-. ¡Si era él quien creaba mis esculturas de luz! Era el mal acoplamiento, que ya no se podrá reproducir nunca más, lo que..., lo que...
Fue realmente una desgracia que hubiera estado mostrando, hacía unos instantes, su colección, y que el puñal incrustado de joyas de Camboya se hallara sobre la mesita de mármol, delante de ella.
También Travis tenía el semblante terriblemente alterado.
— ¿Quiere decir que si yo hubiera estudiado sus pistas cerebrales, afectadas de un mal acoplamiento singular, unico, habría podido aprender...?
La señora Lardner se abalanzó con un impulso demasiado repentino para que nadie pudiera contenerla, y el hombre no intentó siquiera esquivar el golpe. Algunos dijeron que hasta fue a su encuentro... como si quisiera morir.


domingo, 26 de junio de 2022

Modos verbales

 

Modos verbales

Modo del verbo conjugado

Como ya vimos en la entrada sobre verbo conjugado, éste aporta cuatro informaciones que lo distinguen del resto de las palabras:
Persona
Número
Tiempo
- Modo


Los verbos nos informan de la actitud de hablante ante lo que dice. Esa actitud se manifiesta en el modo en que está la forma verbal. 

Observa este video para comprender más este concepto:



domingo, 12 de junio de 2022

Carta de Lucy Westerna a Mina Murray

                                                             Miércoles, calle Chatam, 17...


    Queridísima Mina:

                                  La verdad es que tus reproches no tienen fundamento; te he escrito dos veces desde que nos separamos, y tu última carta solo es la segunda que me envías. Además, no tengo ninguna novedad que contarte... de veras, nada que te pueda interesar. Salimos mucho, bien para visitar exposiciones de cuadros, bien para pasear a pie o a caballo por el parque.

                                  Respecto al joven guapo de cabello rizado, supongo que aludes al que me acompañó al último concierto. Sí, creo que han corrido ciertos rumores...Se trata del señor Holmwood. Nos visita a menudo, y mi mamá y él congenian mucho, y parecen interesarse por las mismas cosas. ¡Ah!, últimamente hemos conocido a alguien que vendría sensacional si no fuera que estás prometida de Jonathan. ¡Se trata de un partido excelente! Un joven guapo de veintinueve años y ya es director de un manicomio muy importante. Me lo presentó el otro día el señor Holmwood, y ese doctor también suele visitarnos a menudo. Creo que es el hombre más firme, más resuelto que conozco y, al mismo tiempo, el más sereno. Su carácter es imperturbable. Me imagino el extraño poder que debe ejercer sobre sus enfermos. Siempre te mira fijamente a los ojos, como si quisiera leer los pensamientos de una. Conmigo suele obrar de esa forma, aunque me ufano de poderte asegurar que todavía no ha logrado su objetivo. Me basta con mirarme en el espejo. ¿Has intentado alguna vez leer en tu propio rostro? Yo lo he hecho y te aseguro que no se pierde el tiempo, aunque es mucho más difícil de lo que la gente cree. Este médico afirma que yo soy para él un caso psicológico bastante curioso y, humildemente, pienso que tiene razón. ¡Oh, la psicología...! Como sabes, no estoy lo bastante interesada por la ropa como para poder describir la moda actual. La ropa es una lata. Es una expresión del argot, pero na hagas caso, Arthur lo dice todo el tiempo.

            Y estas son todas mis noticias. Mina, desde niñas, siempre nos hemos confiado todo nuestros secretos, hemos dormido juntas, comido juntas, reído y llorado juntas... y ahora que estoy hablando contigo, quisiera seguir haciéndolo más aún. ¡Oh!, Mina, ¿no lo has adivinado? ¡Le amo! ¡Le amo! ¡Oh, sí!, escribirlo me desahoga. Qué pena no estar a tu lado, querida, junto a la chimenea, como solíamos hacer... De este modo, hablaríamos incesantemente de este amor y procuraría hacerte comprender lo que siento. ¡Oh!, no sé cómo me animo a escribir estas confidencias, ni siquiera a ti. Temo dejar de escribir, pues tal vez acabe por romper esta carta y por otro lado, desearía seguir escribiendo para contarte todo lo que experimento dentro de mí. Contéstame inmediatamente, y dime con franqueza lo que piensas. ¡Oh! Mina, es preciso que concluya. Buenas noches. Reza por mí y por mi felicidad.

                                                                                                                                Lucy

P.D.: No es necesario que te diga que se trata de un secreto, ¿verdad? Otra vez, buenas noches, Lucy.

Carta de Mina Murray a Lucy Westerna

                                                                            Londres, 9 de mayo

Queridísima Lucy:

                    Perdona ante todo, mi largo silencio, aunque es la explicación bien sencilla: me he visto abrumada de trabajo. La vida de una maestra no siempre es cómoda. Anhelo estar a tu lado, al borde del mar, para charlar como siempre y construir nuestros castillos en el aire. Sí, he trabajado mucho, pues quiero poder colaborar con Jonathan. Estudio taquigrafía asiduamente; de esta forma, cuando nos hayamos casado, podré ayudarle tomando sus notas en taquigrafía, y pasarlas a máquina, ya que también he aprendido a escribir con este nuevo sistema... en el que paso horas enteras. En ocasiones, escribimos nuestra correspondencia en taquigrafía, y sé que, estando de viaje, él lleva un diario taquigráfico. Cuando esté en tu casa, haré lo mismo; empezaré un diario, y escribiré para mí. Tal vez un día se lo enseñe a Jonathan, si hay algún párrafo que merezca la pena, pero para mí será ante todo como un cuaderno de ejercicios. Me gustaría hacer lo mismo que las mujeres que se dedican al periodismo: hacer entrevistas, redactar descripciones y tratar de recordar conversaciones. Dicen que con un poco de práctica es fácil recordar lo que se ha escuchado y visto a lo largo del día. En fin, ya veremos... Cuando nos veamos te contaré todos mis proyectos. Precisamente, acabo de recibir una carta de Jonathan, que sigue en Transilvania. Se encuentra muy bien y regresará aproximadamente dentro de una semana. Ardo en deseos de oír el relato de su viaje. ¡Debe de ser maravilloso ver tantos países! Me pregunto si llegará el día en que podamos -me refiero a Jonathan y a mí- viajar allí juntos.

              Dan las diez. ¡Hasta la vista!

              Afectuosamente tuya, 

                                                                                    Mina

P.D.: Cuando me escribas, cuéntamelo todo. Hace mucho tiempo que no me cuentas nada. Hasta mí han llegado ciertos rumores... Se habla de un joven muy guapo, de cabellos rizados...

domingo, 5 de junio de 2022

Carta o Epístola

 

Carta o epístola de Juan Zorrilla de San Martín a su hijo José Luis.

                                                     Montevideo, 20 de mayo de 1914


Mi querido José Luis:

                               Llegaron ayer las dos cartas suyas, una para Elvira y otra -por fin- para mí. El correo anda como la mona. Ya se regularizará y acaso aparezcan las cartas que por lo visto has mandado y se han perdido. Mucho me ha interesado tu impresión de París y la calle Lubeck donde vives.

                                ¿Conque has sufrido un desencanto con el gran Rodin? No me sorprende. Los sufrirás y mayores de los que puedas imaginar. Pero son desencantos  educativos. Eso es todo: ver las realidades a través de las apariencias: evitar la poudre aux deux, los prestigios clamorosos.

                              Por esta santa casa, la procesión sigue su curso, mi ruda labor de Punta Carretas me impidió, efectivamente, tener el gusto de recibir el otro día a Bimba; pero he encargado a Elvira que la invite en mi nombre a comer uno de estos días con nosotros. No faltará, por cierto, ni el fiambrecito ni las bananas clásicas con que se obsequia a las personas que nos son queridas en este hogar.

                            Y nada más por ahora, pues mi principal objeto ha sido, al escribirte cuatro letras, el no contar con las promesas de tus activos hermanos. Recibe, pues, por mi intermedio, el abrazo de ellos. Y muy especialmente el muy cariñoso de 

                                                                     Tu padre


                                   A mí me aplauden. Las historias que China no contó. Diego Fischer.